domingo, 27 de agosto de 2017

LOPEZ REGA, EL PERONISMO Y LA TRIPLE "A"(3º)-Perón en camiseta

 MARCELO LARRAQUY


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Perón en camiseta

     En agosto de 1956, Juan Domingo Perón vivía en Caracas, en un departamento que le prestó Rodolfo "Martincho" Martínez. Martínez era un argentino, relator de carreras de ca-ballos, que a fuerza de visitar al General en Panamá para recoger sus escritos y publicarlos en medios caribeños, lo convenció de trasladarse a Venezuela, asegurándole que desde allí podría conformar un centro político más activo y de conexiones más fluidas con los comandos de exiliados dispersos en países latinoamericanos y con la Resistencia Peronista en la Argentina. Martínez afirmaba contar con mucha gente lista a responder a sus instrucciones y a cambio de su oferta sólo pedía ser designado vocero del Comando Superior Peronista, que el General presidía, y que se le confiara el manejo de las relaciones con el gobierno venezolano, con el que aseguraba tener buenos contactos. Martínez se tomaba algunas licencias que a Perón le disgustaban, pero que consentía; como, por ejemplo, cobrar los artículos que escribía el ex presidente y no reportarle algún dinero, o al menos prometerle un pago a futuro. De esas picardías, la que verdaderamente le molestó fue cuando Martínez fotografió a María Estela Martínez revolviendo fideos en la cocina de su departamento y vendió la imagen a la revista cubana Bohemia, como ilustración de uno de sus artículos.

     Fue un impacto publicitario importante: hasta entonces Perón tenía a la bailarina medio escondida en su casa y no quería presentarla en público, no sólo porque aún no sabía qué iba a hacer con ella, sino, sobre todo, porque estaba escaldado después del escarnio que sufriera debido a su relación con la norteamericana Eleanor Freeman, interrumpida por obra del Departamento de Estado de los Estados Unidos, a consecuencia de la cual había sido echado del Hotel Washington de la ciudad panameña de Colón, donde se hospedaba, y la joven había debido regresar a Chicago.
     


 Al décimo mes de su exilio, luego de que fuera desalojado del poder por la Revolución Libertadora, la subsistencia de Perón en Panamá podía definirse como penosa. Al margen de los fallidos atentados contra su vida y de la caricaturesca expulsión del hotel, en julio de 1956 Ricardo Arias Espinosa, presidente de Panamá, le solicitó que abandonara el país por unos días, porque así lo exigía el gobierno militar argentino que lo había derrocado. Sucedía lo siguiente: Panamá sería sede de una conferencia de jefes de Estado americanos, organizada por el presidente de los Estados Unidos, Dwight Eisenhower, quien convocó a los dictadores del continente (sólo tres de los participantes habían sido electos por su pueblo) en nombre de "la libertad de los hombres y la independencia de las naciones". En representación de la Argentina asistiría el presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu.
     En su situación, Perón no pudo hacer otra cosa que guardarse su resentimiento y acatar el pedido. Fue a la Nicaragua de Anastasio Somoza, donde dio algunas conferencias, y al cabo de nueve días regresó a Panamá, pero con la decisión de establecerse en Venezuela. Ya antes del embarque a Caracas, las promesas de Martínez empezaron a hacer agua: el gobierno venezolano ni siquiera estaba enterado de la llegada del General; el mismo Perón tuvo que gestionar las visas. A duras penas consiguió lugar en un vuelo que transportaba a una delegación oficial de deportistas, y debió pagar los pasajes. El día de la partida, Perón tomó tres decisiones: la primera, que su chofer y guardaespaldas Isaac Gilaberte trasladara su Opel Kapitan en barco. La segunda, que su colaborador Ramón Landajo mantuviera a raya a la bailarina que desde hacía cuatro meses estaba instalada en su casa y que a la llegada al aeropuerto la alejara de los flashes. A Perón no le preocupaba tanto convivir con una supuesta espía enviada por la Secretaría de Informaciones del Estado (SIDE), sino enfrentar el riesgo de que la bailarina sólo buscara en su persona un escalón para la fama.
La tercera decisión era librarse al destino y aceptar todo nuevoa contecimiento como un hecho consumado. El departamento que Martínez le ofreció a Perón estaba bien ubicado (avenida Urdaneta esquina Pelotas, pleno centro de la ciudad), pero sus dimensiones eran modestas: dos dormitorios, un living-comedor y un balcón en el quinto piso, con vista abierta.
     Perón mantuvo en Caracas su rutina militar. Se levantaba a las seis de la mañana, se estiraba el pelo para atrás y lo dominaba con el auxilio de un frasco de gomina perfumada que le fabricaba un exiliado, y escribía hasta las once; luego almorzaba y, tras una breve siesta, retomaba la escritura.
El mismo Perón alimentó las sospechas sobre la condición de espía de María Estela Martínez, quiensería su esposa, en 1955. Unos años más tarde, el diario El Nacional de Venezuela, en su edición del 28 de agosto de 1983, reprodujo el diálogo del ex presidente con la prensa al llegar al aeropuerto. Dice el texto: "cuando se le inquirió sobre la identidad de la ignota blonda que descendió del Douglas unos pasos detrás de él. El diálogo con el periodista fue desopilante:—¿Y la rubia que vino con usted? —preguntó.—¿Qué rubia? —preguntó Perón.—La rubia que bajó del avión con usted...—Ésa debe ser una espía.
     Por entonces, durante su exilio, Perón ya había publicado “La fuerza es el derecho de las bestias”, en Colombia, Panamá, Brasil y Perú. Ninguna de las ediciones lo conformaba. Sin embargo, estaba orgulloso, porque antes que un tratado político o doctrinario, La fuerza... era su libro de batalla, la defensa de sus diez años y medio de gobierno, y también una respuesta inmediata a la Revolución Libertadora que lo había derrocado. Lo había escrito en dos meses, en aviones, aeropuertos y hoteles, y en el departamento de Caracas se dedicó a emprolijarlo y a agregarle un nuevo capítulo, "La realidad de un año de tiranía". La edición venezolana fue bendecida con champagne en la Tipográfica Garrido. Luego lo editaría en España bajo la supervisión del historiador revisionista José María Rosa, que realizó algunas modificaciones. Mientras tanto, Perón continuaba publicando sus memorias y el relato de su caída en distintos medios latinoamericanos y europeos.
     Perón intentaba moverse en Caracas sin usar plata. Aunque sus detractores denunciaban que poseía casi setecientos millones de dólares, robados durante su gestión de gobierno y guardados en bancos suizos, lo cierto es que a su arribo a Caracas sólo depositó catorce mil dólares en una caja de seguridad del Banco de Venezuela, seguido por Martincho y decenas de periodistas. Era todo lo que tenía. Por eso, mientras podía, trataba de no tocar el delgado fajo de billetes que guardaba en su bolsillo trasero, sujeto por un broche de oro, a la vez que esperaba que su ex secretario administrativo, el mayor Ignacio Cialceta, le enviara un dinero que había rescatado de la residencia presidencial el día de su caída, aunque éste lo estaba usando en su exilio mexicano, bajo estricta promesa de reponerlo cuando pudiera. El grupo de colaboradores de Perón se había ampliado en Venezuela. Allí se encontró con los militares que habían escapado de los fusilamientos ordenados por Aramburu en junio de 1956: el teniente coronel Alfredo Salinas, el coronel Fernando González y el suboficial principal Andrés López, entre otros, a quienes delegó su custodia, la prevención de atentados y algunas misiones en el exterior. El suboficial principal López, además, había recuperado a sus caniches Canela y Picha el día del golpe de Estado, y realizó gestiones diplomáticas ante la embajada de Haití para que se los entregaran en Caracas. Además de su equipo militar, Perón mantenía a su lado a Isaac Gilaberte y a Ramón Landajo; este último era el hijo de su dentista personal en los años cuarenta, y Perón lo utilizaba como una especie de canciller itinerante por la región, a fin de que se ocupara de conseguirle información de inteligencia. Pero ninguno de los dos tuvo espacio en el departamento de Martincho cuando llegaron a Venezuela, y debieron acomodarse en una pensión.
En la primera versión del libro, Perón compara el terror de la Revolución Libertadora con la Mazorca de Rosas. Para la edición española, reemplaza a Rosas por la KGB, la policía secreta soviética. También desaparecen menciones críticas a la Iglesia Católica. Véase Samuel Amaral y Mariano Ben Plotkin (comps.) Perón del exilio al poder, Buenos Aires, Cántaro, 1993, pág. 53.
Durante 1956, Perón publicó artículos en las revistas Tempo (Italia),Venezuela Gráfica y
Élite (Venezuela), Bohemia y Carteles (Cuba), y los diarios Pueblo (España) y Le Dernière Heure (Bélgica), que luego conformarían el libro “Del poder al exilio, Cómo y quiénes me derrocaron”, que editó ese mismo año. (Esta obra puede consultarse en Los Libros del Exilio, volumen I, Buenos Aires, Corregidor, 1996.)
     Era evidente que el anfitrión prefería mantenerlos lejos del Líder. Durante todo 1956, la construcción política de Perón fue la venganza. Su objetivo era hacer crecer el odio del pueblo contra el gobierno militar y promover el caos hasta derribarlo. Si bien sus destina-tarios epistolares eran múltiples (escribió miles de cartas durante su exilio), había depositado su fe en John William Cooke, el más joven, aguerrido y también rebelde diputado que tuvo en el Congreso, y al que designó como su heredero en caso de muerte y puso al frente del plan de insurrección popular en la Argentina. El 12 de junio de 1956, le escribió: El odio y el deseo de venganza que existen hoy en millones de argentinos han de transformarse un día en "fuerza motriz" y esa fuerza aprovechada a través de una buena organización ha de dar resultados extraordinarios. La desesperación, el odio, la venganza, suelen concitar fuerzas aún superiores al entusiasmo y al ideal. Los pueblos que no reaccionan por entu-siasmo sólo reaccionan por desesperación: es a lo que se está llegando en nuestro país. Los fusilamientos no harán más que acelerar el proceso.
     Perón no había alentado la rebelión cívico-militar de junio de 1956 y ésta tampoco se había realizado en su nombre: No haremos camino detrás de los militares que nos prometen revoluciones cada fin de semana. Ellos ven el estado popular y quieren aprovecharlo para sus fines o para servir a sus inclinaciones de "salvadores de la Patria" que un militar lleva siempre consigo. Pero aquí se trata del destino de un pueblo y no de las inquietudes o ambiciones de ningún hombre. Era evidente que no deseaba que el exilio le hiciera perder su rol de conductor. Hace cinco meses que impartí las instrucciones: mediante las fuerzas del pueblo se podría llegar al caos. La nuestra era una revolución social y este tipo de revoluciones habían partido siempre del caos y, en consecuencia, nosotros no debíamos temer al caos sino provocarlo y utilizarlo en provecho del pueblo. El caos económico y las miserias y privaciones emergentes harán que muchos otros se incorporen a la resistencia. Todo ese trabajo nos queda por realizar, ayudados por la incapacidad, la ignorancia y la violencia de nuestros enemigos. Hay que organizar la lucha integral por todos los medios. Luego señalaba el camino de la resistencia: El pueblo tiene que hacer guerra de guerrillas, que en la resistencia se caracteriza por la suma de todas las acciones. La suma de peque-ñas violencias cometidas cuando nadie nos ve y nadie puede reprimirnos representa en su conjunto una gran violencia por la suma de sus partes. Debemos organizamos concienzuda-mente en la clandestinidad. Instruir y preparar a nuestra gente para los fines que nos proponemos, agruparnos en organizaciones disciplinadas y bien encuadradas por diri-gentes capaces, audaces y decididos, que sean respetados y obedecidos por la masa, planificar minuciosamente la acción y preparar adecuadamente la ejecución mediante ejercitaciones permanentes. Si para ello es menester utilizar al Diablo, recurriremos al Diablo oportunamente. Para esto el Diablo siempre está preparado.
     A poco menos de un año de su derrocamiento, todas las bases de poder que había capitalizado en una década de gobierno estaban siendo arrasadas. El gobierno militar proscribió al Partido Peronista e intervino la Fundación Evita, la CGT, los gremios y reemplazó el Congreso de la Nación por una "junta consultiva". Miles de dirigentes y activistas fueron arrestados y perseguidos. Las cárceles se llenaron de presos políticos. Un decreto prohibía mencionar a Perón en público; a él y a su difunta esposa. Tampoco se podía usar el bombo en las murgas de Carnaval, por ser considerado un "instrumento peronista". Como golpe de efecto, la Revolución Libertadora mostró las joyas y los vestidos de fiesta de Evita como botín de guerra, o como pruebas del desfalco a las arcas públicas. Las estatuas y los bustos de la jefa espiritual del Movimiento fueron retirados de los lugares públicos, sus fotos quemadas, y también robaron y escondieron su cadáver embalsamado. Por otra parte, algunos de los ex funcionarios empezaron a formar partidos políticos bajo el signo del "peronismo sin Perón", para conformar "la capa blanda" del peronismo que buscaba "la pacificación". Además, Perón había perdido buena parte de su predicamento entre muchos sindicalistas que antes lo veneraban.
Véase Perón-Cooke. Correspondencia, tomo I, Buenos Aires, Granica, 1973 págs. 11-13 y 17. Las siguientes menciones a esta correspondencia pueden consultarse en los tomos
I y II.
     En el epílogo de diez años de gobierno, la sociedad argentina había quedado dividida entre quienes lo idolatraban y quienes lo odiaban. En términos personales, la situación del ex presidente era ruinosa. El Ejército le había retirado grados y honores. Un "libro negro" preparado por la Revolución Libertadora difundía las "atrocidades" de su gobierno. Las causas judiciales en su contra se multiplicaban y la Justicia pidió su extradición para ser juzgado por "traición a la Patria y asociación ilícita". La causa más ignominiosa, sin embargo, lo acusaba de ser un dictador sin moral, alegando que en sus últimos tres años en la Presidencia había convivido en el Palacio Unzué con una colegiala de 14 años, pertene-ciente a la UES.
     Mientras tanto, Perón se aferraba a la máquina de escribir para levantar la moral de sus seguidores. El 11 de julio de 1956 le escribió a Cooke: El odio y el deseo de venganza ya sobrepasaron todos los límites tolerables hasta en nosotros mismos frente a tanta infamia y espíritu criminal. Es necesario confesar que aunque fuéramos santos tendríamos que descuartizar a los traidores y asesinos de inocentes ciudadanos y prisioneros indefensos. Yo dejé Buenos Aires sin ningún odio pero ahora, ante el recuerdo de nuestros muertos y asesinados en prisiones, torturados con el sadismo más atroz, tengo un odio inextinguible que no puedo ocultar.
Perón permitió el ingreso de Nelly Rivas, miembro de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) a la residencia presidencial en una fiesta de fin de año luego de la muerte de Evita. A partir de allí, tuvo libre acceso a la residencia. También realizaba paseos con Perón y se probaba las joyas y los vestidos de Evita frente al espejo. Luego, la Revolución Libertadora interrogó a Rivas sobre las preferencias sexuales de Perón, si era homosexual o impotente. Ella sólo contestó que practicaban sexo una vez cada quince días, sin brindar más detalles. Véase Uki Goñi, La auténtica Odessa, Buenos Aires, Paidós, 2002, pág. 233
     Pero la pieza clave de toda esa etapa fueron las Instrucciones generales, que hizo llegar a los peronistas de la resistencia y de los comandos de exiliados para que las difundieran y aplicaran. Relataba cómo realizar crímenes contra sus enemigos y cómo preparar la guerra de guerrillas para el asalto final. Las Instrucciones...exhibían un grado de violencia tan manifiesto que muchos creyeron que eran apócrifas, pero él mismo se ocupó de confirmar su veracidad. Allí explicaba: El enemigo debe verse atacado por un enemigo invisible que lo golpea en todas partes, sin que él pueda encontrarlo en ninguna. Un "gorila" quedará tan muerto mediante un tiro en la cabeza, como aplastado "por casualidad" por un camión que se dio a la fuga. Los bienes y las viviendas de los asesinos deben ser objeto de toda clase de destrucciones mediante el incendio, la bomba, o el ataque directo. Esta lucha debe ser implacable, recordando que en cada "gorila" que matemos está la salvación de muchos inocentes ciudadanos que si no, serán muertos por ellos. Los gorilas deben llegar a la conclusión de que el pueblo los ha condenado a muerte por sus crímenes y que morirán tarde o temprano en manos del Pueblo. Los medios para eliminarlos importan poco, hemos dicho que a las víboras se las mata de cualquier manera.
     Perón también proponía organizar sectas "diabólicas", bajo el nombre de Justicia del Pueblo, para combatir el gobierno de Aramburu: Los parientes y los amigos de los muertos, los perseguidos y encarcelados, los desposeídos, etc. tienen derecho y obligación moral de formar parte de estas sectas destinadas al castigo de los culpables. Su organización tendrá carácter permanente y no se disolverán por ninguna causa antes de cumplido totalmente su cometido. Los que ingresen a ellas deben pensarlo bien antes porque no pueden desertar después. Se formarán: a) En cada ciudad, pueblo, establecimiento, etc., el número necesario de Sectas Territoriales, b) En cada organismo sindical, las correspondientes Sectas Gremiales, c) En cada circunscripción, departamento, etcétera, las Sectas Políticas correspondientes. Cada una de estas "Sectas" debe tener la lista de los enemigos del Pueblo, con sus correspondientes domicilios y datos personales, encabezadas por Aramburu y Rojas, como asimismo sus colaboradores directos e indirectos y los sicarios de las Fuerzas Armadas. De acuerdo con estas listas, los asesinos y traidores del Pueblo serán condenados y se les aplicará la pena. No es necesario que sea inmediata, se puede esperar la ocasión hasta que se presente. Ellos deben saber que un día u otro serán sancionados. Los hermanos que se incorporen a las sectas recibirán un número para designarse y una palabra clave para reconocerse de modo que cada uno tenga, en vez de nombre, número, y en vez de apellido, una palabra clave. El ingreso se hará en una ceremonia presidida por los hermanos dirigentes y, el ingresante, jurará allí "ODIO ETERNO ALOS ENEMIGOS DEL PUEBLO", recibirá una pequeña credencial de reconocimiento y se le leerán las obligaciones que contrae con la institución. Todas las reuniones son secretas y los hermanos, mientras se encuentren en ellas, se cubrirán el rostro con capuchón que impida que se les conozca. El trato entre ellos es secreto y sólo se individualizarán por medio de su número y la palabra clave. Una sola pena se aplica a los traidores: la Muerte. Los agentes que se infiltraran mediante engaños deben ser drásticamente suprimidos en cuanto se los descubra. Los hermanos dirigentes, designados por la propia secta, deben conocer los antecedentes de cada candidato al ingreso. Es obligación de todos los asociados, de todas las sectas, investigar todo lo referente a la desaparición del cadáver de la Mártir del Trabajo (Doña Eva Perón) y es deber de todos los asociados establecer los culpables directos e indirectos para matarlos. De esas víboras no debe quedar una viva.
     Perón quería golpear con violencia y de cualquier manera para hacer el país ingo-bernable, pero la potencia de su mensaje no llegaba en las mejores condiciones. La mayoría de las cartas que recibía eran controladas por el FBI, y las que enviaba eran robadas, se perdían o arribaban a destiempo. También circularon manuscritos apócrifos, que entorpecían sus instrucciones. Además, Cooke, el jefe de la Resistencia Peronista, había sido detenido en noviembre de 1955 y trasladado a distintas cárceles, y la capacidad del Comando de la Capital Federal que había creado, a pesar de sus esfuerzos, era muy limitada, pues sus miembros no tenían experiencia en acciones clandestinas. Eran detenidos con frecuencia. A fin de cuentas, las acciones de resistencia contra el gobierno militar (incendios a medios de transporte, sabotaje industrial o "caños" contra reparticiones públicas) eran espontáneas, tenían grandes dificultades operativas y estaban fuera del control del Comando Superior Peronista que conducía Perón desde Caracas.
Véanse Samuel Amaral y Mariano Ben Plotkin (comps.), Perón del exilio al poder, ob. cit., págs. 76-81,y Daniel James, Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina 1946-1976, Buenos Aires, Sudamericana, 1999, capítulo 3
    Pero si la falta de ejecución de sus instrucciones y la precaria organización de los comandos del exilio lo irritaban, el Comando de Caracas que había organizado Martincho Martínez le daba cierto pudor. Una mañana, presuroso, el suboficial Andrés López golpeó la puerta de su departamento y le pidió hablar a solas. Perón lo condujo a su habitación. La noche anterior (dijo Andrés López), un vecino de su edificio, exultante, le comentó que había visitado un prostíbulo y se había acostado con una prostituta cuyas ganancias estaban al servicio de la causa peronista. Incrédulo, López se había presentado en el prostíbulo y, para su desolación, había corroborado el relato: las mujeres trabajaban a las órdenes de Martincho y sostenían con sexo el exilio del General. Perón restó importancia a la revelación del suboficial. Antes de llegar a Venezuela, ya había comprendido que Martínez buscaba pegársele con el propósito de utilizarlo para realizar sus propios negocios. Tampoco le preocupaba que éste y sus amigos fueran propietarios de prostíbulos y cines pornográficos ni que el Comando de Caracas fuera un rejunte de prostitutas, transformistas y rufianes. Le puso al suboficial una mano en su hombro, y trató de tranquilizarlo:
     -No se haga mala sangre, m'hijo. El que procede mal sucumbe víctima de su mal proceder. Estoy cansado de quemar gente por comentarios.
     -Pero hay que hacer algo, General. Lo van a volver a difamar —se inquietó Andrés López. (Estaba a punto de largarse a llorar).
     -No se preocupe. Hay que darle soga a Martínez porque, a la larga, él mismo se va a enredar y quedará ahorcado. Mientras tanto, debemos utilizarlo.
     Perón tenía a su grupo de colaboradores revoloteando como moscas a su servicio en nombre de la lealtad. Fueron ellos quienes debieron neutralizar a Eleanor Freeman en Venezuela, cuando intentaba retomar la relación amorosa que habían iniciado en Panamá. Freeman era una morocha de 27 años, no muy bella pero sí muy simpática y culta, licenciada en Administración, que había respondido rápidamente a un gesto de Perón en el lobby del hotel Washington de Colón. Al percibir el guiño, sacó un cigarrillo y esperó con delicadeza a que su pretendiente le acercara fuego. Con el semblante de general todopoderoso apenas abandonado por los vaivenes de la historia, Perón empezó a contarle su vida, y a pesar de que la eficacia del relato se veía debilitada por las dificultades del idioma, a ella le pareció una historia mucho más exótica y entretenida que las que vivía en el restaurante donde trabajaba. Al atardecer, uniendo lo útil a lo agradable, Perón la invitó a dar un paseo por la calle principal: de paso cumplía con la recomendación de su médico croata de caminar tres a cuatro kilómetros diarios para activar las arterias. A la noche fueron a cenar a la cantina italiana Hankow, donde a Perón no le cobraban. Pasaron horas cambiando palabras y sonrisas. Él le decía "La Gringuita". Al día siguiente, cuando intuyó que había ganado su confianza, la invitó a la suite en el segundo piso del hotel. Ella llevó el disco del mexicano "Pancho" López, que tenía una canción muy de moda. Durante todo el mes de noviembre de 1955 y los días que pudo de diciembre, Perón la incorporó a su rutina. Desayunaban y almorzaban juntos, y mientras Eleanor tomaba sol en la pileta, él daba forma final a La fuerza...
     Al principio, lo hacía de puño y letra. Hasta que Victorio Radeglia, un rumano que se le había adherido desde los primeros días de su exilio y se presentaba como su secretario (luego Perón comprobaría que era un doble agente de la KGB y la CIA y se desprendería de él con una misión a Chile), le consiguió una máquina de escribir portátil, aunque para eso debió sacrificar la intimidad de su jefe. Un día, una reportera de The Panama America, anticipándose al grupo de periodistas que se emborrachaban en el bar del hotel a la espera de una nota, le rogó que le permitiera fotografiar al General. Radeglia le pidió una máquina de escribir en pago de su gestión, y ella la compró y la trajo. Radeglia abrió la puerta de la suite y durante un instante la reportera tuvo a Perón en la mira de su Roller-flex: estaba de espaldas y en calzoncillos, sentado frente a una mesa con mantel, con una media calada en la cabeza que le servía para achatarse el pelo, escribiendo su descargo ante la historia. La foto se publicaría en Life.
     Al atardecer, nada distendía tanto al ex presidente argentino como sus conversaciones con "La Gringuita" en la terraza del hotel, mientras veían los buques avanzar por el Océano Atlántico en busca del Canal de Panamá, y a la noche cenaban en la cantina. Freeman estaba gozando de unas vacaciones espléndidas, y decidió demorar su regreso a Chicago. No obstante esas felices distracciones, Perón seguía viviendo una situación de extrema vulnerabilidad. A pesar del cuidado de sus colaboradores, de los dos oficiales de la Guardia Nacional panameña que lo custodiaban y de las comodidades que le ofrecían sus amistades políticas locales, la posibilidad de un atentado hacía que jamás se desprendiera de su revólver Smith & Wesson calibre 38, de caño largo.
     El documento confidencial número 153-55 elaborado por el agregado naval de la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires bajo el título "Argentina-Marina-Plan contra Perón", y fechado el 29 de diciembre de 1955, da cuenta del seguimiento que le efectuaban oficiales navales argentinos en su exilio: Fuentes preguntan a OR (oficial que reporta) si estaba al tanto de que Perón estaba viviendo en el área americana de Panamá y que estaba siendo custodiado por personal militar norteamericano. Dijeron que esto probablemente pondría un freno a la "Operación Colón" y que tal vez deberían abandonarla, tal como abandonar "Operación Naranja", cuando Perón dejó Paraguay.
     La presencia de Perón en un hotel bajo control de los Estados Unidos generaba perplejidad entre las autoridades de la Revolución Libertadora. Esta situación se puso de manifiesto en un documento secreto que la embajada envió al Departamento de Estado el 12 de enero de 1956 (Control 5488). En el cable se informaba que un funcionario argentino (Oneto) se había lamentado de que los Estados Unidos mantuviera a Perón "en el congelador en Panamá para un posible regreso en el futuro, para estabilizar una situación caótica, si el gobierno de Aramburu o la Revolución (Libertadora) fracasa". En vista de esta circunstancia, la embajada comentó su parecer a Washington: La Embajada percibe que la presencia continua de Perón en el hotel Washington es contraria a nuestros intereses y espera que el Departamento(de Estado) pueda encontrar alguna manera de inducirlo a tomar la residencia en algún otro lugar completamente apartado de cualquier asociación con el gobierno norteamericano. Sería aún mejor si dejara el continente. Washington aceptó esta sugerencia.
     Los padres de la joven Freeman, preocupados por su demorado regreso, habían notifi-cado su ausencia al cónsul norteamericano de Colón y los funcionarios presionaron a la familia para que hiciera una denuncia por "secuestro" contra Perón, a fin de llevar el caso a la Justicia. Finalmente, el ex presidente, a pesar de que era huésped de honor de la ciudad, fue expulsado del hotel. Poco podían hacer las autoridades panameñas ante una exigencia de los Estados Unidos. Hacia fines de 1955, Eleanor Freeman debió volver a su casa, aunque le prometió a Perón que volvería a verlo como fuese. Y cumplió. Por esa época la ciudad de Panamá era una bacanal. Estaba regada de marines, prostitutas centroameri- canas, contrabandistas y espías, que noche trasnoche se relajaban en night clubs y burdeles, para jugar con trampas y hacer el amor por casi nada. No parecía extraño que aterrizara allí un conjunto de bailarinas argentinas para hacer su show en el Happy Land, un cabaret de la Avenida Central, en el que se lucían transformistas y también se bailaba el tango. Perón fue invitado a ver el espectáculo por el mayor Omar Torrijos, el edecán que le había asignado la Guardia Nacional. El mismo jefe de la guardia, el coronel Vallarino, le mandó decir que las bailarinas querían conocerlo. En principio, Perón decidió abstenerse. El lugar no era de los mejores. Y toparse con marines borrachos o dejarse arrastrar por una mulata era un mal programa para alguien que se sentía perseguido por los escándalos sexuales y tenía el cadáver de su esposa desaparecido. Además, su colaborador Landajo le había anticipado que era posible que entre las bailarinas hubiese una espía. Landajo había observado el show en el cabaret Paxapoga de Caracas e incluso había emborrachado con champagne a una bailarina para indagarla. No se la pudo llevar al hotel, pero reportó el informe a su jefe:
     -El grupo de ballet fue armado desde la SIDE. Lo dirige Joe Harold, un tipo que se hace el cubano pero es argentino. Vea el detalle: armaron la gira por Colombia, Venezuela, Panamá y Nicaragua. Todos países donde podían encontrarlo. Quieren que pisemos el palito, mi General.
     Sin embargo, para no ser descortés, Perón invitó al grupo a un asado en el balneario María Chiquita el 24 de diciembre al mediodía. Allí saludó a las chicas una a una, observando sus gestos y actitudes. Estaba a la expectativa. Le intrigaba saber cómo sería la supuesta espía. Enseguida lo supo. Una de ellas se le acercó como un pajarito curioso y no se le despegó de su lado.
     -Yo le prometí a mi madre que, cuando lo viera, le iba a dar un beso en su nombre; le dijo ella, y le rozó la mejilla con los labios.
     Resignado, Perón escuchó su historia. Estaba por cumplir 27 años. Había nacido en La Rioja. Era la menor de cinco hermanos. De pequeña, su padre, don Carmelo, que era em-pleado del Banco Hipotecario, la llevó a vivir a Buenos Aires, pero quedó huérfana al poco tiempo, allá por 1934. Siempre se había interesado en las artes. Estudió en un conservatorio de Belgrano. Cuando tocaba el piano en su casa, los chicos se detenían en la vereda para escucharla. Vivía en la calle Migueletes, "muy cerca de donde usted vivía con Evita", en la calle Teodoro García. Eran del mismo barrio. Su familia había sido peronista de la primera hora. A los 20 entró a la Escuela Nacional de Danzas del Teatro Nacional Cervantes. Ya estaba un poco grandecita, por eso se decidió por las danzas regionales y españolas. Le fue bien. Ganó un concurso de coristas y el prestigioso zarzuelista Faustino García la incorporó a su elenco. Ahí por primera vez se sintió una bailaora. Actuó en el teatro Avenida, de la Capital, y enseguida se fueron de gira a Montevideo. Vivió con dos chicas en una pensión de la avenida 18 de Julio, pero allí, en 1954, había muchos "contreras" exiliados que se oponían al gobierno. No le gustaba. Casi al filo se integró a la compañía de ballet español de Gustavo de Córdoba y Amalia Isaura. Con el show viajaron por Chile, el Perú, el Ecuador y Colombia, pero quedaron varados en Medellín. Nadie los contrataba y el grupo se desmembró. Cada una se las arregló como pudo. A ella la conectó Joe Harold. Le prometió mucho trabajo por Centroamérica. En total eran seis chicas. Hicieron una pasada por Venezuela y acababan de llegar a Panamá. Ya habían actuado en el local Bahía, pero la misma semana Joe Harold invitó al show al dueño del Happy Land y trasladaron las funciones hasta allí.
     Perón fingió creer todo cuanto ella dijo. Comía y sonreía, tratando de disimular su malestar: en ese momento le molestaban menos las mentiras que el aire caliente y opresivo, que le dificultaba la respiración. Detestaba el tórrido verano de Panamá, aunque a la prensa le había dicho que le sentaba bien. La bailarina le confesó que ya lo había conocido hacía años, y volvió a ganar su atención.
     -¿Dónde fue? —quiso saber Perón.
     -En San Vicente. Usted solía pasear por el pueblo en motocicleta cuando iba a la quinta. Y una vez entró a un almacén a pedir un jugo. Allí estaba yo. Ese almacén era de mi tío, y usted se fijó en mí y conversamos un rato. Yo era muy chiquita. ¿Lo recuerda?
     -Sí, sí, lo recuerdo.
     Perón empezó a dudar. ¿Podía ser que la Mata Hari estuviera dotada de la inteligencia propia de una menor? El relato era tan infantil que lo desconcertó. Quizá Landajo exagerara y la bailarina era una más entre las tantas personas a las que sólo les interesaba aparecer en fotos a su lado para darles algún brillo a sus carreras. Harto de todo, decidió marcharse apenas terminó de comer, y suspendió el postre y la sobremesa.
      -Yo al dulce de leche no lo como con tenedor —le comentó a su chofer.
     El desalojo del hotel Washington de Colón había alcanzado cierto estado público. Perón debió mudarse. Su ex embajador Carlos Pascali, pelado, gordo y de anteojos, al que acusa-ba de alcohólico y también lo culpaba en parte de sus males en Panamá, le alquiló un depar-tamento de tres ambientes sin ascensor en el edificio Lincoln de la ciudad de Panamá, a un paso de la embajada de los Estados Unidos. Perón lo regañó. Si él era el hombre de reserva de Washington para impedir el comunismo en la Argentina, esa condición no tenía por qué hacerse tan explícita. Un cable de la embajada norteamericana en Panamá con fecha del 2 de marzo de 1956 daba cuenta de sus dificultades: Perón aparece amueblando de urgencia las habitaciones en los Apartamentos Lincoln, a una cuadra de la embajada de Estados Unidos, adonde fue escoltado el 27 de febrero por José Bazán, ex intendente de Colón.
      Persisten rumores de que puede ir a Nicaragua o Chile, pero por ahora parecen rumores lejanos. El pedido de Perón de una visa en México todavía no fue respondido, de acuerdo con el embajador mexicano .Perón no había tenido noticias de la bailarina hasta que ésta reapareció una tarde en su casa. Se estaba recuperando de una gripe virósica muy fuerte, "un trancazo", como decían allí, y por nada del mundo quería volver al cabaret. Se largó a llorar. Le dijo que "Lucho" Donadío, el dueño del Happy Land, la presionaba para que se sentara a la mesa del coronel Vallarino, y que le convenía porque era un hombre muy influyente que le iba a solucionar cualquier problema. Pero ella no quería hacer "copas". No había estudiado para eso. Quería volver a Buenos Aires, aunque con los cinco dólares que ganaba por noche nunca iba a ahorrar para un pasaje de avión. Perón se anticipó a cualquier pedido. No tenía plata. Eran tres en la casa y vivían con lo justo. Apenas podían pagarle a una cocinera.
     -Me están por echar del hotel Roosevelt si no vuelvo a trabajar. Quizá pueda estar con usted un tiempo hasta que me envíen el dinero desde Buenos Aires...
     -¿Sabe escribir a máquina?, se interesó Perón.
     -No, pero hablo francés, puedo ser su secretaria, respondió Isabel.
     Ese era su nombre artístico. Perón hizo un gesto de resignación.
     -¿Y sabe cocinar?, inquirió.
     -Me las puedo arreglar. Pero puedo probar su comida antes que usted y velar por su seguridad.
     Perón la integró al grupo. En principio se ocuparía de la limpieza de la casa y luego iría tomando parte de la cocina. Pascali, que había dado su garantía para el alquiler, se encrespó con la nueva visitante. El General seguía la línea de los escándalos: primero Nelly Rivas, luego Eleanor Freeman, y ahora ni más ni menos que una bailarina de cabaret. A los pocos días la situación se tensó. Pascali recibió un mensaje del dueño del Happy Land: o el General devolvía a Isabel o pagaba la fianza para romper el contrato que habían firmado.  Perón le hizo llegar trescientos dólares. Desde el primer día que María Estela Martínez Cartas se instaló en su casa, Perón le encargó a Gilaberte y a Landajo que la vigilaran. En el deseo de mostrarse leales al General, estos dos la convirtieron en objeto de sus obsesiones. Cada vez que salía a la calle, la seguían a distancia. También escribían cartas disparatadas con la firma del jefe y las dejaban sobre la mesa del comedor, listas para que ella las leyera y reportara la información a la SIDE.
      Perón pensaba que si Isabel era una espía no le resultaría difícil convertirla en una "agente controlada". Terminaría trabajando para él y brindando informaciones falsas a sus enemigos a fin de desconcertarlos. Ese era su arte. Cuando en julio de 1956 Martincho Martínez llegó con su propuesta demudarlo a Venezuela, Perón estaba otra vez sin rumbo ni residencia estable, y arrastraba la vergüenza de haberse trasladado provisoriamente a Nicaragua para no estorbar la visita a Panamá del general Aramburu. De modo que decidió partir. Y mientras sus colaboradores lo interiorizaban de los más insignificantes movimientos de Isabel, a su vez, los funcionarios norteamericanos también lo observaban.
     El 7de agosto, el cónsul de Colón, Robert Weise Jr., reportó a Washington el siguiente cable: El gobierno de Venezuela autorizó la entrada del ex dictador de Argentina Juan D. Perón. El cónsul de Venezuela no sabe cuándo se va a trasladar, pero cree que será en pocos días. También les dio permiso a Isaac Gilaberte, 48 años, chofer de Perón, que dejó La Guaira en la tarde de ayer, a Ramón Landajo, 28 años, publicista de Perón y a María Estela Martínez (alias Isabel González), 25 años, novia de Perón. Landajo tiene reserva en la línea aérea LAV para dejar Caracas mañana. Isabel tenía terror de ir a Venezuela. Martincho era su peor enemigo. Pero no tuvo otra alternativa que instalarse junto a él en su departamento. El anfitrión conocía el ambiente de la noche y le insistía a Perón para que la abandonara ,asegurando que en su paso por Venezuela con el ballet Isabel había alternado con algunos clientes del Paxapoga, que quedaba justo a media cuadra de donde vivían los tres.
     A los pocos días de su llegada, el grupo de colaboradores de Perón intentó borrar las huellas de la estadía previa de Isabel en Caracas, para que su jefe no se sintiera afectado. En las primeras caminatas, cuando pasaban por la vereda del cabaret, lo distraían con cualquier comentario para que no mirara la fotografía donde su novia aparecía recostada sensualmente sobre el piso. Después le pidieron al dueño del local que la retirara. Tuvieron que convencerlo, porque el dueño argumentaba que esa imagen significaba una promoción para el cabaret y también un escondido homenaje para el General. La misma foto fue aprovechada por el semanario Venezuela Gráfica en la semana del arribo. El título: "Estrella de ballets la misteriosa rubia que llegó con el General Perón a Caracas".
     Al cabo de unos días, los colaboradores de Perón estaban convencidos de que Isabel era espía del gobierno argentino, excepto Martincho, que aseguraba que era una simple prosti-tuta. Landajo y Gilaberte informaron de un sin número de singularidades, pero ninguna de éstas constituía prueba contundente de nada. Decían que le ponía yuyos a las comidas; que había colocado velas a un santo debajo del tanque de nafta del Opel y que tuvieron que patearlas para evitar que el vehículo explotara; que Isabel anunciaba que iba a determinado lugar pero luego tomaba la dirección contraria... Sólo una vez Landajo trajo un elemento que podía aportar algún valor probatorio: dijo que la había visto en la calle conversando con Negri, un funcionario diplomático de la embajada argentina en Panamá, que sugestivamente se había mudado a Caracas. Perón escuchaba los informes pero relativizaba su importan- cia. Sin embargo, una vez pareció decidido a apartar a Isabel de su lado. Le dijo que le pagaría un vuelo a España y la dejaría a cargo de un amigo suyo, Ildefonso Cavagna Martínez, para que él la retuviera en Madrid o la enviara a Buenos Aires. Se había cansado de ella. Cuando Perón se lo dijo, Isabel quedó unos segundos en silencio y luego rompió en llanto. Las lágrimas eran su mejor arma de defensa, pero en esa ocasión no parecieron rendir fruto. Perón permaneció impasible. Isabel salió entonces en busca del suboficial Andrés López y le pidió que intercediera en su favor ante el General. Como el suboficial se mostró prescindente, Isabel decidió pasar al ataque. Dijo que si la echaban "contaría todo" en Buenos Aires. Y para reforzar su posición, utilizó el argumento de que estaba embara-zada. Perón dispuso que la examinara su médico personal, Branko Benzon, un hombre de su máxima confianza, que había sido embajador yugoslavo en Berlín durante el Tercer Reich y había frecuentado a Hitler y a Göering.
     Isabel no tendría suerte con el médico croata. Benzon le comunicó a Perón que el vientre de su novia no albergaba ningún heredero y que las náuseas y supuestos vómitos eran un invento. Después del diagnóstico, Isabel pasó varios días encerrada, sin salir de su habita--ción. Nadie fue a golpearle la puerta. Los colaboradores de Perón no podían entender cómo su jefe había elegido a alguien tan superficial, tan falto de vitalidad y de magia, luego de convivir con una mujer como Evita, que ya se había transformado en el gran mito de las masas peronistas. El General era realista:
     -Yo soy viudo. Tengo derecho a vivir. Y a mi edad, no puedo andar buscando por la calle. Ya que la tengo en casa...
     Una tarde el suboficial López se tomó el atrevimiento de invitarlo a dar una vuelta, y de paso mirar algunas mujeres, para distraerlo. Los acompañó el coronel González, que en sus horas libres custodiaba la puerta del edificio. Entraron a un bar. Al ver a tan famoso visi-tante, el dueño, como bienvenida, mandó a la mesa un par de botellas de vino blanco y algunos chorizos cantimpalos; luego el mozo avisó que dos clientes españoles pagaban otra vuelta. Cuando salieron del bar, entre los vinos y las subidas y bajadas de las calles de Caracas, Perón, que jamás se emborrachaba y que por precaución acompañaba las comidas con agua con gas y les acaba las burbujas agitándola con un cuchillo, sentía que sus pies volaban. Al ingresar al departamento se sentía otro, o tal vez se sintió quien realmente era, o aquel que había sido: empezó a contar chistes de erotismo gauchesco y a tocarle la cola a Isabel, mientras ella se sonrojaba por su audacia. En relación con sus mujeres, Perón decía que Aurelia Tizón había sido el fuego que lo encendió, y Evita la llamarada, el fuego que lo incendió todo y que también lo había quemado. Y ahora, en la soledad de sus sesenta años, necesitaba un ladrillo caliente para que le abrigara sus pies en el exilio: ese ladrillo era Isabel. Por la bailarina, Perón descartó reanudar su relación con Eleanor Freeman cuando ella lo visitó en Caracas.
Branko Benzon llegó a la Argentina luego de la Segunda Guerra Mundial con el grupo de ustasas, los criminales croatas que habían apoyado la ocupación alemana de Yugoslavia, y Perón lo recibió en la Casa Rosada. Le dio trabajo como asesor en el Ministerio de Salud Pública y también en la Dirección de Migraciones. Desde allí, Benzon facilitó el arribo de nazis prófugos. Benzon se había ganado la confianza de Evita, a quien solía visitar en el Palacio Unzué para consultas médicas. Para profundizar la relación entre Perón y Benzon, véase Uki Goñi, La auténtica Odessa,ob. cit.
     La joven voló sin saber si sería recibida o no, porque Perón no había dado respuesta a las cartas que ella le enviaba a sus colaboradores. Incluso en algunas le adjuntaba recortes de los diarios de los Estados Unidos donde hablaban de él. Estaba fascinada con su figura. Perón mandó a Gilaberte a recibirla en el aeropuerto y Freeman se alojó en su departa-mento. A la mañana del día siguiente, el General la visitó y se quedaron juntos hasta el atar-decer. Ella le entregó media docena de pañuelos de seda como regalo. A los dos días, Perón volvió a verla. Gilaberte se había ocupado de sacarla a pasear y se había encariñado con ella. La prefería mil veces a la bailarina, pero la elección de la sucesora de Evita corres-pondía al General. Después de la segunda cita, Isabel se enteró de sus escapadas y le armó un escándalo que decidió a Perón a terminar la relación. Que Isabel se enterara de la pre-sencia de la norteamericana alimentó las sospechas del entorno respecto de la posibilidad de que estuviera en contacto con la embajada argentina, que le habría pasado la informa-ción. Lo cierto es que Perón vio a la norteamericana por tercera y última vez y, en vista de las complicaciones, le pidió que se fuera. Como su jefe la había rechazado, Gilaberte se sintió con el derecho de conquistar a Freeman algunas horas antes de su partida. Intentó seducirla rápido y llevarla a la cama, pero ella lo rechazó. Estaba muy triste. Su amor era sólo para el General. Al poco tiempo de su estadía en Caracas, Perón sumó otro problema cuando cayó preso su anfitrión Martincho Martínez. Una noche, arrastrado por el alcohol, tajeó en el cuello y las manos a otro argentino en un local nocturno. Fue acusado de lesiones graves. El secretario de la Seguridad Nacional de Venezuela, Pedro Estrada, le preguntó al ex presidente si deseaba protegerlo, porque además existían informes que sindicaban a Martínez como "tratante de blancas". Perón dijo que iba a realizar sus propias averigua-ciones. "Podría tratarse de cuestiones inventadas por sus enemigos. Aquí los exiliados están todos divididos, pero si cometió algún delito, debe pagarlo", le respondió. El General le puso un abogado y tras unos días de detención, Martínez salió en libertad condicional.
     Durante los días que estuvo preso, Perón no dejó de asistirlo y ordenó a Gilaberte que le llevara ropa y comida. La lealtad en momentos de desgracia continuó cuando Perón se mudó a un departamento de dos ambientes en el edificio JosMary, sobre la avenida Andrés Bello. Lo llevó a vivir junto a Isabel. Martínez aportó sus muebles personales. Pero al cabo de unos meses la convivencia resultó imposible, porque en la casa ya no eran tres sino cuatro. Se había agregado el mayor Pablo Vicente, un sublevado dela fallida rebelión de 1956 que apareció sin un centavo en Caracas, narró sus penas, y consiguió alojamiento en un sofá-cama en el living del departamento. Al poco tiempo, Vicente, que fue ganándose la simpatía de Isabel, empezó a desplazar a Martincho en sus tareas de secretario del General.
     El departamento se convirtió en un nudo de intrigas y alianzas cruzadas. Incluso surgió un entredicho debido a una directiva del Comando Superior Peronista, convalidada por el propio Perón, y enviada a los dirigentes de la Resistencia en la que, en nombre del principio "al enemigo, ni justicia", se ordenaba secuestrar a los "hijos de los antiperonistas, y cuanto más chicos, mejor", y que causó estupor, precisamente, porque uno de los fundamentos del justicialismo era que, en la Argentina, los únicos privilegiados debían ser los niños. Perón empezó a recibir críticas por carta y debió quitar el aval a esa directiva y separar a Martínez de su cargo en el comando de exiliados de Caracas. Comprendiendo que había sido derrotado en la interna que disputaba contra Isabel y Vicente, en los estrechos límites del departamento, Martínez decidió irse a Cuba. "Yo no lo echo de esta casa, pero si usted se quiere ir, vaya", le dijo Perón, y metiómano en su bolsillo para pagarle los muebles. Antes de despedirse, Martínez hizo estallar una bomba entre el grupo de los colaboradores: dijo que había escrito un libro donde revelaba las miserias y las grandezas del General, y que lo iba a editar en Cuba. El suboficial López se desesperó con la noticia. Fue de urgencia al departamento del jefe y se puso a su servicio:
      —Martínez va a difamarlo. Estoy dispuesto a liquidarlo camino al aeropuerto. Todavía estamos a tiempo. Sólo espero una orden suya. Perón le dijo que no valía la pena, se volvió de espaldas y se inclinó ante la máquina, para seguir redactando nuevas instrucciones a la Resistencia Peronista.
FUENTES DE ESTE CAPÍTULO
Para el exilio de Perón en Panamá y Venezuela se realizaron entrevistas a Enrique Pavón Pereyra, Ramón Landajo y el suboficial Andrés López. Acerca de la historia de la foto de Perón con una media en la cabeza, véase testimonio personal de la periodista Hindi Diamond en semanarioTiempos del Mundo, el 29 de enero de1998. Una descripción sobre las relaciones y acciones de Perón en el exilio se encuentra en los escritos de Landajo publicados en www.alipso.com/monografías /alfinaldelcamino. Otras informaciones de este capítulo fueron obtenidas en los ya Martínez publicó en Cuba el libro Grandezas y miserias de Perón, también conocido como Perón en camiseta. Para información sobre su desvin-culación del Comando Caracas, véase Perón-Cooke. Correspondencia, ob. cit., tomo I, pág. 179, y Eduardo Gurucharri, Bernardo Alberte, un militar entre obreros y guerrilleros,Buenos Aires, Colihue, 2001, págs. 53-55. Citados Perón-Cooke, Correspondencia y Bernardo Alberte, un militar entre obreros y guerrilleros; Cartas del exilio, compiladas por Samuel Amaral y William E. Ratliff; Correspondencia de Perón, tomos I y II, seleccionada por Pavón Pereyra; Nueva Historia Argentina (1955-1976), tomo IX, dirigido por Daniel James; Perón, el hombre del destino, fascículos 33-37; Perón, memorial de Puerta de Hierro I, de Enrique Pavón Pereyra; Yo Perón, de Enrique Pavón Pereyra; John William Cooke. El peronismo alternativo, de Richard Gillespie; Canas peligrosas. La apasionada discusión entre Juan Domingo Perón y el padre Hernán Benítez sobre la violencia política, de Marta Cichero, y artículos de prensa publicados en semanario Somos del 14, el 21 y el 28 de enero de 1977.