domingo, 27 de agosto de 2017

EL BOGOTAZO LIMPIO-PROLOGO-INTRODUCCION-


PRÓLOGO
Tal parece que ahora “teoría de las conspiraciones” no esmás que un sinónimo de verdades que no se pueden decir. — Gore Vidal.
     Este libro trata de una conspiración. Aunque está centrado en los sucesos ocurridos en abril de 1948 en Bogotá, Colombia, que luego se dieron en llamar el Bogotazo, como vere-mos, estos sucesos fueron tan sólo una pequeña parte de una inmensa conspiración que marcó los primeros pasos para establecer lo que ahora se conoce como el Nuevo Orden Mundial.
     Los conspiradores son un relativamente pequeño grupo de sociópatas y psicópatas, compuesto fundamentalmente de banqueros internacionales, magnates petroleros y altos ejecutivos de corporaciones transnacionales. A pesar de que este grupo criminal mantiene alianzas tanto con la derecha fascista como con la izquierda comunista — de hecho han creado ambas ideologías — ellos mismos carecen de una ideología coherente, y tan sólo se valen de las ideologías existentes para obtener máximo poder y control.
     A fin de llevar a cabo sus planes, este grupo de conspiradores sociópatas no vacila en recurrir a la mentira, la coacción, la extorsión, la usura y el robo, así como a la tortura, el asesinato y la muerte en gran escala. Para ejecutar estos planes malvados se han valido de un extenso número de psicópatas criminales que han logrado reclutar. Su objetivo final es destruir el orden establecido, en especial las repúblicas soberanas democráticas, y estable-cer una sociedad mundial totalitaria de corte comuno fascista bajo su control total — una sociedad que eufemísticamente han dado en llamar el Nuevo Orden Mundial.
     Este pequeño grupo de conspiradores se centra fundamentalmente en varias organizaciones que ellos mismos han creado para su propio beneficio, tales como el Consejo de Relaciones Exteriores, la Organización de Naciones Unidas, la Comisión Trilateral, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y, más recientemente, organizaciones globalistas tales como el Grupo Bilderberg y el Foro Económico Mundial.         
  
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Los esfuerzos de este grupo de conspiradores por obtener control total sobre el continen-te americano comenzaron en 1898 con la voladura del acorazado USS Maine en la bahía de La Habana y se agudizaron durante la presidencia de Woodrow Wilson. Sin embargo, no fue sino a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial que se convirtieron en una guerra psicológica secreta de inmensas proporciones en contra de los pueblos de norte, centro y sur América. Elementos importantes en esta lucha son el Departamento de Estado nortea-mericano, el Consejo Nacional de Seguridad, y la Agencia Central de Inteligencia.

     Figuras clave en esta guerra psicológica han sido Nelson y David Rockefeller, Allen y John Foster Dulles, George Marshall, Fidel Castro, Henry Kissinger, Zbigniew Brzezinski y Hillary Clinton. Aunque la mayoría de los presidentes norteamericanos han estado bajo el control de estos conspiradores, últimamente todos han sido parte activa de esta conspira-ción. Estos han sido los casos de Jimmy Carter, Bush padre e hijo, Bill Clinton y, más recientemente, Barack Obama.

     Este grupo de magnates petroleros y banqueros de Wall Street fueron quienes conspiraron en las sombras para crear artificialmente la “revolución” rusa que creó la Unión Soviética, el movimiento nazi que llevó a Hitler al poder en Alemania, y las “revoluciones” que permitieron a Mao tse-Tung y a Fidel Castro tomar el poder en China y en Cuba respecti-vamente. Son ellos los mismos que han fomentado las recientes “revoluciones” en el medio oriente que se conocen con el nombre de la “Primavera Árabe”.

     Esta vasta conspiración, ignorada por la mayoría de los pueblos latinoamericanos, pues nunca se menciona en la prensa oficialista, se asemeja a un gigantesco rompecabezas, en el que algunas de las piezas faltan o han sido intencionalmente colocadas fuera de su lugar en un esfuerzo por confundir.

     Esto explica la razón por la que la mayor parte de los que han estudiado el fenómeno no han logrado hallar la verdadera causa del problema. Una de las características más interesantes del trabajo de inteligencia y espionaje es que algunas veces una información aparentemente irrelevante sirve para conectar una multitud de hechos que ofrecen un todo coherente. De hecho, todo trabajo de investigación criminal se reduce a tratar de hallar una

conexión, un nexo entre el crimen y el criminal. Algunos oficiales de inteligencia consideran que si uno logra hallar ese nexo podría reescribir la historia desde un punto de vista muy diferente al que se acepta comúnmente.

     Aunque desde mucho antes ya tenía sospechas de que la historia oficial acerca del Bogotazo no era cierta, la información que me permitió ordenar la mayor parte de las piezas del rompecabezas en un todo coherente fue una reunión secreta que tuvo lugar a comienzos del 1948 en una mansión del Biltmore, una barriada de millonarios situada en las afueras del oeste de La Habana.

1. Conspiraciones y Teoría de las Conspiraciones

     Estoy seguro de que algunas de las tesis polémicas que expresaré en este libro contribui-rán a que me coloquen permanente en la solapa la etiqueta de promotor de la “teoría de las conspiraciones”, lo cual, en definitiva, no me importa. Sin embargo, los hechos históricos son sumamente ricos y complejos, y no es posible explicarlos plenamente tan sólo con etiquetas. Pero mi mayor objeción no es que alguien diga que estudio la “teoría de las conspiraciones”, sino el uso de la palabra “teoría” para denominar el tipo de conocimiento que he tratado de desentrañar en este libro. El problema se deriva del uso de la palabra “teoría”.

     Una teoría científica no es sino una explicación temporal sobre las causas de un fenóme-no del cual no tenemos toda la información. Por consiguiente, basado tan sólo en unos pocos datos verificables y un gran porcentaje de conclusiones lógicas, inicialmente en la forma de una hipótesis, eventualmente se formula una teoría. Con el paso del tiempo, y después de muchos intentos de verificar su veracidad, la teoría se descarta o, por el contrario, es aceptada por la comunidad científica como un hecho comprobado — lo cual no indica que se acepte como verdad última y absoluta, sino como otra explicación temporal que, aunque más fundamentada, también podría ser eventualmente negada.

     De hecho, la piedra angular del método científico es que exista la posibilidad de que una teoría pueda ser científicamente negada. Si esa posibilidad no existe, la teoría automática-mente se considera que cae fuera del campo de estudio de la ciencia. Esto no quiere decir que la teoría sea cierta o falsa, sino, simplemente, que la ciencia (occidental) carece de los elementos metodológicos para estudiarla. Un ejemplo típico es que, como es científicamen-te imposible negar o probar la existencia de Dios, o que la pintura de Picasso sea superior a la de Matisse, o que el danzón sea superior al tango, estas disquisiciones caen fuera del campo de la ciencia.

     En el caso de las conspiraciones, la mayoría de la gente, consciente o inconscientemente, parece seguir el postulado de lo que se conoce como la “Navaja de Shallit”. Según este postulado, no debe considerarse una conspiración lo que simplemente puede ser explicado como el resultado de estupidez o incompetencia.

     No obstante, año tras año, la mayoría de las personas que menciono en este libro como parte de esa conspiración han actuado en múltiples ocasiones en contra de los intereses del pueblo norteamericano y de los pueblos de América Latina. Por consiguiente, tal como afirmara el Ex secretario de Defensa norteamericano James Forrestal,

Esas personas que han conspirado una y otra vez para destruir su país no son ni tontos ni incompetentes, sino que, por el contrario, son extremadamente hábiles e inteligentes. Si tan sólo fuesen estúpidos, alguna que otra vez hubiesen cometido errores, algunos de éstos a nuestro favor, pero nunca lo han hecho. Por el contrario, sistemáticamente trabajan para destruir nuestro país y sus libertades.

     Por consiguiente, no es descabellado llegar a la conclusión de que, por el contrario, lo que la mayoría de la gente ve como errores y fracasos son en realidad éxitos. La causa de esta confusión se debe a que los conspiradores no son lo que dicen ser.

     De modo que, a la Navaja de Shallit, opongo mi Corolario a la Navaja de Shallit: No debe considerarse estupidez o incompetencia lo que simplemente puede ser explicado como el resultado de una conspiración. Más aún, quisiera expresar mi propia Ley de las Conspiracio-nes:

Cierto tipo de sucesos causados por seres humanos, que se repiten una y otra vez — en especial los que resultan en detrimento de amplios segmentos de la población, pero en beneficio de un grupo pequeño, pero poderoso — , lo más probable es que no sean producto de la casualidad, la estupidez o la incompetencia, sino el resultado de las actividades de un

grupo bien organizado de conspiradores.

     Hace unos años cautivó mi atención y me mantuvo despierto hasta más de las 2:00 a.m., un programa de radio que descubrí por casualidad tarde en la noche: Coast to Coast AM [de Costa a Costa en la Madrugada], con George Noory. Este programa en particular trataba de las sociedades secretas, y estaba compuesto por un panel de especialistas en la materia: Linda Moulton Howe, Alex Jones, Steve Quayle y Jim Marrs, bien conocidos investigadores

en el campo de la teoría de las conspiraciones.

     Una de las cosas que mencionaron en el programa y que picó mi curiosidad, fue un informe producido por el Proyecto Para un Nuevo Siglo Norteamericano (Project for the New American Century, PNAC), una organización formada por los llamados “neo-cons” [neoconservadores], que apoyaban al presidente Bush. El informe de 90 páginas, titulado “La Reconstrucción de la Defensa Norteamericana: Estrategias, Fuerzas y Recursos para un Nuevo Siglo” (Rebuilding America’s Defenses: Strategy, Forces and Resources For a New Century), había sido publicado en septiembre del 2000.

     El Informe clamaba por una nueva era de imperialismo norteamericano descarnado y sin tapujos, basado en fuerza bruta militar a la que nadie pudiera oponerse. Debido al cinismo y a la forma abierta en que los redactores informaban al mundo sobre el curso de acción que los conspiradores iban a seguir para llevar a cabo sus planes de dominio mundial, algunos de los panelistas del programa compararon el Informe del PNAC con el manifiesto Mi lucha de Adolfo Hitler.

     Como soy bastante escéptico en estas cosas, no confié tan sólo en las palabras de los panelistas y, al día siguiente, localicé en la Internet y leí en su totalidad el Informe. En éste confirmé que el párrafo citado por los panelistas existía en el Informe y que había sido citado literalmente y en contexto con el resto de la publicación.

     Con un cinismo extraordinario, los autores del Informe mencionan que, para transformar radicalmente los estados Unidos y preparar al pueblo norteamericano para los desafíos militares que tendrán que enfrentar,

Este proceso de transformación, aún si conlleva cambios revolucionarios, será lento y a largo plazo, a no ser que se produzca un suceso catastrófico que sirva como catalizador — como un nuevo Pearl Harbor. [Énfasis añadido.]

     Hay que recordar que este Informe del PNAC fue publicado en septiembre del 2000, exactamente un año antes de los sucesos del 11 de setiembre de 2001 que sirvió como pretextopara dar un salto adelante en la implementación de los cambios revolucionarios que planeaban.

     Sin embargo, tal como expresaron otros participantes en el panel, los conspiradores se han vuelto tan confiados y arrogantes, o están tan convencidos de que el resto de la gente no pasa de ser un puñado de tontos ignorantes que carecen de la capacidad de pensar por sí mismos, que ya no temen hablar abiertamente sobre sus planes malvados.

     Al proseguir investigando en la Internet en busca de opiniones críticas sobre el Proyecto, hallé una serie de artículos interesantes, entre ellos uno bastante revelador escrito por Alex Callinicos, profesor de la Universidad de York, Reino Unido, titulado “La Gran Estrategia del Imperio Norteamericano.” En su artículo, Callinicos, quien se califica a sí mismo de “marxista”, después de hacer un detallado análisis de la política exterior norteamericana a partir del 11 de septiembre del 2011, llega a la conclusión de que “la teoría marxista del imperialismo es la mejor herramienta para entender el presente impulso guerrerista nortea-mericano.” Esta es la misma herramienta teórica marxista usada por el profesor James Petras en un libro recientemente publicado.

     No obstante, tan sólo un análisis superficial del artículo de Callinicos y del libro de Petras, muestra que, contrariamente a sus conclusiones, la teoría marxista no es la herramienta metodológica apropiada para entender lo que está sucediendo en este caótico mundo posterior al 11 de septiembre del 2011. La razón de ello no se debe tan sólo a que el marxismo es una prejuiciada y tosca herramienta de análisis teórico, sino también debido a

que fue creada por los propios conspiradores — Moses Mordecai Marx Levi, alias Karl Marx, era uno de sus agentes secretos — como un elemento clave de desinformación para despistar a sus críticos y capturar las mentes de los crédulos.

     El hecho explica el por qué las universidades norteamericanas están repletas de profesores marxistas que luchan contra los males del capitalismo y el imperialismo — Noam Chomsky es uno de los más notorios —, al mismo tiempo que reciben apoyo financiero de las fundaciones controladas y financiadas por los mismos conspiradores imperialistas que estos profesores critican. Esto también explica el por qué, aunque la teoría marxista es ampliamente estudiada en las universidades norteamericanas, la Teoría de las Conspiracio-nes, considerada un campo legítimo de estudio por amplios sectores de la población, está totalmente ausente de los curricula, y se menciona tan sólo para ridiculizar a los que estudian la materia, calificándolos de tontos y dementes.

     No obstante, a pesar de lo que afirmaron Marx y Lenin (otro agente de los conspiradores), el verdadero motor de la sociedad nunca ha sido la lucha de clases o la avaricia capitalista, sino las diferentes oligarquías y grupos secretos conspirando en las sombras y luchando entre sí por el control del mundo.

     Es una opinión bien difundida que la ciencia forense tan sólo tiene que ver con crímenes, autopsias o algo por el estilo. Pero, al igual que Yahoo, Google, y otros instrumentos de búsqueda en la Internet, la ciencia forense mayormente tiene que ver con conexiones o enlaces que conectan una cosa con otra. El principio básico de la ciencia forense, tal como lo enunció el Dr. Edmond Locard, uno de los grandes expertos en ese campo, es muy simple:

Todo contacto deja un rastro. La ciencia forense consiste principalmente en hallar estos rastros en la escena de un crimen y, a través de ellos, establecer los contactos entre el crimen y el criminal.

Una vez que un criminal comete un crimen, lo primero que hace es tratar de ocultar, borrar o destruir toda evidencia física que lo conecta al crimen. Esto va desde limpiar con una servilleta todas las superficies pulidas con el fin de borrar sus huellas digitales, o hasta enviar a una fiesta a alguien haciéndose pasar por él, a fin de usarlo luego como coartada, confirmada por algunos testigos presenciales, de que se hallaba en otro lugar cuando se cometió el crimen.

     Pero la ciencia forense tiene aplicaciones concretas más allá del campo de la ley. La ciencia forense y la historia se funden en los bordes, y donde una termina la otra comienza. En realidad, la teoría de las conspiraciones es una herramienta importante en el campo de la ciencia forense histórica. El trabajo del investigador histórico forense consiste precisamen-te en descubrir esos nexos ocultos y revelar las conexiones entre el criminal y el crimen.

     Algunos de los investigadores que se han interesado en desentrañar los sucesos del Bogotazo y el asesinato de Gaitán, sospechan que la CIA tuvo participación en los hechos. Sin embargo, su actitud mayormente consiste en esperar a que la CIA voluntariamente desclasifique sus documentos secretos y que, como por arte de magia, aparezcan las pruebas documentales de esta participación.

     Pero el trabajo del analista de inteligencia se diferencia del del historiador en que no puede esperar a que aparezcan los documentos porque, en el caso de operaciones ultra secretas, estos documentos nunca se harán públicos o simplemente no existen debido a que las órdenes se transmitieron verbalmente precisamente para no dejar pruebas comprome-tedoras.

     Los investigadores que pacientemente esperan a que aparezcan las pruebas documenta-les, al parecer ignoran que una de las características esenciales del trabajo de análisis de inteligencia es que hay que trabajar con fuentes incompletas o engañosas. Contrariamente a los historiadores, los analistas de inteligencia suplen las lagunas informativas con su intuición, experiencia y conocimiento del tema, así como valiéndose de una metodología especial que han creado para la evaluación de la información. (Ver, Apéndice, La evaluación de la información.)

     Si los analistas de inteligencia fuesen a esperar que todas las pruebas documentales aparecieran, su trabajo se reduciría a cero, y producirían sus informes de inteligencia cuando la información ya fuera totalmente irrelevante. Por otra parte, tampoco se debe confiar ciegamente en supuestos “documentos” de la CIA desclasificados gracias a los esfuerzos del Archivo de Nacional Seguridad (National Security Archive), una organización

que tal vez sea un frente de la CIA.

     Aún más importante es el hecho de que, por el contrario de los historiadores, los analistas de inteligencia se guían en su trabajo por un principio cardinal de inteligencia y espionaje: las cosas rara vez son lo que parecen ser.






INTRODUCCIÓN

     La mayoría de los libros y artículos que se han escrito acerca de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana, mencionan las dos primeras operaciones de guerra encubierta de la CIA: el derrocamiento del Primer Ministro Mohammed Mossadegh en Irán en 1953, y el derrocamiento del Presidente Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954. Unos pocos de esos artículos y libros mencionan la intervención de la CIA en las elecciones en Italia en 1947-1948 para evitar que los italianos libremente eligieran miembros del partido comunista.

     Algunos de estos libros y artículos también mencionan lo que consideran el primer error de la CIA: su fracaso en vaticinar los disturbios en Colombia que luego se conocieron como el Bogotazo. Pero hay mucho más sobre el Bogotazo que lo que la CIA, Fidel Castro, y sus promotores del Consejo de Relaciones Exteriores (Council on Foreign relations, CFR), no desean que se divulgue.

     Por su parte, los colombianos siempre han visto el Bogotazo como una erupción de violencia con causas enraizadas en la política nacional de Colombia. Los únicos que han tratado de hallar alguna influencia extranjera le han achacado las causas del Bogotazo a los comunistas locales y, en segundo lugar, a miembros del comunismo internacional dirigidos por la Unión Soviética. De hecho, poco después del Bogotazo, y a pesar de que la conexión entre los soviéticos y los disturbios nunca se probó, el gobierno colombiano rompió sus limitadas relaciones con la Unión Soviética.

     Sin embargo, a pesar de estas opiniones enraizadas, demostraré en este libro que el Bogotazo tuvo muy poco que ver con la política interna colombiana o con el comunismo nacional o internacional. Por el contrario, el Bogotazo tuvo mucho que ver con los banqueros de Wall Street y los magnates petroleros norteamericanos en su esfuerzo por implantar en las crédulas mentes del pueblo norteamericano el supuesto peligro del comunismo — lo que en esos momentos se dio en llamar la Guerra Fría. Por consiguiente, el Bogotazo es un evento clave para comprender operaciones posteriores similares llevadas a cabo por la CIA siguiendo órdenes de los conspiradores del Consejo de Relaciones Exteriores.

     De modo que, antes de estudiar el Bogotazo, voy a analizar en detalle la CIA y las organi-zaciones que la precedieron y, especialmente, quiénes las crearon y por qué. De hecho, decir que la CIA asesinó a Gaitán es tan irrelevante o des informante como afirmar que lo hicieron los comunistas.

     Sin un estudio detallado de la CIA y las organizaciones que la precedieron, así como quiénes las crearon y por qué, es imposible comprender las verdaderas causas del Bogotazo.

     Por consiguiente, aunque el capítulo sobre el Bogotazo es el plato fuertede este libro, le ruego a los lectores, y en particular a los lectores latinoamericanos, que no cedan a la tentación de saltar a él directamente y lean con detenimiento los capítulos que le preceden.

     El 9 de abril de 1948, Bogotá, la capital de Colombia, fue la escena de violentos disturbios que luego se conocieron como el Bogotazo. El suceso que al parecer desencadenó los disturbios fue el asesinato del líder colombiano Jorge Eliécer Gaitán. Los participantes en la revuelta destruyeron la mayor parte del centro de la ciudad. Varios miles de personas fueron muertas.

     Los disturbios coincidieron con la celebración en la ciudad de la Novena Conferencia Panamericana de Cancilleres, que había inaugurado sus sesiones unos días antes, el 30 de Marzo. La Conferencia estaba presidida por el General George Marshall, Secretario de Estado norteamericano. Marshall, al igual que John Foster Dulles, quien lo sucedió en el cargo, era abogado de una firma de Wall Street y alto ejecutivo del Consejo de Relaciones

Exteriores.

     En realidad, el Bogotazo no fue una explosión espontánea de violencia popular, sino una operación de bandera falsa que inició en el hemisferio occidental una operación de guerra psicológica en gran escala luego conocida como la Guerra Fría. Como tal, el Bogotazo es un evento clave para comprender muchas operaciones similares de bandera falsa llevadas a cabo por la CIA siguiendo órdenes de los conspiradores del Consejo de Relaciones Exteriores — que incluyen la operación del 11 de septiembre del 2001.

     Casi todos los autores que han estudiado el Bogotazo mencionan la participación de Fidel Castro en los sucesos de forma anecdótica, sin darle mucha importancia, como un capítulo curioso de los años de juventud de un hombre que luego llegó a ser un líder político de envergadura mundial.

     Curiosamente, el único artículo sobre el Bogotazo aparecido en Studies in Intelligence, la publicación académica interna de la CIA, es un esfuerzo evidente de restarle importancia a la participación de Castro en los sucesos. Las veces que ha hablado del tema, el propio Castro, también ha tratado de restarle importancia a su participación en los eventos. Pero, como veremos más abajo, Fidel Castro tuvo un papel importante en los sucesos del Bogotazo, y mucho más en la Guerra Fría que comenzó en el hemisferio occidental con el Bogotazo.

     El Bogotazo es extremadamente importante porque en esa operación los conspiradores del CFR se valieron de la recién creada CIA para probar la efectividad de nuevas técnicas de lavado de cerebro (candidato de la Manchuria), uso de cabezas de turco, operaciones de bandera falsa y operaciones de guerra psicológica basadas en el principio de la dialéctica hegeliana de tesis-antítesis-síntesis, que luego fueron repetidas exitosamente en operaciones similares, tales como los asesinatos del presidente norteamericano John F. Kennedy y su hermano Robert, así como en la operación que causó los trágicos sucesos del 11 de septiembre del 2001. Estas operaciones de guerra psicológica han tenido como resultado el avance extraordinario de los planes de los conspiradores para establecer un Nuevo Orden Mundial comuno fascista bajo su control total.

     Por tanto, en este libro voy a realizar el primer análisis del Bogotazo desde el punto de vista de inteligencia y espionaje, como una exitosa operación encubierta de guerra psicológica en contra de los pueblos de los Estados Unidos y de América Latina. Desafortu-nadamente, muy pocos investigadores han siquiera mencionado esta posibilidad. No obstante, tal como los autores John Loftus y Mark Aarons han señalado certeramente, “La omisión histórica es la clave fundamental que indica que una operación encubierta ha sido exitosa.”

Servando Gonzalez, Primavera del 2012.







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