domingo, 27 de agosto de 2017

EL BOGOTAZO LIMPIO PRIMERA PARTE: LA CIA-TEMAS 1-2-3-4-5





PRIMERA PARTE:

LA CIA



Si los éxitos de la CIA se dieran a conocer, nuestros enemigos los sabrían, y entonces se convertirían en fracasos. —William Colby, Director de la CIA.

      La mayoría de los estudios sobre la Agencia Central de Inteligencia norteamericana refuerzan la creencia de que la CIA es la continuación de la Oficina de Servicios Especiales (Office of Special Services, OSS), la agencia civil de inteligencia creada durante la Segunda Guerra Mundial, dirigida por el general William Donovan. Sin embargo, como veremos a continuación, las verdaderas raíces de la CIA son mucho más profundas.

1. La Investigación

     En el otoño de 1917, el Coronel Edward Mandell House, consejero confidencial del presidente Woodrow Wilson, logró reclutar un grupo de cerca de cien intelectuales promi-nentes con el fin de discutir el mundo de la postguerra (me refiero a la Primera Guerra Mun-dial) que se avecinaba. Este grupo de académicos convertidos en espías y analistas de inte-ligencia, que poco después de denominó La Investigación (The Inquiry) redactó los planes para los acuerdos de paz que eventualmente se convirtieron en los famosos “catorce puntos” de la política exterior norteamericana (atribuidos a Wilson, pero en realidad obra de Mandell House). Esos planes expresaron por primera vez la idea de lo que luego se daría en llamar la globalización, e incluían un llamado a la eliminación de “todas las barreras econó-micas” entre las naciones (lo que ahora se conoce como “libre comercio”) y la creación de una “sociedad general de naciones”, que luego se materializó brevemente en la fallida Liga de las Naciones y años después en la Organización de Naciones Unidas, totalmente bajo el control de los conspiradores del Consejo de Relaciones Exteriores.

     Mandell House, que en realidad era un agente secreto de los conspiradores, usó técnicas de manipulación psicológica para implantar en la mente de Wilson la idea de crear una agencia de inteligencia privada, lo que no era sino una elucubración de un pequeño grupo de magnates petroleros y banqueros de Wall Street. Sin proponérselo, House había creado el modus operandi, usado luego por los conspiradores a través del Consejo Nacional de Seguridad, para manipular y controlar a los presidentes norteamericanos.

    
http://www.newswithviews.com/Gonzalez/Images/Servando_Gonzalez_com_hdr.gif
 El grupo inicial, que llegó a contar con 126 miembros y estaba compuesto de una mayoría de académicos con mentalidad socialista (fascisto comunista), comenzó a trabajar en secreto desde las oficinas de la Sociedad Geográfica Norteamericana, realizando investiga-ciones históricas y escribiendo informes sobre los planes de un acuerdo de paz en París. Aunque nunca trabajó para el pueblo norteamericano, sino para los banqueros y magnates petroleros internacionales que la crearon, La Investigación fue de facto la primera agencia central de inteligencia norteamericana.

     Desde su creación, La Investigación se organizó y trabajó como una agencia de inteligencia. En primer lugar, estaba dividida en varios grupos de estudio. Unos de estos grupos analizaba las distintas áreas geopolíticas del planeta, entre ellas América Latina. Otros estudiaban historia diplomática, economía, leyes internacionales, y cartografía, una división muy similar a la que la CIA luego adoptó con sus llamados “burós.” En segundo lugar, las actividades de La Investigación se llevaban a cabo bajo el más absoluto secreto. Hasta el nombre “The Inquiry” había sido seleccionado por el hecho de que no significaba nada y ayudaba a desinformar sobre el verdadero propósito de la organización.

     Al igual que luego sucedió con la CIA, La Investigación era una organización autónoma, que en teoría dependía directamente del Presidente y era subvencionada por fondos secre-tos que Wilson controlaba. El Congreso y el Departamento de Estado ignoraban totalmente su existencia. Las actividades de La Investigación tampoco eran conocidas por el pueblo norteamericano, porque la prensa nunca informó de su existencia. Guardias armados patrullaban día y noche sus oficinas. En tercer lugar, las actividades de La Investigación se dividían en cuatro categorías generales: planificación, recolección [de información], análisis, y procesamiento [de la información] para convertirla en inteligencia.

     Esta división es muy similar a lo que la CIA llama “el ciclo de inteligencia”: dirección y planificación, recolección, procesamiento y análisis [de la información], y diseminación [de la inteligencia]. Finalmente, aunque en teoría las actividades de La Investigación tan sólo consistían en investigar e informar al Presidente Wilson para que éste preparara a los EE.UU. para la posibilidad de un acuerdo de paz después del fin de la guerra en Europa, el hecho de que realizara estudios sobre América Latina indica que sus verdaderos objetivos secretos eran mucho más amplios. En realidad, La Investigación fue, entre otras cosas, el primer paso en el estudio sistemático de los recursos naturales de América Latina para su futura explotación por los magnates petroleros y los banqueros de Wall Street, un papel que luego asumió el Consejo de Relaciones Exteriores.

     En noviembre de 1918, poco antes de firmarse el armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial, el coronel House viajó a París acompañado de los banqueros Paul Warburg y Bernard Baruch, así como de un grupo selecto de miembros de La Investigación y 20 oficiales de inteligencia militar. Un mes más tarde, el propio Wilson viajó a París acompa-ñado de 20 académicos-espías de La Investigación.

     Tan pronto como se acomodaron en el hotel Crillon, los académicos comenzaron sus actividades de espionaje. La información que obtuvieron sirvió para la creación de los 14 puntos de Wilson, cuya adopción el propio Wilson propuso en la Conferencia de Versalles.

     La recién creada agencia de inteligencia había servido tan bien a los magnates petroleros y los banqueros internacionales que decidieron hacerla permanente. Unos días después del fin de la Conferencia, un grupo formado por conspiradores norteamericanos e ingleses se reunió en el hotel Majestic, donde se alojaba la delegación británica a la Conferencia, a fin de discutir la continuación de su exitoso experimento de espionaje. Finalmente, acordaron

crear una agencia de inteligencia permanente, al servicio de los banqueros internacionales, con ramas en Londres y New York. Tal como acostumbran, a fin ocultar sus actividades rea-les de inteligencia y espionaje la bautizaron con el inocuo nombre de Instituto Angloameri-cano de Asuntos Internacionales (Anglo-American Institute of International Affairs).

     Sin embargo, unos meses más tarde, la rama norteamericana decidió independizarse, y tomó el nombre de Consejo de Relaciones Exteriores (Council on Foreign Relations, CFR) y la británica adoptó el de Royal Institute of International Affairs, (RIIA), luego conocida como Chatham House. Con pocas excepciones, la mayor parte de los miembros de La Investiga-ción pasaron a ser miembros del CFR. Prominentes entre éstos fueron el propio Coronel House, Elihu Root, Herbert H. Lehman, W. Averell Harriman, y John Foster Dulles.

2. El CFR: El Gobierno Invisible de los EE.UU.

     A través de los años, el ciudadano común norteamericano ha tenido la sospecha difusa de que tiene que haber una razón oculta por la cual la mayor parte de las veces su gobierno termina ayudando a los enemigos de su país y traicionando a sus amigos. Tan sólo un pequeño grupo de estudiosos ha analizado seriamente la causa de ese fenómeno. Quienes lo han hecho, han llegado a la conclusión de que el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica ha sido penetrado y ha caído bajo el control de un grupo de individuos millonarios, poderosos y poco escrupulosos, los cuales lo han estado usando para promover

y preservar sus intereses particulares. Este grupo ha sido designado con nombres diferentes: la Élite del Poder, el Gobierno Invisible, la Gran Conspiración, el Grupo Secreto, etc. Yo los llamo los Conspiradores.

     Como los guerreros ninja, el arma más poderosa que han empleado estos conspiradores que controlan el gobierno invisible de los Estados Unidos ha sido precisamente su invisibili-dad. Hasta hace relativamente poco, este grupo selecto, que ha logrado un control casi total de las tres ramas del gobierno norteamericano (incluyendo la CIA y los otros servicios de inteligencia), de los medios masivos de comunicación, del sistema educacional, y que ahora extiende sus tentáculos para penetrar las fuerzas armadas, ha sido casi desconocido por el pueblo norteamericano. Pero no debemos culpar al pueblo. La principal organización en la que se agrupan estos conspiradores rara vez se menciona en los medios masivos de comu-nicación, y prácticamente no aparece en los libros de texto.

     El Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) es la cabeza visible de lo que algunos autores llaman el “gobierno invisible” de los EE.UU. El CFR se describe a sí mismo como una organi-zación no partidista (en la jerga de los conspiradores “no partidista” en realidad significa “controlado por el CFR”) cuyo único objetivo es promover los intercambios internacionales para alcanzar un mejor entendimiento entre los países. Pero esta descripción no pasa de ser lo que en inteligencia y espionaje se llama una “historia de cubierta”. En realidad el CFR es una agencia de inteligencia y espionaje, y funciona como tal.

     En su estudio elogioso sobre La Investigación, el agente del CFR Peter Grose expuso accidentalmente el verdadero carácter y los objetivo del CFR. Al igual que La Investigación, el Consejo de Relaciones Exteriores es una agencia de inteligencia al servicio de la plutocra-cia norteamericana de los banqueros de Wall Street, los magnates del petróleo y los altos ejecutivos de las corporaciones transnacionales.

     Al igual que todas las agencias de inteligencia, el Consejo de Relaciones Exteriores es una sociedad semi secreta; a pesar de que no es un secreto dónde se encuentra su sede y quiénes son sus directores, nadie sabe realmente cuáles son sus actividades secretas, y mucho menos sus objetivos reales. Al igual que todas las agencias de inteligencia, el CFR tiene miembros reconocidos y miembros secretos. Al igual que todas las agencias de inte-ligencia, el CFR tiene un área especializada en la recopilación de información y su análisis y evaluación para convertirla en inteligencia. Pero, a diferencia de las agencias de inteligen-cia convencionales, los analistas de inteligencia de este departamento no trabajan directa-mente en la sede del CFR, sino que viven una vida parasitaria diseminados entre el gobierno y otras instituciones privadas como el Consejo de Seguridad Nacional, los departamentos de Estado y de Defensa, el Pentágono, la prensa, las universidades, y en las llamadas fundaciones sin fines de lucro (non-profit foundations).

     Al igual que todas las agencias de inteligencia, el CFR tiene una rama especializada en guerra psicológica, subversión, insurgencia y operaciones paramilitares, funciones que, hasta hace muy poco, habían sido en su mayoría llevadas a cabo por la rama de operaciones encubiertas de la CIA. En la actualidad, sin embargo, después de que los conspiradores han tomado más control sobre la mayoría de las áreas clave del gobierno de los EE.UU., inclu-yendo un gran segmento de la alta oficialidad militar, ya no necesitan de la CIA, y han trans-ferido muchas de estas funciones directamente a las fuerzas armadas de los EE.UU.

     Al igual que todas las agencias de inteligencia, el trabajo principal de algunos miembros del CFR es reclutar espías y agentes de influencia, como un medio de infiltrarse en otras organizaciones que quieren controlar, en los EE.UU. y en el extranjero. En el caso de gente joven ambiciosa e inteligente, pero moral y éticamente deficiente, una vez que son detec-tados por los localizadores de talento del CFR y, después de un análisis inicial, se decide seguir adelante con su reclutamiento, el primer paso es por lo general concederle una beca Rhodes. Si logran pasar con éxito esta primera prueba, se les ofrece una beca para estudiar en la London School of Economics.

     Según sea necesario, los analistas de inteligencia del CFR son los encargados de produ-cir sus propios Estimados Nacionales de Inteligencia (National Intelligence Estimates, NIE), pero eso es exactamente lo que no son, por el hecho de que han sido producidos desde el punto de vista de los intereses de los conspiradores, que difieren mucho de los Estimados Nacionales de Inteligencia producidos oficialmente por la CIA, que han sido hechos desde el punto de vista de los intereses de los EE.UU. Esto explica el por qué los NIE y otros tipos de alertas de inteligencia producidos por la CIA son ignorados (como veremos más abajo esto fue lo que ocurrió durante el Bogotazo) o son forzados a cambiarlos acorde a las necesida-des políticas y propagandísticas de los conspiradores del CFR.

     Típico de este tipo de estimado de inteligencia producido por agentes secretos del CFR es el artículo de George Kennan publicado en 1947 en Foreign Affairs, el órgano oficial del CFR, bajo el pseudónimo de “X”, en el que exponía su teoría de la “contención”; en realidad una teoría creada por los conspiradores del CFR. Según Kennan, el papel de los EE.UU. en la Guerra Fría que se avecinaba debía limitarse a contener la expansión del comunismo soviético, no a luchar para eliminarlo. Poco después, el presidente Truman hizo de la con-tención la parte central de “su” Doctrina Truman.

      Por supuesto, muchos altos oficiales de las fuerzas armadas norteamericanas que con-sideraban que su misión no era contener al enemigo, sino derrotarlo, no estuvieron de acuerdo con la doctrina de la contención. Algunos de ellos, como los generales Curtis LeMay y Douglas MacArthur fueron difamados y sus carreras destruidas. Otros, como el general George Patton, fueron preventivamente asesinados.

     Otro ejemplo de documento secreto creado por los conspiradores del CFR es el triste-mente célebre NSC 200 (National Security Study Memorandum 200), atribuido a Henry Kissinger. Mantenido secreto por muchos años, el NSC 200 delineaba una política genocida de eliminación de la población en el continente africano, para facilitar que las corporaciones

transnacionales saquearan sus recursos naturales y los africanos no pudiesen explotarlos y disfrutarlos. Nada ejemplifica mejor la implementación del NSC 200 que la invasión castrista de Angola en el otoño de 1975. En teoría, Castro ordenó la invasión de Angola para ayudar al líder nacionalista Agostinho Neto y evitar que las fuerzas apoyadas por el imperialismo se adueñaran del país. Pero, ¿cuál fue el resultado de la victoria de Castro en Angola?

     Pocos meses después de que las tropas de Castro tomaron el control del país, Angola se convirtió en uno de los mayores socios comerciales de los Estados Unidos en África. Los bancos de Wall Street como el Chase Manhattan Bank, Bankers Trust, Citibank y Morgan Guaranty, dieron grandes préstamos a Angola. Los negocios de la General Motors, General Tire, Caterpillar, Boeing, IBM, NCR, Pfizer, Xerox y otras empresas estadounidenses, florecieron en el país. El 95 por ciento del petróleo de Angola se exportaba a los países occidentales. Los soldados de Castro protegían las refinerías en Cabinda de los posibles ataques de “saboteadores” y Castro era pagado en dólares por sus servicios. La mitad de la producción del petróleo del Golfo en Angola terminaba en las refinerías de los EE.UU. El consorcio De Beers controlaba las minas de diamantes. Ese fue el resultado directo de la política “antiimperialista” y “anticolonialista” castrista en Angola.

     Más recientemente, el CFR produjo otro interesante estimado de inteligencia acerca de Irán. El estudio apareció publicado en el número de enero- febrero del 2012 de Foreign Affairs, en forma de un artículo de Matthew Kroenig con el título “Es hora de atacar a Irán. ¿Por qué un ataque es la opción menos mala?”. Por supuesto, Kroenig no explica que atacar Irán tal vez sea la mejor opción para los conspiradores del CFR, pero posiblemente la peor opción para el pueblo norteamericano.

     El Consejo de Relaciones Exteriores se ha convertido en la práctica en los EE.UU. en lo más parecido a un partido comuno fascista en el poder. Al igual que el Partido Comunista de la Unión Soviética, el Partido Nazi en Alemania, o el Partido “Comunista” en la Cuba de Castro, los miembros del CFR tienen reuniones secretas donde discuten la política del país y, a continuación, sus miembros infiltrados en el gobierno ejercen presión sobre los funcio-narios para garantizar que estas políticas se lleven a cabo. Al igual que los miembros de un partido comunista o fascista en el poder, los miembros del CFR mantienen un estricta disci-plina de partido: una vez que una política ha sido aprobada en sus concilios secretos, se convierte en la línea del Partido y la apoyan con toda su fuerza. Al igual que los miembros de un partido comunista o fascista, los miembros del CFR actúan en bloque, y la disidencia interna en asuntos clave no es permitida.

     Aunque aparentemente el CFR no pasa de ser otro club más, compuesto de miembros adinerados de la costa este de los EE.UU., especialmente banqueros de Wall Street, el CFR es en realidad una organización muy secreta. Desde su creación, sus actividades han sido privadas y confidenciales. Es política del CFR no publicar las actas de sus reuniones. De mo-do que, si usted no sabe qué es el Consejo de Relaciones Exteriores, quiénes son sus miem-bros, cuál es el papel que ha tenido el CFR en la política exterior e interna de los EE.UU. y gran parte del mundo, o cuál es su objetivo secreto, usted no es una excepción, porque la mayoría de los propios estadounidenses lo ignoran. Y esta ignorancia no es por error, sino por designio, lo que explica por qué el CFR no se menciona en los libros de historia de los EE.UU. y apenas se menciona en la prensa, a pesar de que muchos editores de los periódi-cos, revistas y canales de televisión más importantes de los EE.UU. son miembros del CFR.

     Estos miembros del CFR ejercen un control casi total sobre los medios principales de difusión de los EE.UU. (en realidad son dueños de la mayor parte de estos) y utilizan su poder para evitar que el CFR se convierta en el centro de atención de las masas. Prueba de esto es que en Baden-Baden, Alemania, en 1991, durante uno de los cónclaves secretos de los Bilderberg, una organización globalista internacional estrechamente ligada al CFR, David Rockefeller, Director del CFR de 1970 al 1985, agradeció efusivamente a los miem-bros de la prensa por mantener en secreto la existencia de su organización.

Agradecemos al Washington Post, New York Times, Time Magazine y otras excelentes publicaciones cuyos directores han asistido a nuestra reuniones y han respetado nuestra discreción por casi cuarenta años. Hubiera sido imposible que pudiéramos haber llevado adelante nuestros planes para el mundo durante esos años si la luz de la publicidad los hubiese puesto al descubierto.

Pero ahora el mundo es mucho más sofisticado y está preparado para marchar hacia un gobierno mundial. La soberanía supranacional de una élite intelectual de banqueros mundia-les es mucho más preferible que la autodeterminación nacional de los últimos siglos.

     Pero hoy día, fundamentalmente gracias a la Internet que ha actuado como una luz ultra-violeta para revelar las bacteria nocivas, esta organización está perdiendo sus poderes de invisibilidad, y más y más personas han descubierto quiénes son, cómo operan, cuáles son sus planes y sus objetivos secretos y qué otras organizaciones que controlan directa o indirectamente.

     Me refiero al Consejo de Relaciones Exteriores (Council on Foreign Relations, CFR), así como a sus organizaciones parásitas, tales como el Grupo Bilderberg, la Comisión Trilate-ral, el Foro Económico Mundial, la Organización de Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y otras similares. Y hay sobradas razones para preocuparse, porque los planes de los conspiradores consisten en eliminar no menos del 85 por ciento de la población actual del planeta y reducir los sobrevivientes a niveles de consumo preindus-triales, en un gobierno global bajo su control total: lo que los conspiradores del CFR eufe-místicamente llaman el Nuevo Orden Mundial.

     Generalmente, cuando sus apologistas mencionan el llamado “Nuevo Orden Mundial”, lo endulzan con los calificativos, “más justo”, “más humano”, “más equitativo”, y otros por el estilo. Sin embargo, como veremos más adelante en este libro, si algo realmente caracteriza el nuevo orden mundial que los conspiradores piensan implantar es que es más injusto, más inhumano, y menos equitativo para las masas; una especie de maquiladora global.

     El CFR publica la influyente revista Foreign Affairs. Si la mayoría de las predicciones que aparecen en sus páginas poco después se convierten en realidad, no es porque hayan contratado a los más calificados analistas políticos o los mejores videntes con sus bolas de cristal, sino porque, debido a su control del gobierno de los EE.UU. y de la opinión pública, fuerzan al gobierno y al pueblo norteamericano a que acepten sus planes traicioneros.

     El CFR controla completamente tanto el partido Demócrata como el Republicano y, con pocas excepciones, ellos son los que han puesto la mayoría de los presidentes en la Casa Blanca. Tal como señaló el profesor de la Universidad de Georgetown y mentor de Bill Clin-ton, Carroll Quigley, probablemente el investigador que en más detalle ha estudiado el CFR.

La creencia de que los dos partidos representan ideas diferentes, opuestas en políticas, es una idea tonta. Ambas partes son idénticas, y ningún cambio electoral conducirá a un verdadero cambio en la política, porque en realidad ambas partes persiguen los mismos fines.

     Como un cáncer maligno, el CFR no sólo ha ampliado su influencia mediante la creación de filiales en las principales ciudades de los EE.UU., sino que también ha hecho metástasis en varias organizaciones importantes, todas ellas creadas y financiadas principalmente con el dinero de los Rockefellers, entre ellas, la Trilateral Commission, la Foreign Policy Association, los World Affairs Councils, la Brookings Institution, y la Carnegie Endowment for International Peace, tan sólo para mencionar algunas de las más importantes.

     También tiene estrechos vínculos con organizaciones internacionales como el Grupo Bilderberg, la Organización de las Naciones Unidas, el Foro Económico Mundial y el Club de Roma. El objetivo final de estas organizaciones, expresado abiertamente por sus dirigentes, no es otro que la creación de un Nuevo Orden Mundial comunofascista controlado por las corporaciones transnacionales en las manos de los Rockefellers y sus compinches de Wall Street. Lamentablemente, en los últimos años los conspiradores han logrado establecer sucursales del CFR en varios países de América Latina.

     Algunos analistas políticos han señalado que en los últimos tiempos el CFR se ha conver-tido en un departamento del gobierno de los EE.UU. Pero están equivocados. En realidad el gobierno de los EE.UU. es el que se ha convertido en una dependencia del CFR. La forma en que los agentes del CFR han logrado obtener un control virtual sobre el gobierno de EE.UU. ha sido infiltrándose en éste; una estrategia usada por los fabianos ingleses y por los ser-vicios de inteligencia de todo el mundo. En la actualidad la mayoría de los altos funcionarios del Departamento de Estado, la CIA y las fuerzas armadas, así como muchos de los altos directivos, consejeros y miembros del gabinete presidencial, jueces de la Corte Suprema y miembros del Congreso de los EE.UU., son miembros del CFR.

    Los conspiradores del CFR también han logrado infiltrarse con éxito en la mayoría de las universidades norteamericanas. La principal herramienta para el control utilizada por los conspiradores es el dinero, que generosamente distribuyen a través de la gran cantidad de fundaciones sin fines de lucro que controlan. Las principales de éstas son la fundaciones Carnegie, Ford, MacArthur, Mellon y Rockefeller, así como una constelación de fundaciones menores que reciben la mayor parte de sus fondos a través de las ya mencionadas. Estas fundaciones menores son utilizados como intermediarios para ocultar la verdadera fuente del dinero.

     Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, los agentes del CFR infiltrados en el gobierno de los EE.UU. han mantenido un control total sobre el Departamento de Estado norteamericano. La mayoría de los secretarios de Estado, tanto durante los gobiernos demócratas y republicanos, han sido miembros del CFR. También controlan el Banco de la Reserva Federal que, contrariamente a la creencia común, no es una dependencia del gobierno de los EE.UU., sino una corporación privada. En el caso de la Agencia Central de Inteligencia, nunca tuvieron que infiltrarla, ya que, como explicaré en detalle más adelante, desde su creación, la CIA siempre ha estado totalmente bajo su control. Prueba de esto es que, cuando el presidente Truman disolvió la OSS al finalizar la Segunda Guerra Mundial y se negó a crear una Agencia Central de Inteligencia, el miembro del CFR Allen Dulles independientemente creó en secreto una organización de espionaje e inteligencia privada. Esta agencia operó por algún tiempo desde una oficina secreta en la mansión Harold Pratt en Manhattan, sede del CFR.

     Finalmente el presidente Truman cedió a la presión de los conspiradores y creó la CIA. Unos años más tarde, ¿quién fue nombrado Director de la CIA? Nada menos que Allen Dulles. Después de Dulles, todos los directores de la CIA, excepto los más recientes, han sido miembros del CFR.

     Inicialmente, las fortunas de la mayoría de los principales conspiradores;  apropiadamen-te llamados los “barones ladrones” (robber barons: Rockefeller, Carnegie, Morgan, Vander-bilt, y otros.) provenían de la industria del acero, los ferrocarriles y el petróleo. Pero el petróleo es un producto difícil de encontrar y costoso de explotar, y la construcción de ferrocarriles y la producción de acero también son difíciles y llevan tiempo. De modo que, a finales del siglo XIX, los barones ladrones descubrieron un nuevo producto mucho mejor y más lucrativo para acrecentar aún más sus fortunas: la venta de aire en forma de dinero fiduciario no respaldado por metales preciosos. Esto explica el por qué, sin abandonar sus negocios tradicionales, comenzaron a mover sus fortunas a la banca.

     Los bancos son básicamente organizaciones criminales que roban el dinero de sus clien-tes usando una forma de estafa llamada “banqueo fraccional”, que esencialmente consiste en utilizar el dinero de otras personas para incrementar su propio dinero sin correr el riesgo de perderlo. A tal efecto los conspiradores crearon el Banco de la Reserva Federal y el Servicio de Impuestos Internos (Internal Revenue Service, IRS) para robarle al pueblo esta-dounidense el dinero que necesitaban para sus bancos. Luego compraron a políticos venales para que aprobaran leyes que autorizaron la creación de las llamadas fundaciones caritativas sin fines de lucro, que en realidad son una forma de ocultar su dinero de los ladrones oficiales del IRS. Esto explica el por qué en los EE.UU. los más ricos proporcio-nalmente pagan menos impuestos que los pobres.

     En la actualidad, el capital financiero es la principal fuente de riqueza de los conspira-dores que controlan el CFR. Y el negocio de prestar dinero, sobre todo a los gobiernos, ha demostrado ser muy lucrativo. Pero, para hacerlo, pronto se dieron cuenta de que, al igual que los prestamistas usureros tradicionales, necesitaban tener un brazo fuerte para casti-gar a los pocos que se atrevieran a dejar de pagar los intereses de sus préstamos.

     Inicialmente, los conspiradores utilizaron para este propósito a las fuerzas armadas de los EE.UU. Este fue, por ejemplo, el verdadero propósito por el que Teddy Roosevelt creó la “Gran Flota Blanca”, que envió a navegar alrededor el mundo mostrando la bandera de Estados Unidos (en lugar de la bandera de la calavera y los fémures de los piratas de Wall Street) a fin de amedrentar a posibles incumplidores recordándoles el poderío militar de los banqueros. Esto es lo que apropiadamente se llamó la “diplomacia de las cañoneras”.

     Por mucho tiempo la infantería de marina de los EE.UU. fue el brazo militar de los conspi-radores de Wall Street. Paradójicamente, uno de los críticos más acérrimos de los conspira-dores fue un digno oficial de la Infantería de Marina norteamericana altamente condecora-do, el Brigadier General Smedley D. Butler.

     Tal como el General Butler lo expresó sin pelos en la lengua en su libro La Guerra es un Pillaje.

En 1914 contribuí a que México, en especial Tampico, fuera terreno seguro para los intereses norteamericanos de petróleo. Contribuí a que Haití y Cuba fueran un lugar seguro para que los muchachos del National City Bank engrosaran sus ganancias. Contribuí a que los banqueros de Wall Street saquearan media docena de repúblicas en América Central. La lista del pillaje es larga. En 1909-1912, ayudé a pacificar a Nicaragua en beneficio de los banqueros de la Brown Brothers. Lo mismo hice en la República Dominicana en 1916 para beneficio de los intereses azucareros norteamericanos.

     Desafortunadamente, debido al hecho de que los conspiradores siempre han ocultado sus actividades delictivas bajo un manto de legalidad proporcionado por el gobierno de los EE.UU., los marxistas, izquierdistas y revolucionarios de todo el mundo empezaron a culpar a los Estados Unidos y a su pueblo por las acciones criminales de la mafia de Wall Street. Este fue el verdadero origen del llamado “imperialismo norteamericano” o “imperialismo yankee”, que en realidad es el imperialismo de los magnates petroleros y los banqueros de Wall Street. Por lo tanto, no es una coincidencia que la mayoría de los principales críticos norteamericanos que señalan al “imperialismo norteamericano” como la principal fuente del mal mundial han sido directa o indirectamente financiados por la propia mafia de Wall Street a través de sus fundaciones “caritativas”.

     La mayor parte de los oficiales de la Oficina de Servicios Especiales (Office of Special Services, OSS), la agencia de inteligencia norteamericana durante la Segunda Guerra Mundial, eran abogados y banqueros de Wall Street o sus hijos. Sin embargo, existe abun-dante evidencia que prueba que los banqueros de Wall Street tuvieron un papel cardinal en ayudar a que Hitler tomara el poder en Alemania, y más tarde hicieron negocios con la Alemania nazi antes y durante la guerra. Por lo tanto, tiene sentido pensar que muchos de los que se unieron a la OSS no lo hicieron por patriotismo o altruismo, para luchar contra los nazis, rescatar a los judíos o proteger los intereses del pueblo estadounidense, sino para proteger sus propios intereses mezquinos.

     En realidad, uno de los objetivos principales de la misión secreta de la OSS durante la Segunda Guerra Mundial fue ayudar a que los mayores criminales de guerra nazis, en especial los oficiales de las SS, escaparan a la justicia y pudiesen esconder el oro que habían robado. Otro objetivo importante era proteger empresas alemanas como la I.G. Farben, que había estado colaborando estrechamente con los nazis mientras estaba asociada con varios bancos de Wall Street.

     Tal como lo fue la OSS, la CIA ha sido durante muchos años el brazo fuerte oculto de la mafia de Wall Street. Los banqueros la han utilizado para imponer sus deseos a las víctimas que se han negado a aceptar las reglas ilegales impuestas por organizaciones criminales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otras que han creado. Para llevar a cabo sus actividades delictivas, la mafia de Wall Street comúnmente se vale de la extorsión, las amenazas, los asesinatos, las agresiones económicas y la agresión física directa de todo tipo, incluyendo la guerra convencional y la guerra psicológica mediante operaciones encubiertas.

     Actuando en nombre de los conspiradores, algunos miembros del CFR han cometido ge-nocidio y asesinatos masivos, llevado a cabo guerras sin provocación, realizado operacio-nes de guerra psicológica contra los pueblos de América Latina y otras partes del mundo, y derrocado líderes legítimos de muchos países por medio de golpes de estado y asesinatos, entre ellos algunos presidentes de los EE.UU. Aún más, sistemáticamente los conspiradores han cometido fraude y robo de dinero, propiedad y recursos naturales del pueblo estadouni-dense y los pueblos del mundo.

     Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el número de miembros del Consejo de Relaciones Exteriores en puestos clave del gobierno norteamericano ha ido en aumento. El Consejo ha logrado infiltrar sus agentes en el gobierno hasta convertirlo prácticamente en su dependencia. En los últimos 50 años, casi todos los Presidentes, así como los Secretarios de Estado, jueces de la Corte Suprema y Directores de la CIA, han sido miembros del CFR. El número de altos oficiales de las Fuerzas Armadas miembros del CFR va en aumento. La gente más influyente en los medios masivos de comunicación son miembros del CFR. Las fundaciones controladas por el CFR financian casi todos los grupos izquierdistas, procastristas y antinorteamericanos en los EE.UU, y muchos en el extranjero.

3. La destrucción de Rusia y la creación de la Unión Soviética

     La Unión Soviética fue creada artificialmente por un grupo de magnates petroleros y banqueros internacionales. Su propósito era poner a Rusia en un congelador económico y político (lo cual lograron por casi 60 años) y evitar que el Zar Nicolás II materializara sus intenciones de convertir el país en uno de los principales productores de petróleo compi-tiendo en los mercados mundiales. Pero al parecer el Zar no sabía que los monopolistas petroleros detestan la competencia.

     Después del asesinato de Alejandro II en 1881, su hijo, Alejandro III, fue coronado Zar de Rusia y su nieto Nicolás pasó a ser el heredero principal al trono. Pocos años después, Alejandro III comenzó un ambicioso programa de industrialización del país, que incluía la construcción de una moderna red ferroviaria que lo unificaría. El resultado de este esfuerzo fue la creación del ferrocarril transiberiano, que transformaría la economía de Rusia y convertiría el país en una moderna sociedad industrial.

     Después de la inesperada muerte de Alejandro III, su hijo Nicolás fue coronado y se propuso continuar la política económica de su padre. Alejandro encomendó al Conde Sergio Witte, ministro de finanzas de Rusia, la continuación del proyecto ferroviario. Pocos años después, gracias a los esfuerzos de Witte, Rusia había pasado de ser tan sólo el mayor proveedor de trigo a las casas comerciales británicas a convertirse en una pujante potencia

industrial. Como era de esperarse, el gobierno británico se opuso enérgicamente a estos cambios en Rusia. Pero los esfuerzos de Witte terminaron súbitamente en 1905 cuando el Zar Nicolás II fue depuesto como resultado de la “revolución” Rusa.

     El mayor problema que los conspiradores confrontaban con Rusia no eran los esfuerzos de los zares por convertirla en una nación industrializada, sino los grandes yacimientos de petróleo que recientemente habían sido descubiertos en Bakú, Azerbaiyán, cerca del Mar Caspio. En esos momentos se consideró que las reservas de los campos petroleros de Bakú eran unas de las mayores del mundo. A comienzos de los años 1880, la producción rusa de petróleo crudo había alcanzado 10.8 millones de barriles al año, casi un tercio de la produc-ción de los Estados Unidos, y continuaba en aumento.

     Como era de esperarse, John D. Rockefeller y sus socios criminales estaban muy alarmados ante el intento de los rusos de controlar el suministro mundial de petróleo. Por consiguiente, comenzaron a conspirar activamente en crear un plan para sabotear los esfuerzos de los rusos. Finalmente, llegaron a la conclusión de que lo único que les permitiría lograr su objetivo era deponer al Zar Nicolás II, y que la única forma de deponerlo

era por medio de una “revolución”.

     La mayoría de los libros de historia, muchos de ellos escritos por desinformadores poco escrupulosos al servicio del CFR, describen la revolución rusa como el resultado de un le-vantamiento espontáneo de las masas trabajadoras rusas en contra de un gobierno opresor. Según esta versión, la desastrosa participación de Rusia en la Primera Guerra Mundial, que costó la vida a cuatro millones de hombres, causó un descontento generalizado.

     Una creciente crisis económica y escaseces de alimentos contribuyeron a que se acre-centaran los problemas. Manifestaciones callejeras de gente pidiendo al gobierno que les diera comida estallaron en varias ciudades. Esta caótica situación creó las condiciones para la revuelta popular que eventualmente condujo al derrocamiento del gobierno de los Zares y transformó Rusia en la Unión Soviética, una nueva sociedad igualitaria basada en los principios anticapitalistas del marxismo.

     Pero esta visión dista mucho de ser cierta. Gracias a los esfuerzos de estudiosos como Antony Sutton, G. Edward Griffin, y otros, hoy sabemos que la “revolución” rusa fue en reali-dad una operación encubierta planeada y llevada a cabo por banqueros internacionales y magnates petroleros, no muy diferente de las recientes “revoluciones espontáneas” de la llamada Primavera Árabe en Egipto, Libia, Sudán, Siria y otros países del Medio Oriente. Sin la considerable infusión de dinero proveniente de algunos de los más notables millonarios de la época, la “revolución” rusa nunca hubiese triunfado.

     Aunque inicialmente el Zar Nicolás II era partidario de las ideas autocráticas de su padre, con el pasar del tiempo había cambiado de opinión, e iniciado una serie de reformas encami-nadas a transformar a Rusia de un reino feudal en una sociedad moderna industrializada. Estas medidas incluyeron la emancipación de los siervos, la creación de una Duma, o Asam-blea Nacional, y comunas rurales. Estas reformas habrían alentado al pueblo ruso a pensar en la posibilidad de un cambio hacia un gobierno benigno en el que el pueblo participaría democráticamente.

     Pero algunos poderosos magnates petroleros y banqueros influyentes de Wall Street no estaban complacidos con los cambios en Rusia, y concibieron otros planes para el país. Para llevarlos a cabo, John D. Rockefeller, en complicidad con los banqueros Andrew Mellon, J.P. Morgan y el magnate del acero Andrew Carnegie, así como otros de los llamados “barones ladrones”, aunaron sus recursos, reunieron unos 50 millones de dólares (en ese tiempo una enorme suma de dinero) y, con el pretexto de estimular el comercio mundial, crearon la Corporación Internacional Americana (American International Corpora-tion, AIC), un poderoso cartel monopolístico. Sin embargo, lo cierto es que el objetivo principal de la AIC era proveer los fondos necesarios para que un pequeño grupo de revolucionarios profesionales, los Bolcheviques, derrocaran el gobierno del Zar Nicolás II.

     Entre 1907 y 1910, los banqueros conspiradores se reunieron en varias ocasiones con León Trotsky, un extremista ruso exiliado en New York, y con Vladimir Ilich Lenin, otro extre-mista que vivía en el exilio en Zurich. Finalmente, los archi capitalistas llegaron a un acuerdo con los archi anticapitalistas a cambio de que los banqueros les proveyeran los fondos necesarios para llevar a cabo su “revolución.” Como pago, los archi capitalistas de Wall Street se reservaron el derecho de diseñar el sistema económico del país que luego se convertiría en la Unión Soviética; en teoría el país más anticapitalista del mundo.

     Con la ayuda de los banqueros, Lenin regresó a Rusia en un tren especial con una gran cantidad de oro. Poco después Trotsky, bajo la protección del Presidente Wilson y de su titiritero el “Coronel” House, partió desde New York hacia Rusia en un buque con más oro. Ese oro de los banqueros fue lo que hizo posible que ambos “revolucionarios” llevaran a cabo su “revolución.”

     Pero, desde el comienzo, algunas personas bien informadas sabían perfectamente que la “revolución” rusa no era sino una treta más de los magnates petroleros y los banqueros internacionales. En un discurso que pronunció en la Cámara de los Comunes el 5 de noviembre de 1919, el estadista inglés Winston Churchill expuso la conspiración en pocas, pero certeras palabras:

Lenin fue enviado a Rusia . . . como si hubiesen enviado un frasco conteniendo un cultivo de tifus o de cólera para vaciarlo en el suministro de agua de una ciudad grande, y actuó con una eficacia increíble.

Poco después de que Lenin arribó, comenzó a contactar a personas influyentes en sus mansiones en New York, Glasgow, Berna, y en otros países, y de esa forma reunió estos espíritus influyentes en una secta formidable; la más formidable del mundo . . . Con esos espíritus a su alrededor, [Lenin] se puso a trabajar con una habilidad demoníaca para destruir cada una de las instituciones de las que dependía el Estado Ruso.

     Como veremos más abajo en este libro, la historia se repitió al dedillo cuando los conspiradores le brindaron su apoyo secreto a Fidel Castro para que tomara el poder en Cuba y destruyera el país con su “revolución” y, más recientemente, en las supuestas “revoluciones” democráticas en Egipto, Libia y Sudán, y las que se traman para tomar el poder en Siria e Irán.

     No obstante, lo que Churchill no mencionó en su discurso fue que quienes habían disemi-nado la plaga comunista en Rusia eran un grupo de banqueros ingleses, europeos y nortea-mericanos, entre ellos los Rothschilds, Sir George Buchanan y Lord Alfred Milner (miembros del grupo inicial de conspiradores que creó el CFR), los Warburgs, los Rockefellers, Andrew Mellon y J.P. Morgan.

     Con esta pequeña inversión monetaria, los conspiradores habían creado un pseudo ene-migo en gran medida bajo su control. Poco después la Unión Soviética, con el apoyo secreto de los conspiradores, se convirtió en el enemigo principal de los Estados Unidos y otros países occidentales. El resto es historia.

     Pero al parecer los conspiradores no previeron que el comunismo y la economía marxista son tan ineficientes que, desde el primer momento, el monstruo que habían creado no podía proveer ni siquiera para su propia subsistencia. De modo que, aunque aparentemente luchaban para erradicarlo, tras bastidores hacían todo lo posible para mantenerlo vivo y amenazante.

     En su masivo estudio académico Western Technology and Soviet Economic Development, después en su National Suicide: Military Aid to the Soviet Union, y finalmente en The Best Enemy Money Can Buy, el profesor Antony Sutton documentó en detalle como la Unión Soviética fue mantenida artificialmente activa, particularmente en el campo militar, gracias

a una masiva ayuda económica y tecnológica, mayormente proveniente de los EE.UU. Y esta transferencia tecnológica no fue el resultado del buen trabajo de los espías soviéticos, como se ha tratado de hacer creer, sino de las actividades traicioneras de miembros del CFR en los más altos cargos del gobierno norteamericano.

     En particular, los dos éxitos más rotundos de los conspiradores fueron proporcionarle a los soviéticos la tecnología necesaria para producir, primero armas nucleares, y luego los cohetes intercontinentales para transportarlas. Según la historia oficial, fueron los espías soviéticos Ethel y Julius Rosenberg quienes en 1950 robaron los secretos nucleares necesa-rios para producir una bomba atómica y se los proporcionaron a los soviéticos. Pero esto no pasa de ser un cuento de hadas. En realidad los soviéticos no tuvieron que robar los secretos nucleares porque agentes secretos del CFR infiltrados en el gobierno norteame-ricano se los proporcionaron en 1943 a través del llamado programa de Lend Lease.

     El profesor Sutton documentó en detalle el segundo caso, la transferencia de tecnología norteamericana requerida para aumentar la precisión de los cohetes intercontinentales soviéticos. Según Sutton, sin esta tecnología los cohetes nucleares intercontinentales soviéticos nunca hubiesen logrado la precisión necesaria para dar en los blancos.

4. La creación de la Alemania nazi

     Existe una abrumadora evidencia que prueba que algunos banqueros de Wall Street tuvie-ron un importante papel en ayudar a Hitler a tomar el poder en Alemania, y luego comer-ciaron con los nazis antes y durante la guerra. Aunque el hecho no se menciona en muchas de las historias oficiales, Adolfo Hitler logró tomar el poder en Alemania gracias al apoyo financiero que le proporcionaron ciertos monopolios industriales, principalmente el cartel químico I.G. Farben. Pero la I.G. Farben logró su poderío económico debido a una fuente poco conocida: los banqueros de Wall Street.

     Según Antony Sutton, uno de los autores que más ha investigado esta relación, “Sin el capital suministrado por Wall Street, no habría habido I.G. Farben ni Adolfo Hitler ni Según-da Guerra Mundial.” La I.G. Farben fue creada en 1924 cuando el banquero norteamericano Charles Dawes, coordinó grandes préstamos de capital, por un total de 800 millones de dólares, para consolidar las empresas alemanas de químicos y acero en gigantescos mono-polios comerciales gracias a lo que se conoció como el Plan Dawes. Pero el Plan Dawes fue en realidad una creación de los banqueros de la J.P. Morgan. Otros banqueros de Wall Street que colaboraron con la Alemania Nazi fueron la firma Dillon, Read & Co., la Forbes & Co., y el National City Bank, que proporcionó las tres cuartas partes de los préstamos empleados para crear estos carteles comerciales.

     Debido a que Alemania no contaba con suficientes fuentes naturales de petróleo para la fabricación de gasolina para la guerra que se avecinaba, en 1927 la Standard Oil de los Rockefellers le proporcionó a la I.G. Farben la tecnología para producir gasolina sintética a partir de carbón mineral, un producto abundante en Alemania.

     Desde el comienzo de la guerra, la Standard Oil de los Rockefeller había sido uno de los principales suministradores, por el norte de África, de la gasolina que la maquinaria de guerra nazi tanto necesitaba. Pero, después de la invasión aliada del norte de África, la Standard Oil ya no estaba en condiciones de suministrarle a sus amigos nazis la gasolina a través de esa ruta. De modo que la Standard Oil comenzó a enviarle el petróleo a los nazis a través de España y Suiza, dos países neutrales.

     La prensa norteamericana, totalmente bajo el control de los conspiradores del CFR, mantuvo esas transacciones ocultas del pueblo norteamericano, que en ese momento hacía largas filas en las estaciones de servicio sin quejarse, porque sabían que los militares esta-dounidenses estaban necesitados de gasolina. No sabían, sin embargo, que más gasolina iba a parar a los nazis a través de España y Suiza, que a las tropas estadounidenses.

     Un memorándum del Departamento de Estado fechado en agosto de 1943, muestra que el comercio había sido autorizado entre una filial de la Standard Oil de Venezuela, la Creole Petroleum Co., y una empresa en Aruba. De ahí, el petróleo era enviado a España y terminaba en Alemania.

     Los conspiradores del CFR no sólo tuvieron un papel fundamental en llevar a los nazis al poder, sino que continuaron ayudando a la maquinaria de guerra nazi incluso después de que los EE.UU. había declarado la guerra contra Alemania. Esto ha sido documentado en detalle en libros tales como el de Charles Higham Trading with the Enemy,43 el de Antony Sutton Wall Street and the Rise of Hitler44 y, mas recientemente, por Jim Marrs en The Rise of the Fourth Reich.

     Por otra parte, los conspiradores del CFR, en su mayoría con la ayuda de sus agentes secretos William Donovan y Allen Dulles, no sólo tuvieron un papel decisivo en facilitar que muchos criminales de guerra nazis, entre ellos altos oficiales de las SS, escaparan a Suda-mérica, mayormente a la Argentina de Perón, sino también en el asesinato del General Geor-ge Patton. Al frente de su Tercer Ejército, Patton había lanzado un fulminante ataque cuyo objetivo era tomar Berlín mucho antes de que los rusos lo hicieran. Pero en la Conferencia de Yalta los conspiradores habían llegado a un acuerdo con Stalin de cederle el control de la Europa del este. También necesitaban más tiempo para que sus amigos nazis pudieran es-capar a América del Sur. Por consiguiente, los agentes del CFR Franklin Roosevelt, George Marshall y Dwight Eisenhower le cortaron el suministro de combustible y municiones al Tercer Ejército.

     Como resultado, más de las tres cuartas partes de la bajas de las fuerzas aliadas en la Segunda Guerra Mundial ocurrieron después de esta traición. Al finalizar la guerra Patton comentó que iba a mover sus influencias para que se llevara a cabo una investigación, y esto condujo a que los conspiradores del CFR ordenaran su asesinato. El asesino fue un oficial de la OSS.

     Pero el asesinato del general Patton, la ayuda a los líderes nazis para que escaparan de la justicia, y la ayuda a Stalin para que tomara el control de Europa del Este, no fueron las úni-cas acciones criminales llevadas a cabo por Donovan y sus secuaces de la OSS. Mediante operaciones especiales secretas, tales como la Operación Presilla de papel (Operation Paperclip), los conspiradores trajeron científicos nazis para trabajar en los Estados Unidos, así como reclutaron al general de la Wehrmacht Reinhard Gehlen y a muchos de sus matones de las SS para que trabajaran para la recién creada CIA.

     La OSS fue también la herramienta que los conspiradores utilizaron para probar las técnicas de guerra psicológica que habían desarrollado y que usarían más tarde para llevar a cabo operaciones de guerra psicológica contra el pueblo estadounidense y otros pueblos del mundo.

5. La Oficina de Servicios Estratégicos (OSS)

     La mayoría de los libros que tratan sobre la historia de los servicios de inteligencia de los EE.UU. repiten una y otra vez que la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) fue la primera agencia central de inteligencia de ese país. Este es el caso, por ejemplo, del libro Documen-tos de Christy Macy y Susan Kaplan, el cual se anuncia en la portada como “una colección impresionante de memorandos, cartas y télex de los archivos secretos de la comunidad de inteligencia estadounidense”. Según estos autores, “La CIA es el descendiente directo de la Oficina de Servicios Estratégicos.”  Otro autor, Jeffrey T. Richelson, repite la misma pieza de desinformación en su Un siglo de espías: la inteligencia en el siglo XX. Según Richelson.

En 1941 el presidente Franklin Roosevelt estableció la primera agencia central de inteligencia de los Estados Unidos, la Oficina de Coordinación de Información. El hombre elegido para dirigir la nueva oficina, que se convirtió en la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) en junio de 1942, fue William J. Donovan.

     No obstante, a pesar de su nombre intencionalmente engañoso, la Oficina de Coor-dinación de Información (Office of Coordination of Information, COI), no era una agencia de inteligencia en el sentido estricto de la palabra. Su verdadera función no era la recolección y análisis de información para producir inteligencia, sino la ejecución de operaciones militares encubiertas. Esta fue la primera incursión de los conspiradores del CFR en el terre-no del espionaje, sabotaje, propaganda negra, guerra de guerrillas, y otras actividades sub-versivas que hasta ese momento habían sido consideradas contrarias a la idiosincrasia norteamericanas.

     Una parte importante de las actividades de la COI estaban dedicadas a la guerra psico-lógica. A fines de 1946, la COI ya había creado directivas detalladas para actividades de guerra psicológica en la postguerra. A mediados de 1947, se creó un subcomité formado por miembros del Departamento de Estado, la marina y el ejército norteamericanos, para planear el uso continuo de guerra psicológica contra el nuevo enemigo artificialmente creado: la Unión Soviética.

     Una vez que creó la CIA en Julio de 1947, el presidente Truman aprobó el documento NSC-4/A, que le confería a la Oficina de Coordinación de Información, que ahora formaba parte de la CIA, la responsabilidad de planear y ejecutar las tareas de guerra psicológica encubierta. La creación de la Oficina de Coordinación de la Información, un verdadero brazo militar directamente al servicio de los conspiradores del CFR, tuvo un significado político enorme. En primer lugar, porque los EE.UU. nunca había tenido en tiempo de paz una agencia de inteligencia controlada por civiles, totalmente dedicada a operaciones militares encubiertas. En segundo lugar, porque, al estar bajo el control del poder ejecutivo, la COI constituyó una peligrosa expansión extra constitucional del poder presidencial.

     Dado el hecho de que desde comienzos del siglo XX los presidentes de EE.UU. se habían convertido en marionetas del CFR, en realidad esto significó una verdadera toma del poder en los EE.UU. por los conspiradores del CFR.

     La mayoría de los autores que atribuyen al presidente Roosevelt la creación de la OSS pasan por alto un punto muy importante: al igual que la mayoría de los presidentes de los EE.UU., Franklin D. Roosevelt era un títere puesto en la Casa Blanca y manipulado por un grupo de asesores, que en realidad eran las cuerdas con las que los titiriteros del CFR con-trolaban a su marioneta. Prominente en este grupo de asesores cercanos, que Roosevelt eufemísticamente llamó su “grupo de expertos” (“brain trust”), fueron Harry Dexter White, Harry Hopkins, George Marshall y Henry Morgenthau, Jr., todos ellos agentes secretos del CFR. Estos individuos fueron una especie de versión inicial de los asesores del Consejo Nacional de Seguridad (National Security Council) que desde 1947 rodean a los presidentes

estadounidenses con un cinturón de desinformación creada en el CFR.

     Por lo tanto, es lógico concluir que, al igual que todas las decisiones importantes tomadas por los presidentes estadounidenses desde Wilson, la creación de la OSS también fue una idea desarrollada en el CFR e implantada en el cerebro de Roosevelt por sus controladores. Por otra parte, dado el hecho de que los conspiradores ya tenían su propia agencia de inteligencia, el propio CFR, es obvio que no tenían necesidad de otra. Por consiguiente, a pesar de las afirmaciones en lo contrario, la OSS nunca fue una agencia de inteligencia de verdad, sino tan sólo el brazo militar encubierto del CFR.

     El verdadero propósito de la OSS nunca fue defender los intereses del pueblo nortea-mericano, sino los intereses de los banqueros de Wall Street, los magnates del petróleo y los propietarios de las grandes corporaciones, que habían estado haciendo un buen negocio armando la maquinaria de guerra nazi. Al contrario de lo que está escrito en la mayoría de los libros de historia, el verdadero objetivo de los conspiradores del CFR no era derrotar a sus socios nazis, sino ayudarlos a que salvaran el pellejo después del colapso catastrófico de Alemania.

     Esta tarea secreta se llevó a cabo en gran medida gracias a la OSS. Esto explica el por qué los conspiradores orquestaron el ataque a Pearl Harbor como un pretexto para mani-pular la opinión pública estadounidense para que aceptaran de buen grado el envío de sus hijos a luchar en una guerra a la que Roosevelt poco antes les había prometido que nunca serían enviados.

     Tal como mencioné anteriormente, la OSS nunca fue una agencia de inteligencia en el sentido literal de la palabra, por el simple hecho de que los conspiradores ya tenían una: el CFR. Los hechos demuestran que la OSS nunca hizo un trabajo apreciable en las áreas de colección de información, mucho menos en su análisis y evaluación para convertir esta información en inteligencia. Por el contrario, su principal actividad consistió en llevar a cabo operaciones militares encubiertas, particularmente en el área de sabotaje y guerra psicológica.

     El General William Donovan, el hombre que los magnates petroleros y los banqueros de Wall Street eligieron para que comandara la OSS, era un abogado millonario al servicio de los banqueros de Wall Street y miembro activo del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR). En 1929 había creado su propia oficina de abogados, la firma legal Donovan, Leisure, Newton and Lumbard. Su mano derecha, Allen Dulles, también era abogado de Wall Street y

miembro del CFR. Desde su oficina de la OSS en Berna, Suiza, el trabajo de Dulles no consistía en proteger los intereses del pueblo norteamericano, sino los de los banqueros de Wall Street y otros miembros del CFR. Sullivan & Cromwell, la firma de abogados de Wall Street para la que Dulles trabajaba desde 1926,58 mantenía estrechos nexos comerciales con la I.G. Farben, la firma que producía el Ziklon B, el gas letal usado para asesinar a los judíos y otras minorías en las cámaras de gas.

     La Sullivan & Cromwell también representaba a la United Fruit y otros intereses de los Rockefellers. Uno de los socios principales de esta firma era John Foster Dulles, hermano de Allen y, como él, miembro del CFR. Otros abogados de la firma eran George Kennan, Paul Nitze y James Forrestal, todos ellos miembros clave del CFR.

     La mayor parte de los oficiales de las OSS habían sido miembros de La Investigación (The Inquiry). Muchos de ellos luego tuvieron por muchos años puestos clave en la creación de la CIA, el Consejo Nacional de Seguridad y la política internacional norteamericana. Por consiguiente, hay que concluir que la mayoría de quienes se enrolaron en la OSS no lo hicieron motivados por patriotismo, para luchar contra los Nazis y proteger los intereses del pueblo norteamericano, sino para proteger sus intereses personales. En realidad, la misión principal secreta de la OSS durante la Segunda Guerra Mundial consistió en ayudar a altos oficiales Nazis a que escaparan con el oro que habían robado, así como proteger a las corporaciones alemanas asociadas con los bancos de Wall Street. Esto explica el por qué, cuando los conspiradores de Wall Street infiltrados en el gobierno norteamericano se dieron cuenta de que Hitler se había convertido en una especie de monstruo de Frankenstein, provocaron e incitaron a los japoneses para que atacaran Pearl Harbor y luego usaron el incidente como pretexto para tomar parte en la guerra.

     Tampoco es una coincidencia que el agente secreto del CFR William Donovan haya reclutado la mayor parte de los oficiales de la OSS entre los miembros de las familias ricas cuyas empresas estaban abasteciendo a los nazis. Entre los más notorios estaba Andrew Mellon, hijo del millonario Paul Mellon. Además, el jefe de la OSS en Londres, David Bruce, era el hijo de un senador millonario de los EE.UU., y estaba casado con la hermana de Paul Mellon, Aisla. Los nexos de los Mellons con los nazis eran bien conocidos. Como abogado de Wall Street, el propio Donovan tenía vínculos con la I.G. Farben, una de las principales empresas alemanas que colaboraba con los nazis.

     Dos de los hijos de J.P. Morgan, Junius y Henry, también se unieron a la OSS y tenían puestos importantes en la organización. Los Vanderbilt y los Dupont también permitieron que algunos de sus descendientes se unieran a la OSS para que mantuvieran un ojo protector sobre las empresas de su familia vinculadas a los nazis. El autor Harris Smith menciona que sólo los Rockefeller estaban ausentes de la OSS, pero Nelson ya estaba bastante ocupado en sus actividades de espionaje en América Latina como Coordinador de Asuntos Interamericanos.

     La firma de Wall Street Goldman Sachs, permitió que muchos de sus altos ejecutivos se uniera a la OSS. Y algunos de los hombres de confianza de la Standard Oil Company, ahora transformados en oficiales de inteligencia de la OSS, velaban porque los envíos de gasolina a la Alemania nazi a través de España y Suiza continuaran sin ser molestados. Por su parte, Allen Dulles mantuvo siempre oculta la estrecha relación, y hasta la propiedad compartida, entre algunas corporaciones norteamericanas y las de los nazis.

     Sin embargo, mucho menos conocido es el papel que estos individuos desempeñaron antes, durante, y después de la Segunda Guerra Mundial, en el desarrollo del fascismo internacional. Por ejemplo, después de la Conferencia de Versalles, John Foster Dulles, actuando en su capacidad de Consejero especial al Comité Dawes, contribuyó enormemen-te en la creación de préstamos del llamado Plan Dawes, que se otorgaron a Alemania después de la Primera Guerra Mundial para que se recapitalizara y remilitarizara.

     Sullivan & Cromwell, la firma para la que trabajaban John Foster y Allen Dulles, se bene-fició enormemente con esos préstamos. Muchas de las firmas alemanas que capitalizaron gracias al Plan Dawes eran clientes de Sullivan & Cromwell, y fueron clave en promover la toma del poder por Adolfo Hitler y la creación de la maquinaria militar alemana.

     Otros países europeos fascistas que se beneficiaron con las dádivas de los banqueros de Wall Street fueron la Italia de Mussolini, la España de Franco, y la Polonia de Pilsudski. Es necesario aclarar que el dinero que los banqueros de Wall Street proporcionaban a los fas-cistas europeos no salía de sus bolsillos, sino que había sido robado al pueblo norteame-ricano a través del Internal Revenue Service (IRS), la agencia de impuestos federales ilegalmente creada por el presidente Wilson siguiendo órdenes del “Coronel” House, el agente secreto de los propios banqueros de Wall Street.

     Frank Wisner, un alto oficial de la OSS que luego fue nombrado jefe de operaciones encubiertas de la CIA, era un abogado que había sido miembro de la poderosa firma de Wall Street Carter, Ledyard, Milburn. William Colby, otro oficial de la OSS que pasó a formar parte de la CIA y llegó a ser uno de sus directores, había estado asociado a la firma legal de Donovan en Wall Street. Otros miembros de la OSS que habían sido abogados de Wall Street eran William Jackson, Gordon Gray y Tracy Barnes. Todos ellos pasaron a ser oficiales de la CIA poco después de su creación en 1947.

     Gray se convirtió en uno de los expertos de la CIA en guerra psicológica y Wisner tuvo un papel cardinal en facilitar que muchos importantes criminales de guerra Nazis escaparan a la justicia. Unos de ellos, el General Nazi Reinhard Gehlen, se convirtió en el jefe de contra-inteligencia de la CIA en la lucha contra el comunismo soviético. Ambos Dulles y Wisner tra-bajaron en estrecha coordinación con la Organización Gehlen.

     Durante la Segunda Guerra Mundial, Allen Dulles había estado a cargo de la oficina de la OSS en Berna, Suiza. Bajo la cubierta de su puesto en la OSS, Dulles mantuvo estrechas relaciones con miembros clave de la élite industrial y financiera Nazi. Muchos de ellos ya eran conocidos suyos desde los días en que trabajaba para la Sullivan & Cromwell. No obstante, hay que reconocer que, a pesar de todo, la OSS hizo un excelente trabajo. El problema es que no lo hizo para beneficiar al pueblo norteamericano, sino a sus verdaderos amos, los magnates petroleros y los banqueros de Wall Street. Desafortunadamente, ese fue un vicio que heredó la CIA.

     Contrariamente al mito establecido, la OSS nunca fue una agencia de inteligencia que luchó para proteger los intereses del pueblo norteamericano. Por el contrario, la OSS fue una quinta columna que los conspiradores del CFR infiltraron en la fuerzas armadas de los EE.UU. Una de sus tareas secretas fue sabotear los esfuerzos de verdaderos patriotas como el General George Patton, que trataban de destruir la maquinaria militar Nazi a fin de

ganar la guerra lo antes posible y así salvar las vidas de los soldados norteamericanos. Pero los conspiradores del CFR tenían otros planes. Cuando se vieron forzados a luchar contra la maquinaria militar Nazi debido a que el monstruo que habían creado se tornó en su contra, su plan secreto consistió en substituirlo por otro monstruo más dócil que ya habían creado: la Rusia soviética.

     La misión principal de la OSS durante la Segunda Guerra Mundial consistió en evitar que las tropas aliadas ganaran la guerra demasiado rápidamente y capturaran a los criminales de guerra nazis antes de que la OSS hubiese creado las vías necesarias para facilitar su escape. La misión secundaria consistió en crear las condiciones favorables para que los soviéticos ocuparan gran parte de la Europa oriental. Esto explica el por qué una gran mayoría de los oficiales de la OSS eran izquierdistas o militantes comunistas.

     No obstante, el plan tropezó con varios obstáculos. A pesar de que los conspiradores del CFR controlaban algunos altos oficiales del ejército, tales como Dwight Eisenhower, George Marshall y Mathew Ridgway, la mayoría eran verdaderos patriotas que creían firmemente que su misión principal era derrotar a los nazis. Desafortunadamente estaban equivocados. Estos oficiales honestos ignoraban que el verdadero objetivo de la guerra era proteger las inversiones de los magnates petroleros y los banqueros de Wall Street en Alemania y faci-litar que los altos dirigentes nazis escaparan a la justicia.

     En ese momento, no todos los militares de alto rango de las fuerzas armadas de los EE.UU. estaban bajo el control de los conspiradores del CFR, por lo que Donovan y sus compinches en la OSS inmediatamente se ganaron varios enemigos, entre ellos el general George V. Strong, jefe de la sección G-2 (inteligencia) del Ejército. El general Strong expresó abiertamente su falta de confianza en la nueva organización de Donovan y procedió

a establecer su propio servicio de inteligencia clandestina que compitiera con la OSS. Otro enemigo, probablemente más poderoso que el general Strong, fue J. Edgar Hoover, el director del Buró Federal de Investigaciones (FBI). El FBI era la agencia gubernamental responsable del contraespionaje y Hoover, que había estado haciendo un buen trabajo, sobre todo en América Latina, tan sólo estaba protegiendo su territorio.

     Mientras que la mayoría de los militares estadounidenses arriesgaban sus vidas luchando contra lo que consideraban una guerra justa, cuyo sólo noble propósito era liberar a Europa del flagelo nazi, el ejército secreto de los conspiradores del CFR, la OSS, trabajaba en las sombras para proteger los intereses de los conspiradores en Alemania y ayudar a escapar a los líderes nazis a América del Sur con la ayuda del Vaticano y Perón. Y Donovan y sus hombres de la OSS estaban allí no sólo para proteger a los nazis, sino también para mantener bajo control a oficiales leales y garantizar que no lograran demasiado pronto lo que consideraban su misión principal en la guerra: derrotar a los nazis.

    El cierto de que algunos miembros de la OSS también fueron verdaderos patriotas norteamericanos que creía firmemente que su función principal era la lucha contra los nazis. Pero todos ellos habían sido reclutados bajo una falsa bandera y, consciente o incons-cientemente, estaban ayudando a los conspiradores pro nazis del CFR a evitar que los criminales de guerra nazis pagaran por sus crímenes.