domingo, 27 de agosto de 2017

EL BOGOTAZO LIMPIO-3ERA,PARTE-EL BOGOTAZO TEMAS 4- 5- 6



4. El papel de Perón

     En su entrevista con Alape, Castro trata de explicar algo bien difícil: el motivo por el que el pro fascista y anticomunista presidente-dictador de Argentina, Juan Domingo Perón, le suministró los fondos para viajar a Colombia y otros países.37 Según la versión de Castro,

Por aquella época existían ya las contradicciones fuertes entre Perón y los Estados Unidos. Nosotros [Castro usa el plural retórico de los reyes cuando se refiere a sí mismo] estamos pues en este movimiento que se circunscribe a los siguientes puntos: la democracia en Santo Domingo, la lucha contra Trujillo, la independencia de Puerto Rico, la devolución del

canal de Panamá, la desaparición de las colonias que subsistían en América Latina.

Eran los cuatro puntos fundamentales, y esto nos [me] llevó a establecer ciertos contactos, digamos tácticos, con los peronistas, que también estaban interesados en su lucha por algunas de estas cuestiones, porque ellos también estaban reclamando las Islas Malvinas, que eran unacolonia inglesa.

Por aquella época los peronistas realizaban actividades, enviabandelegaciones a distintos países, se reunían con estudiantes, distribuían sumaterial; de esa coincidencia entre los peronistas y nosotros [yo] surgióun acercamiento táctico con ellos.

     Algunos autores han tratado de explicar el contacto inicial entre Castro y los peronistas alegando que, por una de esas coincidencias de la vida (coincidencia no es un término científico), a mediados de marzo de 1948 se hallaban de visita en Cuba varios delegados argentinos a la Reunión de Empleo y Comercio de las Naciones Unidas, que se iba a celebrar en La Habana. Esos fueron quienes les proporcionaron a Castro los fondos necesarios para el viaje a Colombia.

     Pero las contradicciones entre Perón y los conspiradores que controlan el gobierno de los Estado Unidos no pasan de ser una entelequia producto de la imaginación de Fidel Castro o de quienes lo enviaron a Bogotá. Por el contrario, en esos momentos Perón era uno de los aliados más valiosos de los mismos intereses que reclutaron a Castro para su misión secreta en Colombia.

     Aunque Perón en esos momentos había asumido una aparente postura anti norteamericana, existe evidencia circunstancial que indica que en realidad era un aliado secreto de los banqueros de Wall Street y amigo personal de Allen Dulles. Como abogado de Wall Street, Dulles representó los negocios de muchos intereses corporativos y políticos en Argentina, en particular de los Rockefellers, antes y después de la guerra.


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     Al finalizar la guerra, los hermanos Nelson y David Rockefeller (CFR), con la ayuda de su agente Allen Dulles (CFR) y la colaboración del Vaticano y su fiel amigo Perón, facilitaron que muchos oficiales nazis escaparan a distintos países de América Latina y los EE.UU. vía Argentina. Entre estos criminales de guerra nazis estaban Adolf Eichmann, Josef Mengele, el oficial de la Gestapo Klaus Barbie (el carnicero de Lyon), y otros menos conocidos como Alfons Sassen, Friedrich Schwend, Wimm Sassen y Walter Rauff. Dulles y el jefe de la OSS, general William Donovan (CFR), tuvieron un papel importante en el reclutamiento de exoficiales nazis para trabajar con la CIA — el más notorio fue Reinhard Gehlen — y, mediante la Operación Paperclip, repatriaron en los EE.UU. a muchos científicos nazis, entre ellos Werner Von Braun.

     La operación secreta para ayudar a altos oficiales nazis a que escaparan de la justicia y se refugiaran en América del Sur fue coordinada eficientemente por Allen Dulles desde su oficina de la OSS en Berna, Suiza. Esta operación comenzó antes de terminarse la guerra y continuó por muchos meses después.

     Entre los notorios criminales de guerra pronazis que se refugiaron en Argentina estaba Ante Pavelic, jefe del movimiento fascista de Croacia durante la Segunda Guerra Mundial. Después del fin de la guerra, Pavelic reemergió en Argentina, y poco después Perón lo nombró su “asesor de seguridad.”

     Otro importante ex nazi que halló refugio en la Argentina fue el coronel de las SS Otto Skorzeny, el comando favorito de Hitler. Skorzeny ganó fama internacional con la exitosa operación que dirigió para rescatar a Mussolini. Se sabe que a fines de 1948 Skorzeny se mudó permanentemente a la Argentina, donde comenzó a trabajar directamente para Perón.

     Un personaje importante en la cooperación Perón-Vaticano para repatriar criminales de guerra nazis a América fue Licio Gelli, un financiero fascista italiano que desde muy temprano mantuvo estrechas relaciones con la CIA. Este es el mismo Gelli que en los 70, siguiendo órdenes de la CIA, organizó y facilitó los fondos para la creación de las Brigadas Rojas. Ese fue el mismo grupo terrorista que luego, siguiendo órdenes del agente del CFR Henry Kissinger, asesinó al primer ministro italiano Aldo Moro. En 1947 Gelli tuvo que huir de Italia para escapar de la justicia. Como es de esperarse, viajó a la Argentina, donde su amigo Perón lo recibió con los brazos abiertos.

     Pero esto no es lo único que prueba que el antiamericanismo de Perón es un mito. En 1945, la delegación norteamericana a la Conferencia de San Francisco, donde se discutía la creación de la Organización de Naciones Unidas (ONU), incluía 47 miembros del CFR, entre ellos Adlai Stevenson, John Foster Dulles, Nelson Rockefeller, Edward Stettinius, Cordell Hull y Alger Hiss. La carta de creación de la ONU que aprobaron los delegados había sido escrita en su totalidad en la Harold Pratt House.

     Uno de los aspectos problemáticos durante las sesiones de la Conferencia fue la presión ejercida por la delegación norteamericana para que se incluyera a la Argentina entre los países miembros de la futura Organización de Naciones Unidas. Finalmente, debido a la fuerte oposición de la Unión Soviética y de algunos países latinoamericanos, que mencionaron la colaboración del gobierno de Perón con la Alemania nazi, Argentina no formó parte del grupo inicial de naciones miembros. Sin embargo, el próximo año, John D. Rockefeller, Jr. (CFR), donó una parcela de tierra en Manhattan, valorada en $8.5 millones de dólares, para la construcción del edificio de las Naciones Unidas. Poco después, Argentina fue aceptada como un miembro más de la ONU.

     En su biografía de Fidel Castro, Tad Szulc menciona el hecho aparentemente inexplicable de que los peronistas escogieran precisamente a un grupo de estudiantes cubanos para la misión de organizar y celebrar el congreso en Bogotá. De hecho, es extremadamente difícil de explicar por qué el fascista Perón escogió precisamente a un estudiante “comunista” para organizar un congreso de estudiantes antinorteamericanos en América Latina. También es difícil de explicar el por qué, a pesar de que existía una representación legítima de los estudiantes universitarios cubanos, la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), los argentinos la ignoraron y fueron directamente a contactar a Castro, el cual no era parte de esta organización.

     Pero hay una explicación que merece ser considerada. Según el propio Castro, la idea de organizar el congreso estudiantil se le ocurrió pocos días antes de la fecha en que la Novena Conferencia debía comenzar. Es decir, que fue después de haber asistido a la reunión secreta en casa de Lazo y de su primer contacto con su controlador, el agente de la CIA Salvatierra. Por consiguiente, no es difícil llegar a la conclusión de que la idea de un congreso estudiantil paralelo a la Novena Conferencia no fue de Castro, sino de sus amos los Rockefellers y otros miembros del CFR. Este sería el pretexto perfecto para justificar la presencia del agente provocador Fidel Castro en Bogotá.

     Lo más probable es que los fondos para el viaje hayan sido suministrados por los Rockefellers. Pero, obviamente, no podían haberlo hecho directamente a través de la CIA, pues esto hubiese sido algo difícil de explicar por Castro. Por tanto, los conspiradores recurrieron a la ayuda de su buen amigo Perón para que sirviera de intermediario, lo cual es un procedimiento común usado por las agencias de inteligencia cuando quieren ocultar la

procedencia de los fondos que suministran a sus agentes secretos.

     Si Perón era antinorteamericano, lo era sólo en el sentido que lo eran David y Nelson Rockefeller, Allen Dulles y Fidel Castro: siempre actuando en contra de los intereses del pueblo norteamericano, pero a favor de los intereses de los banqueros de Wall Street, los magnates petroleros, y los ejecutivos de las corporaciones internacionales que controlan la política de los Estados Unidos. Lo demás no pasa de ser un cuento de hadas creado para ocultar las estrechas relaciones de Perón con los verdaderos imperialistas anti norteamericanos.

5. Los disturbios del Bogotazo

     En la entrevista que le concedió a Alape, Castro afirma categóricamente que el Bogotazo fue una explosión espontánea de violencia de las masas como resultado del asesinato de Gaitán:

Te puedo asegurar que lo del 9 de Abril fue una explosión espontánea completa, que ni lo organizó nadie, ni podía haberla organizado nadie. … Nadie puede atribuirse haber organizado lo del 9 de Abril, porque precisamente lo del 9 de Abril lo que careció fue de organización. Esa es la clave, careció absolutamente de organización.

     Es altamente significativo que la versión de Castro de los hechos coincida exactamente con la que ofreció el entonces Director de la CIA, Almirante Hillenkoetter. Sin embargo, contrariamente a la opinión de Castro y de la CIA, la mayoría de los autores que han estudiado el Bogotazo concuerdan en que, lejos de haber sido un alzamiento espontáneo, se evidenció que había habido preparación previa para crear los disturbios. Más aún, en contradicción con lo que le aseguró a Alape, el propio Fidel Castro le ha prestado credibilidad a esas sospechas.

     En una entrevista que le concedió al periodista hindú Kurt Singer a fines de 1960, Castro mencionó cómo, cuando apenas tenía veinte años, “participé en la ejecución de un plan [énfasis añadido] cuyo objetivo era la liberación de Colombia.” El hecho de que Castro estaba siguiendo un plan previamente establecido se confirma en una carta que recibió de su novia Mirtha, en la que ésta le menciona que está preocupada porque, antes del viaje, Fidel le había dicho que “iba a comenzar una revolución en Bogotá.”

     Ahora bien, dado que en ese momento Fidel Castro tenía tan sólo 21 años y carecía de la experiencia, los recursos, y la estatura política necesaria para llevar a cabo tal plan, hay que concluir que el plan no era suyo, sino de alguien que él no menciona. No obstante, después de conocer que Castro había sido reclutado anteriormente por la CIA, así como que la CIA no es mas que un instrumento de los banqueros de Wall Street aglutinados en el Consejo de Relaciones Exteriores, no es desacertado pensar que el plan que menciona no era suyo, sino que había sido concebido por los conspiradores del CFR en la Harold Pratt House, y llevados a cabo por agentes de la recientemente creada CIA y de la desaparecida OSS.

     Evidentemente, hay muchas cosas que indican que los disturbios del Bogotazo habían sido planeados con bastante anterioridad. Posiblemente el indicio más claro fue que, unas pocas horas antes de que Gaitán fuera asesinado, el periódico El Popular, de Barquisimeto, Venezuela, publicó en su edición de abril 9 de 1948 (que, lógicamente, había sido preparada la noche antes de ser impresa) la noticia del asesinato y los disturbios que le sucedieron.

     Otras publicaciones se percataron del hecho increíble. Unos días después, el 14 de abril, la publicación venezolana El Gráfico de Caracas, reprodujo un facsímil de la página de El Popular en la que había aparecido la información. El diario El Siglo de Bogotá siguió el ejemplo, y el 29 de abril reprodujo la extraordinaria información aparecida en El Popular.

     Si descartamos la posibilidad de percepción extrasensorial, lo único que explica la publicación de las noticias sobre el asesinato de Gaitán y los disturbios del Bogotazo antes de que ocurrieran, es que la Mighty Wurlitzer49 de la CIA cometió un error de cálculo temporal. Pero eso no es lo único difícil de explicar acerca del Bogotazo.

     Aunque los revoltosos se valieron mayormente de explosivos improvisados para causar la destrucción, algunos testigos presenciales luego recordaron que hacían su labor destructora con gran rapidez y eficiencia. Según un estudio sobre el Bogotazo publicado en 1969 en una revista académica la CIA, sólo para circulación interna, algunos de los revoltosos llevaban una cinta roja en el brazo (el símbolo tradicional del Partido Liberal colombiano), pero algunas de las cintas rojas mostraban la hoz y el martillo (el símbolo tradicional del comunismo soviético).

     Un testigo presencial que observó de cerca el trabajo de un grupo de unos 25 revoltosos, y al parecer se unió a ellos por cierto tiempo, declaró que estos eran disciplinados y estaban bien organizados. El líder del grupo llevaba una cinta roja en el brazo. Poco después, a este grupo se le sumaron otros tres grupos similares, pero el jefe de esto grupos llevaba una cinta blanca. Este nuevo líder sostenía en las manos una hoja mecanografiada con una lista de los edificios que se proponían saquear y destruir. El testigo añadió que, durante el tiempo que se unió al los grupos, no escuchó ningún comentario de crítica al general Marshall o a los Estados Unidos.

     La evidencia ofrecida por varios testigos presenciales muestra que, a pesar del caos aparente, los participantes en la revuelta actuaron siguiendo un plan bien coordinado. Algunos testigos observaron que la destrucción estaba muy bien organizada, al punto de que, desde antes de que la revuelta estallara, en ciertos lugares estratégicos de la ciudad ya se habían almacenado depósitos de gasolina que luego fue usada para quemar los edificios.

     Un informe del G2 del 17 de abril de 1948 asevera que “la revuelta ha sido organizada hasta el punto de distribuir cuidadosamente tarros de gasolina que pudieran utilizarse para quemar” Sin embargo, el famoso Teatro Colón, el Club de Jockey, el Club de Tiro, y otros símbolos máximos de la aristocracia colombiana, fueron dejados intactos. Más aún, a pesar de que los saqueadores robaron toda la propiedad privada que pudieron cargar, no tocaron los archivos de los notarios públicos donde se guardaban los contratos de transacciones de propiedad.

     Mucho más difícil de explicar es el hecho de que, a pesar de la apariencia caótica y sanguinaria de la masa de revoltosos, algunos de estos parecía que actuaban con cierta coordinación. Por ejemplo, mientras algunos de ellos preparaban cocteles Molotov para quemar un edificio en particular, otros entraban al edificio y, mientras destruían los muebles, forzaban a los que todavía permanecían en edificio a evacuarlo en un esfuerzo por evitar muertes innecesarias. Además, a pesar de que las estaciones de radio incesante-mente acusaban al general Marshall de estar implicado en el asesinato de Gaitán, los revoltosos nunca trataron de atentar contra la vida de Marshall o de interrumpir la Conferencia. El saldo de los disturbios mostró que ningún político importante colombiano o extranjero perdió la vida en la revuelta.

     Unos pocos minutos antes de las 2 p.m., la turba llegó al Capitolio Nacional y comenzó a saquear el edificio. La Conferencia acababa de terminar unas de sus sesiones de la mañana y muchos de los delegados se disponían a salir. Sin embargo, inexplicablemente, ninguno de los más de un centenar de delegados presentes fue molestado. La turba los mantuvo rodeados, pero sin agredirlos, hasta unas horas más tarde cuando fueron rescatados por fuerzas militares que los condujeron a sus respectivas embajadas.

     Al día siguiente, Carlos Atilio Bramuglia, Ministro de Asuntos Exteriores de la Argentina, le sugirió al general Marshall que pospusiera la continuación de la Conferencia hasta que cesaran los disturbios. Pero Marshall, tal vez basándose en información privilegiada, se negó rotundamente a aceptar la sugerencia. Poco después, el lugar de la Conferencia se trasladó a una escuela en las afueras de la ciudad, donde prosiguió sus deliberaciones, que

culminaron con la Declaración de Bogotá, sin ser molestada.

     El uso durante el Bogotazo de ciertos elementos propagandísticos típicos de operaciones de guerra psicológica, evidencia una cuidados preparación previa a los sucesos. Por ejemplo, tan sólo unos pocos minutos después de que Gaitán cayera herido por los disparos del asesino (o los asesinos), algunas personas bien organizadas distribuyeron una hoja suelta en las calles del centro de Bogotá. Especialistas que luego la analizaron, notaron varias cosas difíciles de explicar. Primero, la impresión mostraba el uso de seis tipos de letras diferentes. Segundo, la tinta con que había sido impresa estaba totalmente seca. En tercer lugar, los márgenes del texto impreso estaban totalmente nítidos, sin manchas ni borrones que indicaran una manipulación cuando la tinta aún estaba húmeda.

     El texto, en teoría escrito por los comunistas colombianos, acusaba al Presidente Ospina de ser culpable del asesinado de Gaitán: El hecho de que esta hoja suelta que menciona el asesinato de Gaitán evidentemente había sido impresa antes de haberse cometido el crimen, indica que el asesinato no fue la obra de un individuo aislado sino de una conspiración bien organizada .

     Pocos minutos después de que se difundió la noticia del asesinato de Gaitán, las estaciones de ferrocarril, las oficinas de correos y telégrafos, así como la mayoría de las estaciones de radio, habían caído bajo el control de los revoltosos. Estas fueron las estaciones de radio que inmediatamente comenzaron a jugar un papel importante en la coordinación de los disturbios.

     Muchos de los autores que han estudiado el Bogotazo coinciden en que las estaciones de radio tuvieron un papel clave en instigar los disturbios. Menos de 20 minutos después de que Gaitán fue asesinado, alguna emisoras de radio comenzaron a transmitir mensajes en los que se incitaba a la revuelta y se daban instrucciones a los revoltosos sobre cómo obtener armas saqueando ferreterías, así como preparar cocteles Molotov y qué puntos clave atacar. Algunos locutores legítimos se dieron cuenta del daño irreparable que el asesinato de Gaitán podría causar, y aconsejaron a sus oyentes que permanecieran en sus casas o en sus trabajos60 y no se sumaran a los disturbios, pero otros hicieron todo lo contrario, e incitaron a los revoltosos a saquear, matar y destruir.

     Sin embargo, los locutores improvisados que transmitieron sus mensajes desde las estaciones de radio ocupadas por los revoltosos demostraron un alto grado de profesionalismo que va en contra de la opinión generalizada de que todo sucedió en el calor del momento. Un informe secreto del hecho, escrito por el Coronel W. F. Hausman, Agregado de la Oficina Norteamericana de Inteligencia Naval, menciona “transmisiones de radio secretas” en las que se incitaba al pueblo a participar en la revuelta. Según otro informe, no menos de tres estaciones clandestinas, una de ellas móvil, comenzaron a transmitir mensajes tan sólo unos pocos minutos después del asesinato de Gaitán.62 La mayoría de las estaciones usadas en la operación usaban la misma técnica: transmitían por unos pocos minutos, paraban, cambiaban la frecuencia y volvían a salir al aire. Esto evitaba que el lugar donde se originaba la transmisión pudiera ser localizado por triangulación.

     Un mensaje que se repitió constantemente en las transmisiones radiales consistía en una arenga a asesinar al presidente Ospina, a quien acusaban de estar vendido al imperialismo yanqui. Según estos mensajes, Ospina, en complicidad con el general Marshall, había ordenado el asesinato de Gaitán. Sin embargo, los anunciadores radiales nunca incitaron a la turba a interferir en la Conferencia ni a atacar físicamente al general Marshall o a ningún otro norteamericano que asistía a la misma.

     Varios testigos luego informaron sobre la actividad de francotiradores durante los disturbios. De hecho, gran parte de las bajas ocurridas durante la revuelta fueron el resultado de los disparos de los francotiradores. Debido a que algunos de los franco-tiradores disparaban desde los campanarios de las iglesias, circularon rumores infundados de que los sacerdotes estaban disparándole a la gente.

     Después de los disturbios, se difundió ampliamente el hecho de que algunos de los revoltosos habían asaltado estaciones de policía, donde se habían apoderado de armas y municiones. Según estas versiones, fue allí donde los francotiradores hallaron las armas que luego usaron en su tarea mortífera. Sin embargo, tal como cualquier persona que haya pasado entrenamiento militar puede atestiguar, la técnica de francotirador no es fácil de aprender.

     A pesar de que no es difícil disparar un fusil, hacer blanco a una distancia de más de media cuadra (unos 50 metros) es algo bien diferente. Las dificultades aumentan si el que dispara no ha tenido experiencia previa en el manejo de armas de fuego, la mira del fusil no ha sido profesionalmente acerada por un armero, y el disparo no se produce cuando el fusil está en línea horizontal con el blanco, tal como requiere el disparar desde las azoteas de los edificios o los campanarios de las iglesias.

     Por consiguiente, la duda persiste. ¿Quiénes eran los francotiradores? ¿Quién les suministró los fusiles perfectamente acerados? ¿Quién los entrenó y los ubicó en sus posiciones de tiro?

6. La Novena Conferencia Panamericana

     No fue una coincidencia que los disturbios del Bogotazo estallaran durante la celebración de la Novena Conferencia Panamericana. En 1945, después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el complejo-militar-industrial norteamericano y sus socios, los magnates petroleros y los banqueros de Wall Street, buscaban desesperadamente una vía para seguir produciendo armamentos, y veían a América Latina como un extraordinario mercado potencial para sus productos. A ese efecto, mantuvieron activas las bases militares que, con el pretexto de la guerra, habían adquirido en varios países de centro y sur América, en un esfuerzo por influir sobre estos países para que estandarizaran sus equipos militares con armamento adquirido en los EE.UU.

     El propósito era no sólo incrementar las ganancias del complejo militar-industrial, sino también crearles a esos países una dependencia tecnológica y económica de los EE.UU. A ese fin, crearon poco después la Junta Interamericana de Defensa (Inter-American Defense Board), para estandarizar, siguiendo el modelo norteamericano, los armamentos, la organización, y el entrenamiento de las fuerzas armadas de los países de América Latina.

     Los conspiradores del CFR infiltrados en el gobierno norteamericano sabían la importancia de los países al sur de la frontera como una fuente segura de materias primas procedentes de un área geográfica en la que otras potencias extranjeras no pudiesen interferir. El plan consistía en usar los militares latinoamericanos para proteger los recursos naturales de América Latina que, según razonaban los conspiradores, les pertenecían a ellos por derecho propio.

     En 1945, los ministros de relaciones exteriores de la mayoría de los países de América Latina y los E.UU. firmaron el Acta de Chapultepec. Un punto esencial del Acta era un llamado a adoptar medidas colectivas en caso de un ataque por parte de una potencia extra continental contra un Estado signatario. Por supuesto, el Acta no mencionó la posibilidad de un ataque contra un país latinoamericano por parte de una potencia continental: los EE.UU.

     Otro paso en la consolidación del control de los conspiradores del CFR sobre el hemisferio fue la firma de una alianza militar entre los Estados Unidos y los países de América Latina (excepto Uruguay, que se negó a firmar): el Pacto de Río de 1947. Según el pacto, los países firmantes se comprometían a prestar ayuda a otros países en caso de ataque armado.

     Pero, contrariamente a los latinoamericanos, los EE.UU. siempre vieron el Pacto como una alianza anticomunista que les daba el derecho a intervenir directa o indirectamente en los asuntos internos de los países firmantes.

     Sin embargo, a pesar de la presión por parte de los EE.UU., la lucha contra el comunismo no era una prioridad entre los países firmantes. A los latinoamericanos los preocupaban más la falta de desarrollo económico y la pobreza endémica en sus países que el comunismo. De hecho, por esa época la mayoría de los países de América Latina habían ilegalizado los partidos comunistas y la influencia soviética en el área era mínima.

     La mayor parte de los gobiernos latinoamericanos que habían firmado el Pacto esperaban que los EE.UU. les dieran la ayuda económica que tanto necesitaban (de la que los políticos corruptos esperaban apropiarse de la mayor parte), a cambio de su colaboración política y militar. Pero, un año después de haber sido firmado, la ayuda económica norteamericana no se había materializado, y los políticos no estaban contentos. No obstante, los EE.UU. ahora volvían a tratar de convencerlos en Bogotá de que firmaran nuevos tratados basados en nuevas promesas que posiblemente no pensaban cumplir.

     De importancia cardinal entre estas nuevas alianzas era la creación de una nueva herramienta concebida por los conspiradores para aumentar su dominio económico y político sobre los países de América Latina, la Organización de Estados Americanos (OEA), así como una declaración por la que los países latinoamericanos se comprometían a luchar contra la nueva amenaza: el comunismo soviético. Un memorándum secreto fechado el 22

de marzo de 1948, firmado por George Kennan (CFR), Director de Planificación Política del Departamento de Estado norteamericano, menciona que el problema del comunismo debía ser discutido en la Novena Conferencia, así como la implementación de medidas anti-comunistas que debían ser creadas e implementadas en el sistema interamericano.

    Pero, dada la experiencia previa, la mayoría de los líderes políticos de los países de América Latina no estaban dispuestos a cooperar con los EE.UU. para implementar tales medidas. Esto se evidenció durante los primeros días de la Conferencia, en la resistencia que opuso la mayor parte de los delegados a plegarse a las presiones y amenazas veladas de Marshall. En especial, muchos delegados expresaron su preocupación acerca de la inclusión de una peligrosa medida añadida a última hora a la propuesta Carta de creación de la OEA, cuyo artículo 15 originalmente expresaba que, “Ningún estado o grupos de estados tiene el derecho de intervenir, directa o indirectamente, por ninguna razón, en los asuntos internos o externos de cualquier Estado.” Se suponía que este principio era aplicable no sólo con respecto a la fuerza armada, sino también a cualquier tipo de interferencia o amenaza. Pero el nuevo añadido especificaba que algunas “medidas” podrían ser “adoptadas para el mantenimiento de la paz y la seguridad de acuerdo con los tratados existentes.”

     Obviamente, con esta adición, los conspiradores del CFR que controlan el gobierno norteamericano garantizaban su derecho a intervenir a su libre albedrío en América Latina, y esto no fue del agrado de los delegados latinoamericanos a la Conferencia. Pero la experiencia de ver la violencia de las turbas en las calles, la destrucción de los edificios, y la matanza indiscriminada, resultó ser más persuasiva que los argumentos que esgrimió Marshall a favor de estas medidas. El último día de la Conferencia, los delegados no sólo aprobaron por unanimidad la Carta de creación de la OEA, sino también una declaración condenando el comunismo internacional.

     No obstante, aún después de que habían sido coaccionados a aprobar la creación de la OEA, algunos de los delegados todavía tuvieron la audacia, o la ingenuidad, de preguntarle a Marshall si existía la posibilidad de crear un “Plan Marshall” para América Latina. Pero, después de haber logrado su objetivo, Marshall demostró su falta de respeto y desprecio por los delegados cuando les respondió que financiar tal plan estaba más allá de las posibilidades de los Estados Unidos. El capital requerido para tal plan, añadió Marshall, “tiene que provenir de fuentes privadas.”

     La Carta de la OEA proveyó el mecanismo legal para la aplicación de la Doctrina Monroe en América Latina. Dado que los EE.UU. controlaban la mayoría de los votos en la OEA, así como los votos de algunos de los delegados latinoamericanos, esto garantizaba el derecho de los EE.UU. a legalmente intervenir militarmente en la política interna de los países miembros. Pero, en el caso de que la votación no les fuera favorable, con la adición de la medida mencionada anteriormente los EE.UU. se atribuían de una u otra forma el derecho a intervenir militarmente en los países de América Latina.