domingo, 27 de agosto de 2017

EL BOGOTAZO LIMPIO-3ERA PARTE:EL BOGOTAZO-PARTES 13-14-15



13. La CIA, los conspiradores del CFR y el Bogotazo

     Poco después de los sucesos del Bogotazo, el agente secreto del Consejo de Relaciones Exteriores Allen Dulles fue comisionado para hacer un estudio de las causas por las que la CIA no había alertado a tiempo al gobierno norteamericano sobre la posibilidad de los disturbios. Dulles se valió del supuesto fracaso de la CIA en predecir los disturbios como pretexto para deshacerse del entonces Director de la CIA, Almirante Roscoe Hillenkoetter,

el cual no era un agente del CFR, a quien culpó del fracaso.

     Poco después, Hillenkoetter retornó a su puesto en la Marina de Guerra y Allen Dulles fue nombrado Director de la CIA. No obstante, contrariamente a lo que alegó Dulles, en realidad la Dirección de Inteligencia de la CIA sí había informado con anterioridad a las autoridades norteamericanas sobre la posibilidad de disturbios durante la Novena Conferencia, pero, tal como siempre sucede, el informe de la CIA fue ignorado totalmente.

     En sus memorias, Willard Beaulac, embajador de los EE.UU. en Colombia, dio un mentís a las acusaciones de Dulles de que la CIA no había alertado sobre la posibilidad de disturbios, cuando menciona el hecho de que,

Informes confiables habían alertado ampliamente de que los comunistas planeaban hacer demostraciones en contra de la Conferencia y de que, si les era posible, causarían disturbios y hasta una guerra civil para obstaculizarla.

    
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 Contrariamente a lo que afirmó Dulles, varios informes detallados suministrados por la Dirección de Inteligencia de la CIA, en los que alertaba sobre la posibilidad de que los soviéticos instigaran disturbios en Colombia, fueron bloqueados en la embajada norteamericana y no se le hicieron llegar al Secretario Marshall.  Por ejemplo, un informe fechado en Colombia dos meses antes del Bogotazo, afirma que,

Enero 29. — El Sr. G., [probablemente Antonio García] un líder comunista colombiano a quien se le había encomendado la tarea de derrocar el gobierno (conservador) de [Ospina] Pérez , se ha jactado de que, en caso necesario, cuenta con aviones y artillería. Se asegura que este grupo ha almacenado armas y explosivos en 17 casas en Bogotá.

     Tal vez el lector no entienda cómo es posible que la CIA, que planeó y llevó a cabo la operación Bogotazo, también informó al gobierno sobre la posibilidad de los disturbios. La confusión viene de que en realidad la CIA no es una organización homogénea, sino que consta de dos partes, una dedicada a la obtención y análisis de información y otra dedicada a operaciones encubiertas. En la primera trabajan norteamericanos honestos que creen que luchan por la defensa de su país. Esos fueron los analistas de la Dirección de Inteligencia que alertaron sobre la posibilidad de disturbios. En la otra trabajan agentes secretos del CFR que luchan por defender los intereses de los magnates petroleros y los banqueros de Wall Street.

     Por tanto, hay que tener en cuenta que, como resultado de una simplificación común, cuando alguien dice “un informe de la CIA”, en realidad quiere decir “un informe escrito por alguien en la CIA”. Esto es importante si se tiene en cuenta que, tal como expliqué anteriormente, desde su creación, la CIA nunca ha sido una entidad homogénea. El único departamento de la CIA que les interesa a los conspiradores del CFR que la crearon, y que

está totalmente bajo su control, es el que lleva a cabo las operaciones encubiertas.

     Este departamento trabaja bajo las más estrictas reglas de compartimentación y necesidad de saber (need-to-know). Esto garantiza que ni el pueblo norteamericano, ni los miembros del gobierno, ni siquiera los empleados de las otras ramas de la CIA, sepan las actividades encubiertas que estos oficiales de la CIA llevan a cabo.

     Pero los oficiales de la CIA que alertaron sobre la posibilidad de disturbios, trabajaban en la rama de análisis de inteligencia y no eran parte de la operación Bogotazo, por tanto, ignoraban el papel de la CIA en la misma. Lo más probable es que el Bogotazo haya sido mayormente llevado a cabo por un grupo de ex oficiales de la OSS en la Oficina de Coordina-ción Política (Office of Policy Coordination, OPC) del Departamento de Estado, dirigida por el agente secreto del CFR Frank Wisner.

     Después de realizar un estudio exhaustivo sobre las causas por las que los informes de la CIA que alertaban sobre la posibilidad de disturbios en Bogotá habían sido ignorados, un Subcomité de Seguridad Interna del Senado llegó a esta conclusión,

El Almirante Hillenkoetter [Director de la CIA], acusó directamente al auxiliar del departa-mento de estado en Bogotá O.J. Libert, y al Embajador Willard L. Beaulac de no haber envía-do los informes al Departamento de Estado en Washington. En particular, el Sr. Libert evitó que los informes se hicieran llegar a los oficiales de seguridad del Secretario Marshall porque, según él, la protección ofrecida por la policía de Bogotá era “adecuada”, y no deseaba “alarmar innecesariamente a los delegados.”

     Las actividades de Beaulac en bloquear los informes de la CIA que alertaban sobre la posibilidad de disturbios, así como su posible participación en la reunión secreta en la residencia de Mario Lazo, indican que probablemente el embajador tuvo una participación activa en la operación.

     Más aun, todo indica que, como miembro activo del CFR, el Secretario de Estado Marshall también tuvo un papel importante y había sido informado con anterioridad sobre la operación. En su testimonio del 15 de abril de 1945 ante el Subcomité del Congreso que investigó el “fracaso” de la CIA en predecir los disturbios del Bogotazo, el Director de la CIA, Almirante Hillenkoetter, refutó a sus críticos cuando afirmó que, por el contrario, la CIA había informado a tiempo sobre la “posibilidad de una erupción de violencia” durante la Conferencia, así como que esa información había sido transmitida a ejecutivos del Departamento de Estado. Hillenkoetter también informó que ciertos empleados del Departamento de Estado habían bloqueado la transmisión de un informe clave de la CIA fechado el 23 de marzo, en el que se alertaba al Departamento de Estado sobre la posibilidad de disturbios durante la Conferencia.

     Más aún, según un Informe de la Oficina de Investigación de Inteligencia del Departamen-to de Estado fechado el 14 de octubre de 1948, la teoría de que los comunistas colombianos estuvieron involucrados en los disturbios se basó en el hecho de que con mucha anterioridad ya habían planeado sabotear y desacreditar las actividades de la Conferencia, así como obstaculizar las actividades de los delegados asistentes, en particular los norteamericanos.

     Como se evidencia, no sólo la rama de la CIA dedicada al análisis de inteligencia, sino también la sección de inteligencia del Departamento de Estado, alertaron con anterioridad sobre la posibilidad de disturbios en Bogotá durante la Novena Conferencia. Sin embargo, debido a la compartimentación y la necesidad de saber, características esenciales de todo servicio de inteligencia, los analistas de inteligencia ignoraban que la sección de activida-des encubiertas de la CIA era la que había planeado y luego llevó a cabo el asesinato de Gaitán y los disturbios.

     Una clave importante para entender las técnicas desinformativas usadas por la CIA en la operación Bogotazo es el hecho de que, aunque los agentes secretos del CFR en Bogotá evitaron que los informes de la CIA y el Departamento de Estado llegaran a sus destinatarios, esos mismos agentes del CFR mantuvieron bien informada a la prensa Colombiana sobre el peligro de disturbios. Francisco Fandiño Silva, un conocido periodista colombiano, luego recordó que “La Embajada Americana me informó de que habían sido alertados de que se estaba tramando un atentado con una bomba en contra del General [Marshall].”

     Como parte de ese mismo patrón desinformativo, Gaitán recibió el 24 de marzo un mensaje del Embajador Beaulac, informándole de que los comunistas planeaban interrumpir la Conferencia y que, si lo lograban, lo más probable era que le echaran la culpa al Partido Liberal de Gaitán.

     Tan sólo unas pocas horas después de que estallaron los disturbios, el Secretario de Estado General Marshall, el Director de la CIA Almirante Hillenkoetter, el Embajador norteamericano Willard Beaulac, el Presidente de Colombia Dr. Mariano Ospina, el Secreta-rio de la Presidencia Rafael Azula Barrera, así como otros testigos importantes, llegaron a la conclusión de que los disturbios eran el resultado de una operación comunista instigada por la Unión Soviética.

     Sin embargo, al parecer intrigado por el primer “fracaso” de la rama de inteligencia de la CIA, uno de sus oficiales, Russell Jack Smith, telefoneó a uno de sus contactos personales en la oficina del Secretario Marshall en el Departamento de Estado y le preguntó, “¿Cómo fue que el Secretario [Marshall] obtuvo la información de que los disturbios eran parte de un

complot comunista?” “Oh,” le respondió su contacto, “tan sólo miró por la ventana de su villa situada a seis o siete millas y dijo: ‘Lo hicieron los comunistas.’”

     Unos pocos días después, el periódico Philadelphia Inquirer publicó un artículo titulado “Marshall acusa al comunismo internacional por la revuelta de Bogotá”, en el que se aporta-ban aún más datos fraudulentos para convencer al crédulo público norteamericano de que el asesinato de Gaitán y los disturbios habían sido llevados a cabo por los comunistas colombianos con el apoyo de la Unión Soviética.

     En un esfuerzo por aterrorizar al pueblo norteamericano con el miedo al comunismo, el Secretario de Estado Marshall declaró a la prensa que los disturbios habían sido instigados por la Unión Soviética, y que no eran sino una extensión en el hemisferio occidental de las tácticas de subversión y violencia que los soviéticos estaban usando en Europa.

     El día siguiente, Marshall prosiguió su tarea desinformadora, pero, sin saberlo, cometió un error que nos da una pista clara de quién realmente instigó los disturbios. Según Marshall, “los disturbios se ajustaban al mismo patrón establecido en los disturbios ocurridos en Francia e Italia.” Lo que Marshall convenientemente no dijo, fue que los disturbios de abril de 1948 en Italia también habían sido provocados por agentes de la inteligencia norteamericana bajo la dirección de Frank Wisner y la colaboración de James Jesus Angleton. Esto explica el por qué se ajustaban al mismo patrón de los disturbios del Bogotazo.

     Dos días después, el 14 de abril, el New York Times publicó un editorial en el que se continuaba la campaña cuyo objetivo era aterrorizar a los norteamericanos con el miedo al comunismo. Según el NYT,

En apoyo del resultado de las investigaciones del gobierno colombiano, el secretario de estado Marshall y otros delegados a la Conferencia Interamericana han acusado a la unión Soviética y su instrumento, el comunismo internacional, de instigar la revuelta que destruyó Bogotá e hizo descender una sombra sobre todo el hemisferio occidental. Basándose en

información de primera mano y observaciones personales, [Marshall y los delegados] ven detrás de los trágicos sucesos que interrumpieron las deliberaciones las mismas fuerzas que trataron de provocar insurrecciones en Francia e Italia. Y eso hace a Bogotá, tal como dijo el Sr. Marshall, no tan sólo un incidente Colombiano o latinoamericano, sino un proble-ma mundial, y una clara muestra de lo que Rusia es capaz de hacer en su guerra (que ya no es tan fría) en contra de las democracias.

     Lo más curioso es que este furibundo “anticomunista” es el mismo George Marshall que en diciembre de 1945 viajó a China como enviado especial del presidente norteamericano para tratar de reconciliar al anticomunista Chiang Kai-Shek con el comunista Mao Tse-Tung. En esos momentos, todo indicaba que las tropas de Chiang serían vencedoras en su lucha contra los comunistas, pero Marshall logró que Chiang aceptara un cese al fuego. Como era de esperarse, los esfuerzos de reconciliación del agente del CFR George Marshall le garantizaron poco después la victoria a Mao y los comunistas.

     Los esfuerzos de convencer al público norteamericano de que el Bogotazo había sido una operación comunista continuaron por muchos años.

     Con el Bogotazo, la Guerra Fría, que resultó tan beneficiosa para los banqueros de Wall Street, los magnates petroleros, y el complejo militar-industrial, había pasado a ocupar un primer plano en la política exterior norteamericana. La derrota de la Alemania nazi marcó el fin de la Segunda Guerra Mundial, pero también el hecho, bien ocultado primero por los medios masivos de difusión y luego por historiadores poco escrupulosos, de que los conspiradores habían perdido el enemigo que tanto trabajo y dinero les había costado crear. Por tanto, necesitaban hallar lo antes posible el nuevo enemigo que tanto necesitaban para llenar el vacío dejado por los nazis y así poder justificar sus agresivas políticas imperiales y su militarismo desmedido.

     Es por eso que, mucho antes de que la guerra llegara a su fin, ya habían decidido adjudi-carle ese papel a la Unión Soviética y al comunismo internacional.

     Como resultado de las conversaciones secretas en la conferencia de Yalta en febrero de 1945, los conspiradores, a través de sus agentes secre tos Franklin D. Roosevelt (CFR) y su asesor Alger Hiss (CFR), llegaron a un acuerdo secreto con Stalin para que la Unión Soviética ocupara parte del este de Alemania, así como Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Bulgaria, Rumania, Yugoslavia y los países bálticos — lo que luego se conoció como el llamado “bloque soviético.” A ese fin, el presidente Roosevelt le ordenó al general Dwight Eisenhower (CFR), que detuviese el avance de las tropas norteamericanas hasta que el Ejército Rojo ocupara esos territorios. Esto garantizó que el nuevo enemigo que los conspiradores habían creado se viera como un imperio ávido de expandir sus fronteras por medios agresivos.

     Pero también tenían que convencer al pueblo norteamericano de la existencia de una nueva amenaza procedente de lo que siempre han considerado su traspatio, y para eso llevaron a cabo la operación Bogotazo.

     Desde comienzos de 1948 en que fue reclutado, los destinos de Fidel Castro y del Consejo de Relaciones Exteriores han estado íntimamente ligados. Tan sólo un somero análisis de las relaciones entre Fidel Castro y los Estados Unidos pone en evidencia que casi todo nortea-mericano que ha apoyado en una u otra forma a Castro, ha estado relacionado, directa o indirectamente, con el CFR y, a pesar de que los conspiradores se han esforzado en ocultar estas relaciones, alguna gente lo ha sospechado.

     Posiblemente uno de los primeros que lo sospechó fue Earl E.T. Smith, quien fuera embajador norteamericano en Cuba cuando Castro luchaba su guerra de guerrillas contra Batista. Smith estaba totalmente convencido no sólo de que Castro era comunista, sino de que había logrado llegar al poder en Cuba en 1959 gracias a los esfuerzos de alguna gente importante en el Departamento de Estado norteamericano, en especial William Wieland y Roy Rubbotom. Estos dos oscuros personajes, en particular Wieland, fueron acusados muchas veces de que ser procastristas debido a que eran comunistas encubiertos. Lo que al parecer ni el embajador Smith ni nadie sospechó, era que ambos Wieland and Rubbotom apoyaban a Castro no porque eran comunistas, sino porque eran agentes controlados por el CFR.

     Por muchos años, el Departamento de Estado fue el foco de atención de muchos patriotas norteamericanos que veían cómo este departamento del gobierno caía en manos de indivi-duos que consistentemente actuaban en detrimento de su país. Algunos de estos patriotas, como el Senador Joseph McCarthy, el Embajador Earl E.T. Smith,227 y el Director del FBI, J.

Edgar Hoover, estaban firmemente convencidos de que el Departamento de Estado había sido infiltrado por una conspiración de comunistas que lo estaban usando para hacer avanzar su agenda secreta antinorteamericana.

     McCarthy había descubierto que el Departamento de Estado estaba controlado por un grupo bastante extenso de individuos que trabajaban incansablemente tras bastidores para destruir su país y ayudar a sus enemigos. En un discurso que pronunció en Wheeling, West Virginia, el 9 de febrero de 1950, McCarthy mencionó que había compilado una lista de 205 empleados del Departamento de Estado que trabajaban arduamente en contra de los intereses del pueblo norteamericano.

     Desafortunadamente, McCarthy había llegado a la conclusión errónea de que los agentes secretos del CFR que se habían infiltrado en el Departamento de Estado, necesariamente tenían que ser comunistas. Entre los agentes enemigos que se hallaban en la lista de McCarthy estaban los altos ejecutivos del Departamento de Estado Alger Hiss (CFR) y Owen Lattimore (CFR). Pero los traidores no se habían infiltrado tan sólo en el Departamento de Estado. La lista incluía a Harry Hopkins y Laughlin Currie, que trabajaban directamente para el presidente Roosevelt en la Casa Blanca, así como Harry Dexter White en el Departamento del Tesoro. La lista también incluía al General George Marshall, a quien McCarthy acusó de traición a los EE.UU.

    Todos a una, el presidente Eisenhower (CFR), el secretario de estado Dean Acheson (CFR) y el conocido periodista Edward Morrow (CFR), aunaron sus fuerzas en su defensa de los acusados y en un ataque demoledor contra McCarthy. El resultado fue que, a pesar de que la mayoría de la gente que McCarthy acusó eventualmente se probó que eran traidores, su grave error le costó su carrera política y posiblemente hasta su vida.

     No obstante, sería injusto culpar a McCarthy por su error. Tal como el profesor Carroll Quigley ha explicado, el modus operandi de los conspiradores del CFR se asemeja mucho a la forma en que actúan los comunistas. Quigley, uno de los académicos que estudió en detalle el CFR y la actividad de los conspiradores, descubrió que,

Existe, y ha existido por una generación, una red anglófila internacional que opera en gran medida en la forma que la Derecha radical cree que actúan los comunistas. De hecho, esta red no siente aversión por cooperar con los comunistas, o cualquier otro grupo, y frecuente-mente lo hace.

     Otro que cometió un error semejante al de McCarthy al identificar a los traidores fue Robert Welch. En su libro The Politician, Welch acusó a ambos el Presidente Dwight Eisenhower y a su hermano Milton de ser comunistas.

     Sin embargo, en honor a la verdad, ninguno de estos individuos acusados por McCarthy y Welch eran comunistas en el estricto sentido de ser seguidores de las doctrinas marxista-leninistas y, por supuesto, no eran agentes secretos de la Unión Soviética. No obstante, en cierto modo eran en parte comunistas, pero tan sólo en el sentido de que eran agentes secretos del único y verdadero partido comuno fascista de los Estados Unidos: el Consejo de Relaciones Exteriores.

     Por otra parte, todo esfuerzo en hallar una conexión entre los conspiradores del CFR y una ideología política en particular es una pérdida de tiempo total. El hecho de que en cierto momento hayan apoyado y ayudado económicamente regímenes fascistas y comunistas tan sólo significa que lo han hecho para avanzar sus planes secretos de desindustrialización y reducción de la población como pasos previos para la implantación del Nuevo Orden Mundial.

     En particular, dos personajes misteriosos que participaron activamente en la operación Bogotazo, William Wieland y Roy Rubboton, han encabezado la lista de los “comunistas” procastristas infiltrados en el Departamento de Estado norteamericano. Sin embargo, la verdad es que ninguno de ellos era comunista, sino agentes secretos al servicio de los conspiradores del CFR. No hay que olvidar que, desde fines del 1941, el Departamento de Estado había caído por completo bajo el control de los conspiradores. Por consiguiente, todo indica que los verdaderos promotores de Castro nunca estuvieron en el Kremlin sino en la Harold Pratt House en Manhattan, sede del CFR.

14. El Magnicida caribeño

     Poco se ha hablado del verdadero papel que tuvo Fidel Castro en el asesinato de Gaitán, pero existe evidencia incontrovertible de que asesinar líderes políticos, en particular presi-dentes, siempre ha sido una de las más fuertes obsesiones de Fidel Castro.

     Es posible, y su vida ulterior parece confirmarlo, que los preceptores jesuitas familiarizaran a su alumno predilecto con la Teología del padre L’Amy, en la que se expone el principio por el que la Orden concede a sus miembros el derecho a eliminar físicamente a sus adversarios. También es probable que, como alumno de los jesuitas en el Colegio de Belén en La Habana, el joven Fidel oyó de boca de sus preceptores de la Compañía el principio de la legitimidad del asesinato de los tiranos, así como de “cometer, sin pecado, actos considerados criminales por las masas ignorantes.”

     Prueba de lo anterior es que, en su apasionada autodefensa durante el juicio por el ataque al cuartel Moncada en 1953, Castro mencionó la teoría del jesuita español Juan Mariana quien, en su libro De Rege et Regis Institutione, comenta que cuando un gobernante usurpa el poder, aún si ha sido elegido democráticamente, pero gobierna en forma tiránica, es lícito que un ciudadano ejerza el tiranicidio.

     No obstante, a pesar de que algunos de los preceptores jesuitas de Castro aún profesan una gran admiración por su ex alumno, sería injusto culparlos totalmente por su conducta ulterior. Por alguna razón que ignoramos, asesinar jefes de Estado se convirtió en una de las muchas obsesiones de Fidel Castro, que comenzó a llevar a la práctica desde muy joven. El

propio Hugh Thomas, uno de los más serios estudiosos del castrismo, se percató del aparente deseo de Castro de perpetuar “una tradición estudiantil de tiranicidio.”

     La primera persona que Castro asesinó fue Leonel Gómez, su rival en las elecciones para presidente de la Facultad de Derecho, a quien le disparó por la espalda en 1947. En 1948, participó en el asesinato de Manolo Castro. Ese mismo año asesinó a Oscar Fernández Caral, sargento de la policía universitaria. En 1949 asesinó a Justo Fuentes y a Miguel Sáez, otros líderes estudiantiles.

     Pero si Castro demostró ser hábil eliminando a sus enemigos, lo ha sido aún más deshaciéndose de sus amigos cuando dejan de serle útiles. Entre los que perdieron sus vidas debido a confiar demasiado en Fidel Castro están: Frank País, líder principal del Movimiento 26 de Julio; Comandante Camilo Cienfuegos, primera figura en importancia en el Ejército Rebelde; Rafael del Pino Siero, su amigo de juventud; Osvaldo Sánchez, líder del Partido Comunista tradicional; Comandante Manuel Piñeiro (Barbarroja), Jefe del Departamento América de los servicios de inteligencia; Comandante René Rodríguez, Director del Instituto de Amistad con los Pueblos; Comandante Arnaldo Ochoa, héroe de la guerra en Angola; Coronel Antonio “Tony” de la Guardia, su hombre de confianza y asesino personal; Comandante José Abrahantes, ex Director de los servicios de inteligencia, y muchos más, incluyendo Che Guevara, que harían esta lista interminable.

     Sin embargo, en lo que Fidel Castro más se ha destacado en su larga carrera criminal es en asesinar jefes de Estado. Desafortunadamente, el odio profundo que Castro siempre ha sentido por los jefes de Estado democráticamente electos se sobrepuso a cualquier sentimiento tiranicida que pudiera haber sentido.

     En 1947, cuando tenía tan sólo 21 años, Castro se unió a un grupo de estudiantes universitarios que visitaban al Presidente Ramón Grau San Martín en el Palacio Presidencial. Grau era un político que había sido democráticamente electo por el voto popular. Durante la visita, el Presidente y los estudiantes se acercaron a uno de los grandes ventanales del segundo piso del Palacio. En ese momento Castro le sugirió a uno de ellos que asesinaran

al Presidente,

Tengo la fórmula para tomar el poder ahora mismo y deshacernos para siempre de este hijo de puta. Lo agarramos y lo tiramos por el balcón. Cuando esté muerto, le hablaremos al pueblo por la radio y proclamaremos el triunfo de la revolución estudiantil.

     Es pertinente recordar que Grau era un prestigioso cirujano y profesor universitario. Además, era un político nacionalista que siempre se opuso al control norteamericano sobre la política y la soberanía de Cuba. Grau se había ganado el odio de los conspiradores del CFR cuando comenzó a luchar por que se eliminara la Enmienda Platt de la Constitución cubana. La Enmienda autorizaba a los EE.U. a intervenir militarmente en Cuba a su antojo.

     En el verano de ese mismo año, Castro se unió a un grupo de aventureros que planeaban invadir la República Dominicana, asesinar al presidente Rafael L. Trujillo, y dar un golpe de estado para tomar el poder. Castro participó en el entrenamiento militar, que se llevó a cabo en Cayo Confites, un pequeño islote al norte de la provincia de Oriente. Pero las autoridades

descubrieron el complot y arrestaron a la mayoría de los participantes. Castro logró escapar.

     Testigos presenciales afirman que el 9 de abril de 1948, durante los disturbios del Bogotazo, poco después de a 4 de la tarde de ese día, vieron a Castro al frente de una turba que gritaba “A palacio”. Según los testigos Castro portaba un rifle y gritaba histéricamente que iban al palacio a matar al presidente colombiano Mariano Ospina Pérez.

     En agosto de 1951, el ataúd que contenía los restos mortales del líder populista cubano Eduardo “Eddy” Chibás fue llevado a la Universidad de La Habana para que los estudiantes le rindieran homenaje. José Pardo Llada, a la sazón amigo de Castro, cuenta que Fidel se le acercó y le dijo, “Pepe, llevemos el muerto a Palacio y tomemos el poder. Tú serás el Presidente y yo el Jefe del Ejército.” El Presidente de Cuba en ese momento era Carlos Prío Socarrás, electo por el voto popular.

     Pardo Llada no menciona si Castro le dijo cómo pensaba deshacerse del Presidente Prío, pero un incidente ocurrido anteriormente tal vez nos dé una idea de lo que Fidel tenía en mente. En 1949, mientras Castro hacía los preparativos para un viaje que pensaba hacer a los Estados Unidos, visitaba casi diariamente el apartamento de su amigo Max Lesnick, situado en la calle Morro, muy cerca del Palacio Presidencial. Lesnick le contó a Tad Szulck que un día, mientras miraba desde el balcón hacia el Palacio, Fidel tomó una escoba y, apuntándola como si fuese un rifle, le dijo a la abuela de Lesnick: “Mire, si Prío sale a la terraza del Palacio a echar un discurso, lo mato desde aquí con una sola bala de un rifle con mira telescópica.”

     En Marzo de 1953, Fidel Castro y un grupo de conspiradores se confabularon para asesinar al Presidente Fulgencio Batista. La oportunidad se les presentó cuando Batista decidió asistir a una reunión de veteranos de la Guerra de Independencia, que se celebraría en el mes de julio en Santiago de Cuba, en la provincia de Oriente. Castro y algunos de los conspiradores obtuvieron documentación falsa, uniformes del ejército y placas de auto oficiales, y viajaron a Santiago para hacerle un atentado a Batista. Pero al parecer Batista sospechó que algo andaba mal y canceló la visita. La policía tuvo sospechas de que Castro tramaba algo y lo detuvo. Pero poco después lo dejaron en libertad por falta de pruebas.

     Existen rumores de que el ataque al Cuartel Moncada, que Castro y su grupo realizaron unos meses después, el 26 de julio de 1953, iba a coincidir con una visita que Batista iba a hacer al cuartel. Pero de nuevo Batista canceló la visita en el último momento. Puede que los rumores tengan algo de cierto, porque la estratagema que Castro y sus hombres usaron para que los guardias abrieran la puerta de entrada fue gritar: “¡Abran la puerta. Llegó el General [Batista]!”

     La obsesión de Castro por asesinar presidentes no terminó cuando tomó el poder en Cuba en enero de 1959. El 26 de abril de ese año, poco después de su victoria, Castro infiltró en Panamá un grupo de cubanos y panameños residentes en Cuba. El objetivo de este grupo era asesinar al presidente Ernesto de la Guardia y encender la chispa de una revolución en ese país. Pero, pocas horas después de haber desembarcado, las fuerzas militares panameñas neutralizaron la fuerza invasora.

     Castro negó su participación en la invasión. No obstante, el hecho nos da una idea de su verdadera filiación política. El gobierno panameño no era una dictadura y su presidente había sido democráticamente electo por voto popular, por lo que el ataque no tenía justificación ideológica alguna.

     Poco después de la frustrada aventura panameña, otro grupo militar partió secretamente de Cuba el primero de junio de 1959 con destino a Costa Rica, desde donde pensaban infiltrarse en Nicaragua para ultimar al presidente/dictador Anastasio Somoza, enemigo jurado de Castro. La invasión fracasó y, por supuesto, Castro negó su participación en la misma, pero esta se ajusta al modus operandi de Castro en ese tipo de operación.

     Menos de dos semanas más tarde, el 14 de unio de 1959, Castro envió un grupo similar a la República Dominicana, con la misión de asesinar al Presidente Rafael L. Trujillo. La animadversión de Castro hacia el dictador dominicano se remontaba a sus días en la Universidad de La Habana, cuando, en 1947, se unió a un grupo de cubanos que se entrena-ba en Cayo Confites para invadir la República Dominicana y asesinar a Trujillo.

     Ambas operaciones, en Nicaragua y la República Dominicana, fracasaron, y Castro se apresuró a negar que él personalmente las hubiese ordenado. Pero, dada su afinidad por tal tipo de acción, no es descabellado pensar que fue el propio Castro quien las ordenó.

     Tan sólo un par de meses más tarde, a mediados de agosto de 1959, Castro envió una grupo militar a Haití. Su misión consistía en asesinar a François “Papa Doc” Duvalier, el dictador haitiano. El grupo se componía de 30 cubanos, había sido organizado por Che Guevara, y lo comandaba un argelino que había luchado en las fuerzas de Castro en la Sierra Maestra.

     Pero, tal como había sucedido con las operaciones contra Panamá y República Dominica-na, esta también resultó en un desastre, y la mayoría de los atacantes perecieron. Castro nunca respondió a las acusaciones del gobierno de Duvalier sobre su complicidad en la operación.

     El 26 de julio de 1960, durante un discurso que pronunció con motivo de la celebración del ataque al cuartel Moncada, Castro declaró su compromiso de “liberar” el resto de América Latina.

     En 1962, Castro intentó asesinar al presidente democráticamente electo de Panamá, Roberto Chiari. Según un informe del FBI, fechado el 25 de octubre de 1962, Humberto Rodríguez Díaz, uno de los asesinos enviado por Castro, en complicidad con un ex embaja-dor cubano en Panamá, trató de atentar contra la vida del Presidente panameño.

     El próximo año, en la primavera de 1963, Castro envió varias toneladas de armas y municiones a un grupo revolucionario, para que asesinaran al presidente Rómulo Betancourt. La obsesión de Castro con asesinar a Betancourt, quien inicialmente lo apoyaba, ha sido ampliamente documentada.

     Es altamente revelador el hecho de que los intentos de Castro de derrocar el gobierno de Venezuela no estaba dirigido contra un gobierno tiránico o antidemocrático. Por el contrario, estaban dirigidos a evitar el establecimiento de la democracia en Venezuela. El objetivo principal de los revolucionarios que Castro apoyaba era sabotear las elecciones presidenciales de 1963. El plan de Castro consistía en provocar a los militares venezolanos

para que dieran un golpe de estado y, de esa forma, desacreditar el proceso democrático en Venezuela. Pero Betancourt y los reformistas democráticos estaban firmemente decididos a llevar a cabo las elecciones y, finalmente, Castro al parecer perdió interés en el proceso venezolano.

     Ese mismo año, los periódicos colombianos publicaron reportajes informando que los aviones que habían transportado a un grupo de asesinos desde Cuba a la península de la Guajira, en Colombia, habían sido proporcionados por Fidel Castro. La misión de este grupo era asesinar al presidente León Valencia y derrocar su gobierno. Esta información fue corroborada el 17 de octubre de 1963 por el propio Presidente Valencia, en una nota que envió a todas las misiones diplomáticas en Bogotá en la que hacía a Castro responsable por la operación.

     Unos pocos meses después, el 26 de febrero de 1964, un nuevo complot fue descubierto con motivo de una visita que Valencia pensaba hacer a Cali. El próximo año, Valencia señaló de nuevo a Castro como el instigador de ambos intentos de asesinato.

     En julio de 1979, el dictador nicaragüense Anastasio Somoza fue derrocado por efectivos del Frente Sandinista de Liberación Nacional, que contaba con el apoyo de Castro. Somoza logró escapar del país y se convirtió en un exiliado político en el Paraguay. Unos pocos meses después, Somoza y sus guardaespaldas fueron asesinados en una calle de Asunción

por un grupo que usó ametralladoras y bazucas. Algunos miembros de la inteligencia castrista se jactaron públicamente de que el equipo de asesinos había sido entrenado en Cuba.

     Según una fuente en el Departamento de Justicia norteamericano, por cierto tiempo la CIA y el FBI investigaron la posibilidad de que Castro estuviese planeando usar sus agentes residentes en los EE.UU. para tratar de asesinar en 1976 al Presidente Gerald Ford y a su opositor en las elecciones presidenciales, Ronald Reagan. Uno de sus informantes alertó a la oficina del FBI en San Francisco que miembros del grupo terrorista radical Emiliano Zapata, en coordinación con el agente castrista Andrés Gómez, planeaban asesinar a ambos líderes. No hay que olvidar que los conspiradores detestaban a Reagan, que no era miembro del CFR. Por eso luego trataron de asesinarlo cuando era presidente, para que el vicepresidente George H.W. Bush (CFR) ocupara la presidencia.

     En el baboso documental Fidel, dirigido por Estela Bravo, una norteamericana muy allegada a los servicios de inteligencia castristas, Castro cuenta una anécdota sobre lo que sucedió cuando en 1963 hizo una visita a la Unión Soviética invitado por Nikita Jrushchov. El Premier soviético deseaba limar asperezas con Castro después de los sucesos de la crisis de los cohetes de 1962, en los que había llegado a un acuerdo con el Presidente Kennedy a espaldas de Castro.

     Según Castro, Jrushchov lo invitó a ir de cacería y, durante ésta, un animal saltó a pocos metros enfrente del Premier Soviético y Castro le disparó con su escopeta. Los proyectiles cruzaron peligrosamente cerca de la cara de Jrushchov. “¿Y sabe lo que me pasó por la mente en ese momento?”, le preguntó Castro en el documental a su interlocutora, “¿Qué pasa [ría] si en una cacería, en un accidente de estos, yo le doy un tiro a

Jrushchov?”

     El sólo hecho de que Castro haya recordado tan vívidamente el hecho, y que lo haya narrado con lujo de detalles, incluyendo lo que le pasó por la mente, indica que tiene una mentalidad patológicamente enrevesada. Pero, en realidad, lo que posiblemente le pasó por la mente fue asesinar a Nikita Jrushchov quien, según Castro, lo había traicionado y humillado durante la crisis de los cohetes. Todo indica que Jrushchov nunca se percató de lo cerca que estuvo de ser una víctima más en la larga lista de jefes de estado asesinados por el magnicida caribeño.

     Aunque la mayoría de los intentos magnicidas iniciales de Castro fracasaron, sería erróneo pensar que tan sólo fueron elucubraciones producto de una afiebrada mente juvenil. Por el contrario, Fidel Castro ha tenido una larga experiencia en la profesión de asesino, tanto directa como indirectamente, y la evidencia indica que algunas veces ha tenido éxito en su empeño — no sólo en cometer el asesinato, sino en hacerlo impunemente.    La mayor prueba de su habilidad en ese campo probablemente sea el asesinato del presidente norteamericano John F. Kennedy.

15. Fidel Castro: ¿Asesino de Kennedy?

      Poco después de asumir la presidencia en 1963, el presidente Lyndon Baynes Johnson le dijo a algunos amigos cercanos que tenía sospechas de que el asesino del presidente John F. Kennedy había sido “influido o dirigido” por Fidel Castro como venganza. Con el pasar del tiempo, lejos de disminuir, las sospechas de Johnson aumentaron. Unos pocos años después del asesinato de Kennedy, Johnson le confesó a su amigo Howard K. Smith, “Te voy a decir algo que te hará tambalear: Kennedy estaba tratando de asesinar a Castro, pero Castro lo asesinó a él primero.”

     Parece que Robert Kennedy, el hermano del Presidente, albergaba sospechas similares. Cuando en enero de 1971 el periodista Jack Anderson reportó la historia de los planes de los hermanos Kennedy para asesinar a Fidel Castro, también reportó que Robert Kennedy había quedado devastado emocionalmente después de la muerte de su hermano. Robert creía que sus intentos de asesinar a Castro podrían haber provocado el asesinato de

su hermano.

      Pero el Presidente Johnson y Robert Kennedy no eran los únicos que albergaban sospechas sobre la participación de Castro en el asesinato del Presidente Kennedy. Otro que tenía las mismas sospechas era el juez del Tribunal Supremo Earl Warren. Warren le contó en privado a unos amigos que “uno de los principales sospechosos” en el asesinato de Kennedy era Fidel Castro.

     También tenía las mismas sospechas el ex embajador norteamericano en México Thomas Mann. Según lo expresó,

Castro es el tipo de persona que se vengaría de esta forma. El es el tipo de extremista que reacciona emocional en vez de intelectualmente, y sin preocuparse mucho por los riesgos. La historia de su vida lo demuestra.

     El Senador Robert Morgan, miembro del Comité Senatorial de Inteligencia (también llamado “Church Committee”), fue aún más categórico. Según él, no sólo tenía sospechas, sino que estaba totalmente convencido de que Castro había sido el asesino del Presidente Kennedy. Según afirmó Morgan,

No me cabe la menor duda de que Fidel Castro, o alguien siguiendo sus órdenes, asesinó a John F. Kennedy como venganza por nuestros intentos de asesinarlo a él.”

     El Presidente Johnson y el resto de los que como él tenían sospechas del papel de Castro en el asesinato de Kennedy tal vez no estaban lejos de la verdad, porque Castro tenía sobradas razones para vengarse. El mismo día que Kennedy fue asesinado en Dallas, Desmond Fitzgerald, un alto oficial de inteligencia de la CIA y amigo personal del Fiscal General Robert Kennedy, sostuvo una entrevista secreta con Rolando Cubela para planear

el asesinato de Fidel Castro.261 Pero mucha gente sospecha que Cubela actuaba como un doble agente, siguiendo órdenes del propio Castro.

     Tal como sus colaboradores cercanos pueden atestiguar, Castro es una persona muy vengativa. Nunca perdona una ofensa, real o imaginaria, en particular cuando cree que alguien lo ha humillado. Y no cabe duda de que Castro se sintió muy humillado con el resultado de la crisis de los cohetes de 1962. Algunos testigos presenciales han narrado con lujo de detalles la perreta que cogió cuando le dieron la noticia de que Jrushchov y Kennedy habían resuelto la crisis a sus espaldas, ignorándolo por completo. Según contó Che Guevara, Castro pateó una pared con tal fuerza que el impacto desprendió un espejo que se rompió en mil pedazos.

     Yo mismo fui testigo presencial de una de las explosiones de ira de Castro cuando, pocos días después de terminada la crisis, nos dijo a un grupo de estudiantes en la Universidad de La Habana que Nikita Jrushchov era “un maricón”, y John F. Kennedy era un “millonario comemierda” y un “hijo de puta”.

     En honor a la verdad, Castro tenía razones suficientes para sentirse humillado. Theodor Sorensen señaló que algunas de las medidas que los asesores del Ex-Comm (Executive Committee of the National Security Council) le sugirieron a Kennedy que tomara durante la crisis, tales como los vuelos de reconocimiento a baja altura sobre Cuba, no sólo tenían por

objetivo un mejor reconocimiento aéreo, sino también hostigar y humillar a Castro.

     Los presidentes norteamericanos están rodeados en todo momento por un estrecho anillo de seguridad, formado por agentes altamente calificados del Servicio Secreto. Aunque un asesino solitario siempre tiene la ventaja de la iniciativa y la sorpresa, existe evidencia incontrovertible de que, poco antes del asesinato, los agentes del Servicio Secreto recibieron órdenes de retirar el anillo de seguridad que protegía a Kennedy. Pocos minutos después se llevó a cabo el asesinato.

     Obviamente, ni la Mafia, ni los cubanos anticastristas de Miami, ni los sur vietnamitas, ni ninguno de los otros grupos que han sido mencionados como posibles culpables del asesinato, tenía la autoridad para ordenarle al Servicio Secreto que dejara sólo al presidente. Tan sólo unos pocos altos funcionarios del gobierno norteamericano tenían esa autoridad.

     Lee Harvey Oswald, el presunto asesino, fue tan sólo un chivo expiatorio: un candidato de la Manchuria similar a Roa Sierra. Como en el caso de Roa Sierra, el plan era eliminarlo una vez que los verdaderos asesinos hubiesen asesinado a Kennedy. Pero todo indica que a última hora Oswald se olió que algo se tramaba y logró escapar. Una vez en custodia, otro agente de los conspiradores, Jack Ruby, asesinó a Oswald. Poco después Ruby fue a su vez asesinado.

     Pero pocos saben que, poco antes del asesinato, Ruby había estado en Cuba en dos oportunidades. Según él, el motivo de su visita había sido para entrevistarse con Santo Trafficante, su amigo de la Mafia que se encontraba preso en Cuba. Sin embargo, muchos sospechaban que en realidad Trafficante trabajaba para Castro.

     No voy a adentrarme aquí en una explicación detallada, que sería demasiado larga, de los hechos que apuntan hacia Fidel Castro como partícipe en el asesinato de John F, Kennedy. Baste decir que ya hay autores que han señalado esa posibilidad y brindado pruebas irrefutables de esa participación. Véase, por ejemplo, el libro de Gus Russo Live by the Sword,264 el documental de Wilfried Huismann Rendezvous with Death, y mi propio libro The Secret Fidel Castro, en el que dedico todo un capítulo a ese tema. Pero, como verán más adelante, en mi caso he avanzado un paso más, y ahora estoy convencido de que tanto el asesinato de Kennedy, como el de Gaitán, el de Allende, y posiblemente el de Che Guevara, fueron operaciones conjuntas ejecutadas por Castro y la CIA siguiendo órdenes de los banqueros de Wall Street y los magnates petroleros aglutinados en el Consejo de Relaciones Exteriores.