domingo, 27 de agosto de 2017

EL BOGOTAZO LIMPIO-2DA.PARTE FIDEL CASTRO.-TEMAS 7- 8- 9



7. El “marxista” Fidel Castro

     La prueba esencial de la supuesta verdadera filiación ideológica de Fidel Castro, que aparece citada una y otra vez por casi todos los autores “serios” que han estudiado el tema, es la auto confesión ofrecida por el propio Castro el 2 de diciembre de 1961 en un discurso en el que proclamó, después de varias horas de su cantinfleo típico en el que se empeñó en explicar lo inexplicable, como, a pesar de que nunca fue miembro del Partido Socialista Popular, de que los comunistas lo detestaban, y de que era un ignorante total en materia de teoría marxista, siempre había sido marxista de corazón, y lo sería hasta el último instante de su vida.

     La inesperada revelación tomó por sorpresa no sólo a los comunistas cubanos, sino también a los soviéticos, quienes la recibieron con justificado escepticismo. Paradójicamen-te, fueron los anticastristas cubanos en la Florida quienes la acogieron con beneplácito. Los anticastristas del exilio siempre han mantenido que Castro es un mentiroso compulsivo (fue Mario Lazo quien le puso el mote de “el gran mentiroso”), en lo que coinciden con la mayoría de quienes conocieron personalmente al tirano en sus años de juventud.

     De modo que, cuando Castro afirmó que Cuba era ahora el país más democrático del mundo, los exiliados anticastristas respondieron: ¡Mentira! Cuando Castro dijo que había acabado con el analfabetismo, dijeron: ¡Miente! Cuando Castro afirmó que en Cuba no había desempleo, clamaron: ¡Mentiroso!, y así por estilo. Pero, cuando un buen día el gran menti-roso afirmó que toda la vida había sido marxista y comunista, los anticastristas del exilio gritaron todos a una: “Vean: Dice la verdad. Es marxista. Es comunista.”

     
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 En su desesperada urgencia por hallar un argumento que desacreditara al tirano, los anticastristas del exilio adoptaron sin reservas una definición castrista del castrismo. Implí-citamente aceptaron las palabras del mentiroso en un área ideológica clave en la que nunca debieron haber aceptado sus ideas sin un previo análisis profundo. Sin proponérselo, de esa forma ayudaron no sólo a la legitimización del tirano, sino que contribuyeron a adjudicarle a la ideología marxista un papel cardinal que nunca había tenido en América Latina.

     Un oficial de inteligencia habría llegado a la conclusión de que el fenómeno era un típico ejemplo de los individuos que han sido conquistados por la propaganda enemiga. Los exiliados anticastristas han basado su análisis del castrismo en lo que quieren creer, no en los que los hechos señalan. Se empeñan en creer que Castro es comunista, por consiguien-te han creado una infraestructura ideológica inexistente para apoyar esa creencia. Sin saberlo, han caído en una de las trampas más comunes usadas por los servicios de inteli-gencia para engañar al enemigo, que se basa en este principio: si uno desea que lo engañen, alguien lo hará.

     Por otra parte, hay algo que añade más elementos a la confusión ideológica del exilio anti-castrista: el hecho bien documentado de que los servicios de inteligencia castristas han exitosamente penetrado la mayoría de las organizaciones anticastristas del exilio. Un axio-ma del trabajo de inteligencia y espionaje es que las cosas rara vez son lo que parecen ser.

Tal vez nunca lleguemos a determinar hasta qué punto el anticomunismo de los exilados anticastristas ha sido autogenerado o artificialmente implantado en sus mentes por la CIA y los servicios de inteligencia castristas, aunque lo más posible es que sea producto de todos esos factores.

      Una regla esencial del trabajo de inteligencia y espionaje es que la desinformación no puede crearse en el vacío, sino que debe basarse en las creencias ya existentes en la mente de la persona o personas que son blanco del ataque psicológico. Es por eso que los servi-cios de inteligencia usan la desinformación para terminar de convencer a la persona de algo de lo que ya está medio convencida. En el caso de los exiliados anticastristas, el blanco ya estaba maduro para recibir la desinformación.

     Pero el problema de aceptar el autorretrato de Castro como comunista tiene más impli-caciones que las simplemente ideológicas. En primer lugar, porque es una imagen inventa-da por el mismo gran mentiroso para crear una cortina de humo detrás de la que podía ocultar su verdadera cara. Pero los comunistas cubanos y soviéticos, verdaderos expertos

en comunismo, nunca creyeron ni por un instante que Castro fue, o tal vez algún día se convertiría, en comunista. Su asociación con los soviéticos fue un matrimonio forzado, con Castro portando la escopeta, consumado porque los soviéticos creían que iban a benefi-ciarse de la asociación.

     Pero, como muchos otros, los soviéticos muy pronto comprobaron que no es fácil obtener beneficio alguno de una relación con Fidel Castro. En segundo lugar, porque la reducción del problema castrista a la dicotomía de comunismo/anticomunismo trajo como consecuen-cia el error de simplificar un fenómeno mucho más complejo. La prueba de que nunca ha sido una buena idea es que, después de más de medio siglo, Castro sigue en el poder en Cuba y los exiliados cubanos anticomunistas aún se encuentran en los EE.UU. y continúan inventando elaborados planes para derrocarlo.

     Por último, debido a que básicamente son más anticomunistas que anticastristas, los exiliados cubanos nunca se dieron cuenta de los profundos desacuerdos entre Castro y la Unión Soviética (los soviéticos trataron infructuosamente de derrocar a Castro en 1962, en 1968, y probablemente lo estaban planeando de nuevo en 1998) y al parecer nunca pensa-ron en utilizar esas diferencias a su favor mediante una alianza con la Unión Soviética. Por cierto, no ha sido fácil para los exiliados cubanos explicar cómo, después de la caída del comunismo en la Unión Soviética y la Europa del este, Castro, el supuesto títere soviético, todavía está vivo y en el poder en Cuba.

     No obstante, a pesar de la abrumadora evidencia que indica que Fidel Castro nunca fue miembro del pro soviético partido comunista de Cuba, ni que siquiera leyó mucho de litera-tura marxista, algunos autores se han empeñado en probar los vínculos secretos de Fidel Castro con el comunismo internacional. Por ejemplo, Salvador Díaz-Versón, un periodista cubano en el exilio, alega que en febrero de 1948 la agente de la inteligencia soviética Frances MacKinnon Damon reclutó a Fidel Castro en La Habana, y le ordenó que viajara a Bogotá para organizar la Federación Mundial de Juventudes Democráticas, un frente comunista.

     En mayo del mismo año Díaz-Versón testimonió algo similar ante un Subcomité de Seguir-dad Interna del Senado norteamericano en Washington, D.C. Sin embargo, Díaz-Versón no pudo presentar ante el subcomité los documentos que probaban su alegato porque, según él “su archivo privado que contenía las fichas personales de 943 comunistas cubanos”, habían sido confiscados en enero de 1959 y luego destruidos por las tropas castristas. Según Díaz-Versón, el dossier de Castro contenía documentos y fotografías de sus reunio-nes secretas con miembros de la embajada soviética en La Habana.

     Esta teoría parece haber sido confirmada por Alberto Niño, quien fuera Jefe de Seguridad de Colombia durante el Bogotazo. Según Niño, ambos Castro y del Pino llegaron a Colombia portando credenciales de la Federación Mundial de Juventudes Democráticas. De ser cierta, esa información le da validez a la tesis de que el Bogotazo fue una operación comu-nista, llevada a cabo por los servicios de inteligencia soviéticos.

     Pero existe abundante información circunstancial que indica que nada de eso es cierto. La más importante es el hecho irrefutable de que Fidel Castro nunca fue miembro del par-tido comunista de Cuba. En su declaración ante el subcomité del Senado norteamericano, Díaz- Versón mencionó su estrecha relación con el Teniente Castaño Quedado, jefe del Buró de Represión de Actividades Comunistas (BRAC) en La Habana. Por consiguiente, dado que Díaz-Versón no tenía una organización capaz de obtener directamente esos documentos y fotos de vigilancia, no es desacertado suponer que gran parte de la información que Díaz-Versón tenía en sus archivos procedía del BRAC.

     Sin embargo, hay un detalle poco conocido sobre el BRAC, y es que fue una organización creada por la CIA. De hecho, el BRAC se creó en enero de 1955 debido a una propuesta de Allen Dulles, un agente secreto del CFR que llegó a ser director de la CIA. A ese fin, Dulles viajó a La Habana para certificar su apoyo a la nueva organización. Por consiguiente, dado el interés de los conspiradores que controlaban la CIA en validar la relación inexistente de Fidel Castro con el comunismo, hay que llegar a la conclusión que los famosos documentos y fotos que según Díaz-Versón poseía en sus archivos no pasaban de ser desinformación creada por la CIA.

     Otro autor, Nathaniel Weyl, escribió que el joven Fidel Castro había sido reclutado por una conspiración internacional comunista, y enfatizó las actividades estudiantiles de Castro en la política radical de Cuba. Pero, a pesar de lo que alega Weyl, no existe evidencia que pruebe esta acusación. Por su parte, Hugh Thomas, uno de los estudiosos que ha analizado en detalle la vida de Castro, expresó categóricamente que “Castro no era marxista en 1953.”

     Después de que Castro sorprendió al mundo cuando declaró en 1961 que toda su vida había sido un marxista de corazón, algunos autores han tratado de probarlo a posteriori, tal vez con intenciones diferentes. Por ejemplo, Lionel Martin alega que la dirigencia del grupo que participó en el ataque al cuartel Moncada había realizado estudios de marxismo, y añade que varios líderes del Movimiento 26 de Julio habían sido adoctrinados en el marxismo y tenían estrechas relaciones con el partido comunista cubano.

     En un esfuerzo por probar su teoría de que Castro era marxista, Martin alega que en la Universidad de La Habana Castro era amigo de Leonel Soto, Alfredo Guevara, Flavio Bravo y Luis Más Martín, todos ellos miembros de la Juventud Comunista. Pero esta amistad no prueba nada, porque Castro también era amigo de varios estudiantes homosexuales, y no existe evidencia de que fuese homosexual.

     El propio Carlos Franqui, un exmiembro del partido comunista que conoció a Castro de cerca, expuso sus dudas sobre el marxismo castrista en los tiempos en que Fidel era alumno de la Universidad de La Habana,

Fidel, que se pinta marxista desde aquella época, ¿cómo explica que fuera miembro de la UIR [Unión Insurreccional Revolucionaria], organización anticomunista militante, que tiene en su historia el atentado y muerte del líder sindical comunista Aracelio Iglesias, secretario general de los obreros portuarios de La Habana?

     Otro aspecto que los que acusan a Fidel Castro de ser comunista se esfuerzan en desco-nocer es la ignorancia supina de Castro sobre la doctrina y teoría marxista. En un discurso que pronunció poco después del ataque aéreo que precedió a la invasión de Bahía de Cochinos, Castro proclamó por primera vez que su revolución era democrática y socialista. Aún con el calificativo “democrática” antes de socialista, lo más probable es su discurso haya causado un tremendo revuelo en el Kremlin.

     Finalmente, el 2 de diciembre de 1961, Castro le dio otra vuelta a la tuerca cuando, des-pués de admitir sus “prejuicios” burgueses, declaró que siempre había sido Marxista-Leni-nista de corazón. Castro comenzó su maratónico discurso la medianoche del 1ro de diciem-bre y lo terminó cerca de las 5 de la mañana del día siguiente. Loree Wilkerson, la investiga-dora que ha hecho el mejor estudio del discurso, observó que el autoanálisis de Castro no era sino un desesperado intento de alterar el pasado para que se ajustara al presente.

     La auto confesión de fe marxista de Castro fue recibida con sorpresa por los líderes del Kremlin y con extrema sospecha por los jefes de los servicios de inteligencia soviéticos. Cualquier persona con un mínimo de entrenamiento en este campo habría notado que lo que Castro había tratado de crearse era lo que en inteligencia y espionaje se conoce como una “leyenda”, una biografía falsa usada por agentes secretos para cubrir su verdadera identi-dad. Los soviéticos no fueron los únicos sorprendidos. La inesperada conversión de Castro al comunismo causó revuelo en los círculos procomunistas e izquierdistas de todo el mun-do. Sin embargo, fiel al dicho de que quien mucho habla mucho yerra, en enero de 1962 Castro le confesó a un periodista francés que nunca había leído más allá de la página 370 del primer volumen del Capital de Marx.

      El historiador Hugh Thomas, quien hizo unos de los estudios más detallados sobre la historia moderna de Cuba, afirmó que, si lo que Castro afirma es cierto, debe ser el primer líder Marxista-Leninista que casi no ha leído nada de los maestros del marxismo y cuyos discursos no evidencian ninguna influencia de la terminología y los conceptos marxistas.

     Thomas no se equivocó. Muchos años después, Gabriel García Márquez, quien indudable-mente conoce a Castro de cerca, tuvo que admitir que, “Nunca se le ha oído repetir ninguna de las consignas de cartón piedra de la escolástica comunista ni utilizar el dialecto ritual del sistema.”

     Y la causa por la que nunca se le ha oído a Castro repetir ninguna de las consignas del dogma comunista es porque Castro es un ignorante total en materia de marxismo y comunis-mo. Si Castro es marxista, tal vez lo sea de la tendencia Groucho. Lo que Fidel Castro siempre ha sido, es, y será hasta el último instante de su vida, es castrista de pura cepa, aunque con una gran admiración por el fascismo.

     Es interesante comprobar cómo los conspiradores del CFR han usado la prensa y la CIA para cambiar la supuesta ideología castrista ajustándola a las necesidades del momento. Cuando lo del Bogotazo lo convirtieron en comunista, porque eso era lo que les convenía si querían achacarle los sucesos a los comunistas. Después, cuando Castro estaba en la Sierra Maestra en su lucha contra Batista, lo convirtieron en anticomunista, para no asustar a sus ingenuos seguidores y a quienes lo apoyaban en los Estados Unidos. Esta fachada del Castro anticomunista les fue útil hasta comienzos del 1961.

     Después que le sirvieron a Castro en bandeja de plata la victoria de Bahía de Cochinos que lo consolidó en el poder, cambiaron la tonada y lo transformaron de la noche a la maña-na de nuevo en comunista, porque eso era lo que necesitaban para vendérselo a los incautos soviéticos, que estaban desesperados por ganarse nuevos amigos. Desafortunada-mente, nadie le advirtió a los soviéticos que no era prudente aceptar regalos de los nortea-mericanos, especialmente cuando el regalo era un caballo.

     De modo que el tan cacareado marxismo y comunismo del tirano fascista caribeño no pasa de ser una entelequia concebida por el gran mentiroso para ocultar su verdadera ideología tras una cortina de humo. Hoy día, después de que en Cuba han reaparecido corregidos y aumentados los peores males y vicios del capitalismo desenfrenado, y el tirano se ha transformado en un clonado de Batista, Duvalier, Trujillo y Somoza unidos en un monstruo Frankensteiniano, muy pocos todavía se atreven a hablar del comunismo y el marxismo de Castro; aunque haya quien todavía habla sin sonrojo de “un estado más equi-tativo” en Cuba.

      Entonces, ¿por qué los “izquierdistas” y “progresistas” norteamericanos y latinoamerica-nos aún le profesan una particular admiración? ¿Cuál es el último reducto de los fidelistas? Pues que, a pesar de todo y dígase lo que se diga, Fidel Castro es el único líder latinoame-ricano que se ha parado firme frente al imperialismo norteamericano, a pesar de más de medio siglo de hostigamiento, agresiones e intentos de asesinato; una imagen que el propio Castro y sus amos del CFR se han esforzado en crear y mantener.

     Pero, dada la larga historia de duplicidad demostrada por Castro, ¿no será esta imagen antinorteamericana otra de sus bien elaboradas mentiras? Su amigo de juventud Luis Conte Agüero, escribió en 1968 que Castro “Ha desprestigiado al imperialismo comunista y favorecido a los norteamericanos.”

      Y agregó que, “Tan beneficiosa ha sido su labor para la causa del “odiado yankee”, que no sería extraño que en alguna oportunidad lo acusaran de traidor y de agente de la CIA.”

8. Las raíces fascistas del castrismo

     En su larga carrera política, Castro ha demostrado ser un gran destructor de organizacio-nes. Una vez que tomó el poder en Cuba en 1959, utilizó el Ejército Rebelde para destruir su propio Movimiento 26 de julio (M-26-7). Luego, utilizó a la recién creada milicia, “controlada” por los comunistas, para destruir al Ejército Rebelde. Por último, recuperó el control sobre el ejército y la milicia, y creó su propio partido “comunista” después de destruir el verda-dero.

     Los miembros del viejo Partido Comunista que se plegaron a su voluntad y se unieron al nuevo partido “comunista” de Castro se ganaron la supervivencia política. Los que se nega-ron, terminaron en el exilio, en la cárcel, o frente a los pelotones de fusilamiento.

     Como los políticos corruptos de antaño, Fidel Castro es un oportunista. Cabe destacar que sus objetivos principales en la vida han sido la supervivencia y el poder político. La evidencia indica que, a pesar de los homenajes verbales al marxismo y al comunismo, Castro nunca se ha comprometido con ningún movimiento político o ideología, por lo menos no hasta el punto de verse obligado a defender posiciones ideológicas que obstaculicen su verdaderas metas.

     ¿Cuáles son, entonces, los verdaderos ideales de Castro, su raison d’être? Es difícil de decir, pero tenemos algunas pistas. Castro ha sido siempre un soñador y nunca se ha considerado un político. Una de las razones de su incapacidad para tener éxito en ningún campo antes de que se convirtiera en el líder máximo de Cuba, eran sus intereses dispersos. Castro siempre ha sido el gran dilettante, vehementemente en contra de especializarse en algún campo en particular. Sus talentos son más del tipo de supervisión que los de ejecución. Por tanto, no es de extrañarse que haya tenido éxito en el campo de la política.

      En realidad la política era un trabajo hecho a su medida. Los políticos por lo general no saben nada de nada, excepto las líneas generales de su programa de partido, pero tienen sus propias ideas en cuanto a cómo debe ser llevado a cabo. Sin embargo, en el caso de Castro, si uno escarba lo suficiente para hallar una ideología política subyacente, encontra-mos que su pensamiento y acciones están más cerca del fascismo que de cualquier otra ideología.

     Fidel Alejandro Castro Ruz nació el 13 de agosto de 1926, en Birán, un pequeño pueblo fundado por la United Fruit Company cerca de Mayarí, en la costa norte de la provincia de Oriente. Pasó sus primeros años en la finca Manacas, cerca de Birán, propiedad de su padre, Ángel Castro. Cuando Fidel llegó a la edad escolar de la enseñanza media, sus padres lo enviaron a Santiago de Cuba, la capital de la provincia de Oriente, para estudiar en la escuela católica de los hermanos de La Salle. Después de un corto período de tiempo fue trasladado a la Escuela de Dolores, de los jesuitas. En 1942, después de terminar la enseñanza media, fue enviado a cursar el bachillerato al prestigioso Colegio de Belén en La Habana, también operado por los jesuitas.

     En Belén Fidel se destacó como atleta, orador incansable y buen estudiante, tal vez no muy brillante, pero con una prodigiosa memoria fotográfica. Algunos de sus ex-compañeros de clase afirman que en Belén el joven Fidel cayó bajo la influencia de los padres jesuitas Armando Llorente y Alberto de Castro (sin relación con Fidel).

    Los sacerdotes jesuitas del Colegio de Belén, al igual que la mayoría de los curas católicos españoles en Cuba, eran firmes partidarios de la Falange de Francisco Franco, un tipo particular de fascismo español, y albergaban profundos sentimientos antinorteamerica-nos. Estos sacerdotes inculcaron su entusiasmo por su causa antinorteamericana en las mentes impresionables de algunos de sus jóvenes discípulos en Belén. En particular, el Padre Alberto de Castro, que enseñaba historia de América Latina, tuvo un papel cardinal en inculcar estas ideas. Según él, la independencia de América Latina se había frustrado debido a la adopción de valores y tradiciones materialistas anglosajonas, que suplantaron la dominación cultural española.

     De Castro siempre hacía hincapié en cómo Franco había liberado a España de los anglosajones y el materialismo comunista marxista-leninista. También hacía énfasis en que los que tienen la verdad, que sólo es revelada por Dios, tienen el deber moral de defenderla

contra todos. El Padre de Castro siempre rechazó los compromisos ideológicos y clamaba por la purificación de la sociedad.

     El joven Fidel fue rápidamente cautivado por las enseñanzas de sus profesores jesuitas, y en particular por las ideas del Padre de Castro. Algunos de sus compañeros de estudios afirman que, desde esa época, Fidel había leído la mayor parte de las obras de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española. José Pardo Llada, un comentarista de radio y político que en algún momento fue colaborador cercano de Castro, observó que en su campamento en la Sierra Maestra Fidel tenía las obras completas de Primo de Rivera. Tal parece que Fidel estaba tan fascinado con los discursos de Primo de Rivera, que muchos de estos los sabía de memoria.

     También sentía admiración por la imagen de Primo de Rivera, un hombre rico que lo abandonó todo y se fue a luchar por aquello en lo que creía. Algunos de sus compañeros en Belén afirman que Fidel era también un gran admirador de otros líderes fascistas, como Hitler, Mussolini y Perón.

      Entre las lecturas preferidas de Castro estaba una colección de ocho volúmenes con los discursos de Mussolini. Por otra parte, Castro le dijo cierta vez a un amigo que había aprendido muchas cosas acerca de la propaganda mediante el estudio de Mi Lucha de Hitler, que también sabía de memoria. Algunos amigos recuerdan que el joven Fidel había puesto en una de las paredes de su habitación un gran mapa de Europa, donde había

marcado los avances victoriosos de los panzers de la Wehrmacht.

     Carlos Rafael Rodríguez, un ex dirigente del Partido Comunista original de Cuba que más tarde se convirtió en seguidor de Castro, ha confirmado estas historias. En una entrevista con uno de los biógrafos de Castro, Rodríguez le dijo que recordaba un artículo sobre Cas-tro publicado en el periódico conservador Diario de la Marina, cuando Castro era alumno del Colegio de Belén. El artículo menciona que Castro siempre “hablaba sobre el fascismo de una manera favorable.”

     Otro libro favorito de Castro era La técnica del golpe de estado, de Curzio Malaparte. Este libro ejerció una influencia tan fuerte en el joven Fidel Castro que, cuando viajó a Colombia en 1948, una de las primeras cosas que hizo fue dar una charla sobre las técnicas del golpe de estado.

     El Padre Alberto de Castro había fundado en el Colegio de Belén una sociedad secreta elitista llamada Convivio, a través de la cual atrajo a jóvenes estudiantes con cualidades de liderazgo. Dado que la Orden Jesuita está a cargo de la inteligencia y el espionaje de la Iglesia Católica, no es descabellado suponer que el padre de Castro era en realidad un localizador de talento para los servicios de inteligencia del Vaticano.

     Al igual que sus homólogos de la CIA y la KGB, los jesuitas están conscientes de las ven-tajas del reclutamiento temprano de agentes y agentes de influencia entre las filas de los estudiantes. La mayoría de los estudiantes del Colegio de Belén provenían de la clase alta cubana, y los jesuitas sabían que muchos de ellos con el tiempo acabarían ocupando altos cargos en la economía cubana, la prensa, las fuerzas armadas y el gobierno.

     Fidel Castro pronto se convirtió en uno de los miembros más activos de Convivio. En 1943, el padre de Castro y sus discípulos de Convivio firmaron un pacto secreto en el que juraron luchar por una América hispana grande y unida, que se opusiera al control de los traicioneros anglosajones sobre el Nuevo Mundo.

     El Dr. José Ignacio Rasco, compañero de escuela de Fidel en Belén, recuerda que en una ocasión, durante una discusión académica, Fidel defendió, como una tesis, la necesidad de un buen dictador en lugar de una democracia. Fidel creía que, en el caso específico de Cu-ba, los problemas seguirían sin resolverse a menos que una mano fuerte tomara el control de la isla, ya que la democracia había demostrado ser incapaz de resolver los problemas.

     Los comunistas cubanos, y los soviéticos a través de ellos, conocían las ideas de Fidel en relación a la lucha de clases, lo que explica por qué nunca confiaron en él ni lo consideraron uno de los suyos. En uno de sus esclarecedores estudios sobre el castrismo, Theodore Draper publicó una carta que Castro escribió a su amigo Luis Conte Agüero el 14 de agosto de 1954. En ella Fidel le informa acerca de su objetivo de “organizar a los hombres del 26 de julio y unir a todos los combatientes en un haz indestructible.”

     Haces (el plural de haz), es la versión en español de fasces, la palabra latina usada después para designar el fascismo. Fidel creía firmemente que, en lugar de la lucha de masas del proletariado organizado que predicaban los comunistas, el liderazgo por sí sólo

podría proporcionar el catalizador que movilizara al pueblo en la revolución.

     En una carta a su amigo Luis Conte Agüero, Castro hace hincapié en las dos condiciones que él considera más importantes que su movimiento M-26-7 debía lograr. Ellos son la disci-plina y el liderazgo, especialmente este último. El axioma de Castro “la jefatura es básica”, que repetía una y otra vez en sus artículos, cartas y discursos, está más estrechamente relacionado con el principio del liderazgo (führerprinzip) nazi que con cualquier principio marxista conocido.

     El principio del liderazgo es parte integral básica de todos los sistemas fascistas. Contra-riamente a lo que hemos visto en la mayoría de los países comunistas, la personalidad de los líderes ha jugado un papel crucial en todos los regímenes fascistas. Como el estudioso del fascismo Walter Laqueur ha señalado con razón, “el liderazgo como institución y símbolo ha sido una parte esencial del fascismo y uno de sus específicas características, en contraste con las formas anteriores de la dictadura, como el gobierno militar.”

     Aunque no todos los líderes fascistas han sido carismáticos, la personalidad del líder siempre ha jugado un papel importante en los regímenes fascistas. Es sintomático, sin em-bargo, que los dos movimientos fascistas más conocidos en la historia de la humanidad han sido, precisamente, los dirigidos por dos líderes carismáticos: Mussolini y Hitler. Por el con-trario, la idea del líder carismático está totalmente ausente del pensamiento marxista. Ni siquiera en los tiempos de Stalin o Mao éstos fueron llamados “carismáticos”; una de las mayores críticas a Stalin después de su muerte fue su llamado “culto a la personalidad”.

     Por el contrario, los marxistas y comunistas siempre han restado importancia al papel del individuo, dando más importancia al papel de las masas. Aún más, el odio visceral de Castro contra el capitalismo, una de las supuestas pruebas de sus inclinaciones comunistas, no es evidencia de que haya sido izquierdista o marxista, porque los fascistas también se caracte-rizaban por atacar el capitalismo y el imperialismo extranjero.

     Durante los años previos a la Segunda Guerra Mundial, estaba de moda entre los intelec-tuales cubanos simpatizar con las teorías totalitarias de los entonces miembros del poderoso eje Roma-Berlín-Tokio. Fue tan sólo después de la Segunda Guerra Mundial y la derrota nazi, cuando Fidel Castro era estudiante de la Universidad de La Habana, que las ideas del comunismo comenzaron a ganar popularidad en Cuba, aunque todavía el fascismo

atraía a un gran número de la intelectualidad cubana.

     Desde muy temprana edad Fidel evidenció una fuerte vocación totalitaria. Conociendo su personalidad psicopática y su ansia de poder personal absoluto, es fácil concluir que se trataba tan sólo de una cuestión de pragmatismo político cuál de las dos ideologías, el fascismo o el comunismo, mejor le serviría a sus propósitos. El Dr. Raúl Chibás, por  algún tiempo aliado político de Castro, afirmó que creía que Fidel estaba “utilizando el comunismo como el sistema más adecuado para alcanzar los objetivos del gobierno de un solo hombre”. Chibás opinaba que Castro se valió del comunismo totalitario para implementar el gobierno dictatorial en Cuba, pero, “Veinticinco años antes podría haber sido el nazismo o el fascismo”.

     Varios años después de que Castro tomó el poder en Cuba, se supo que algunas personas en el Departamento de Estado de EE.UU. estaban convencidas de que Castro iba a seguir un camino fascista. Las razones para tal creencia eran que el estilo de liderazgo de Castro se aproximaba más a la dictadura falangista española que a la de los marxistas. Otras razones eran las similitudes entre las técnicas de Castro y las de los nazis y de Musso-lini. Esas técnicas ponían énfasis en el nacionalismo y la movilización de masas, exactamente las mismas técnicas que Castro estaba usando en Cuba.

     Al parecer no estaban equivocados. Un análisis detallado de la estrategia de Castro desde los primeros días de la revolución demuestra que sus ideas se asemejan más al fascismo que al marxismo y, desde el principio, los comunistas cubanos notaron las simili-tudes. Como he mencionado anteriormente, después que Castro asaltó el cuartel Moncada en 1953, los comunistas cubanos criticaron la acción y calificaron a sus participantes de “golpistas” y “pequeños burgueses”, términos que en la jerga comunista de esos tiempos connotaban fascista.

     Además, el movimiento revolucionario dirigido por Fidel nunca fue definido por los comunistas cubanos como marxista o marxista-leninista, sino “pequeño burgués” y “nacio-nalista”, una descripción común utilizada por los marxistas para describir el fascismo. Los comunistas cubanos, que eran verdaderos expertos en cuestiones ideológicas, siempre vieron a Castro como un fascista. Es por eso que llamaron el ataque al cuartel Moncada “un intento putschista.” La historia ha demostrado que tenían toda la razón.

9. ¿Un führer caribeño?

     Un somero estudio del pensamiento y el comportamiento político de Fidel Castro indica claramente no sólo la carencia de los más elementales rudimentos de marxismo sino una gran influencia de los clásicos del fascismo; hecho que detectaron hace muchos años Hugh Thomas, este autor, Georgie Anne Geyer y el profesor de la Universidad de Berkeley A. James Gregor, quien calificó el castrismo de “variante tropical del fascismo”.

     No es marxismo, sino fascismo, las repetidas menciones de que “la jefatura es básica” que aparecen en sus escritos de la Sierra Maestra. No es marxismo, sino fascismo, lo que rezuma la teoría foquista de tomar el poder a través de golpes de estado, que Castro le sopló al oído a Regis Debray.

     Pero estos no son los únicos indicios de la tendencia fascista de Fidel Castro. Por ejem-plo, las palabras finales de su autodefensa en el juicio por el asalto al cuartel Moncada, “Condenadme, no importa, la Historia me absolverá”, son demasiado similares a las últimas palabras de Hitler en su propia defensa en el juicio por el frustrado putsch de 1923, “Conde-nadme, no importa, la Diosa de la Historia me absolverá”. La similitud no pasó desapercibida para los comunistas cubanos

     Ciertos elementos de los símbolos seleccionados por Castro para sus movimientos polí-ticos también apuntan hacia el fascismo. Por ejemplo, los colores de la bandera del Movi-miento 26 de julio eran rojo, negro y blanco. Esto es poco usual porque, a pesar de que el rojo y el blanco son los colores presentes en la bandera cubana, el negro no aparece en ninguno de los símbolos nacionales cubanos.

     Hugh Thomas cree que, inconscientemente, Castro tomó la idea de los colores de la bandera anarquista. Sin embargo, rojo, blanco y negro son también los colores de la bande-ra nazi con la svástika. El hecho de que Castro aprobara o sugiriera el uso del color negro en la bandera del M-26-7 puede haber sido tan sólo el producto de una coincidencia, pero cuando uno lo ve en conjunto con otra información se evidencia que tenía un simbolismo muy específico.

     Las primeras unidades de la milicia, creadas en la Universidad de La Habana, llevaban camisas oscuras muy parecidas a las de los nazis. Más aún, en algunas de las primeras con-centraciones de masas en la Universidad las milicias desfilaron portando antorchas. La semejanza con las tropas de asalto nazi llegó a ser tan evidente que la milicia de la Univer-sidad pronto cambió sus uniformes por unos más convencionales.

     Pero, lejos de ser una nueva idea, la milicia de la Universidad con sus antorchas y sus camisas oscuras eran en realidad un viejo sueño de Fidel Castro. El 27 de enero de 1953, en la víspera del centenario del nacimiento de José Martí, un grupo de seguidores de Fidel se presentó en la Universidad. Luego, bajaron por la escalera central marchando hombro con hombro y portando antorchas en un impresionante desfile al estilo nazi.

     Cuando Castro se encontraba en México enfrascado en la preparación de la invasión de Cuba, alguien lo denunció a la policía secreta mexicana, la cual detuvo a algunos de los revolucionarios y registró la casa en que vivían. Entre las cosas que la policía mexicana halló estaba un ejemplar de Mi lucha de Hitler el cual, según algunos que lo conocían de cerca, Castro siempre tenía a mano.

     Una autora y periodista norteamericana halló que, “durante sus días de universidad de La Habana, Castro leía a Marx, y el Mi lucha de Hitler” y ambos libros ejercieron una gran influencia en él. Por su parte, Mario Llerena, miembro prominente del M-26-7, afirmó que algunos habían notado en Fidel muchas de las características de un dictador fascista, y que

A menudo había oído decir que uno de los libros favoritos de Fidel era Mi lucha. La evidencia muestra que Castro siempre estuvo muy familiarizado con las ideas de Adolfo Hitler.

     Por ejemplo, sus seguidores más cercanos llamaban a Hitler “el Führer” (el jefe). Entre su círculo íntimo Fidel Castro es llamado “el jefe”. Hitler deshumanizó a sus enemigos llamán-dolos alimañas. Castro llama a sus opositores gusanos. Castro utilizó la palabra “bandidos” para denominar a los patriotas cubanos que luchaban una guerra de guerrillas contra él en

las montañas del Escambray. Por su parte, una instrucción especial de la Oberkommando nazi, fechada el 23 de agosto de 1942, ordenó que, por razones psicológicas, el término “guerrilleros” no se debía utilizar, sino “bandidos.” Es evidente que Castro, un ávido lector de literatura nazi, copió el uso de estos términos de los nazis.

     En los primeros años de la revolución, era común escuchar a los asistentes a los mítines y asambleas de masas cantar rítmicamente a coro: “Fidel!, Fi-del!, Fi-del!”. El coro monótono se asemeja demasiado al “Zieg- Heil!, Zieg-Heil!, Zieg-Heil!” [pronúnciese Sig Jail] de los na-zis. Un lema común en la Alemania de Hitler era: “El Führer ordena, nosotros obedecemos”. El lema castrista era: “Comandante en Jefe: ¡Ordene!” Evidentemente, hay demasiadas similitudes entre el castrismo y el nazismo para que tan sólo sean producto de la casualidad.

     En un discurso pronunciado en Santiago de Cuba a principios de 1959, Castro denunció la “mal intencionada” prensa de Estados Unidos y lanzó la idea de un servicio latinoameri-cano internacional de noticias, escritas en nuestro propio lenguaje. Inmediatamente, Castro comenzó a reclutar periodistas y, a principios de marzo de 1959, creó la agencia de noticias Prensa Latina, totalmente bajo su control.

     Curiosamente, la idea de Castro se parecía mucho, incluso en el nombre, a una similar que otro dictador fascista de América Latina había tenido muchos años antes. El dictador no fue otro que Juan Domingo Perón, quien creó la Agencia Latina, un servicio de noticias que fielmente llevaba a cabo el trabajo de propaganda de su régimen. La analogía entre los nombres y los objetivos de las dos agencias de noticias se torna aún más sorprendente cuando uno descubre que Castro nombró como director de Prensa Latina a Jorge Ricardo Massetti, un periodista argentino, amigo íntimo del Che Guevara, que había trabajado para la Agencia Latina de Perón.

     No sólo los comunistas cubanos, sino también los trotskistas, notaron la extraña afinidad entre el nazismo y el castrismo. En abril de 1961, The Militant, una revista trostkista, publicó un artículo titulado “Señales de peligro en Cuba”, en el que el autor señalaba las similitudes entre Hitler y Castro.

    A pesar de los intentos más retóricos de Castro de convertir a posteriori la rebelión contra Batista en una revolución de los pobres, la verdad es que en gran medida la rebelión fue un fenómeno de la pequeña burguesía. En realidad, la rebelión armada de Castro fue recha-zada por la mayoría de los negros cubanos, que engrosaron el ejército de Batista, así como por la mayoríade las masas pobres de las zonas urbanas y rurales, que vieron con apatía los toros desde la barrera.

     Un somero estudio de la rebelión en contra de Batista revela que no fueron ni el “imperia-lismo yankee” ni las condiciones económicas en Cuba los responsables de la supuesta conversión de Fidel Castro al “comunismo”. Acrecienta aún más el misterio y la complejidad del enigma el hecho de que nunca el Partido Comunista de Cuba se opuso a Batista. Por el contrario, los comunistas cubanos se opusieron a todos los movimientos en contra de Batis-ta, entre ellos el de Fidel Castro. Entonces, ¿cómo pudo Cuba convertirse en un estado comunista, cuando los comunistas cubanos se opusieron a la revolución que produjo ese estado? Si Castro era comunista, ¿por qué el partido comunista inicialmente mantuvo una actitud tan despectiva hacia sus operaciones militares? Si Castro en realidad era comunis-ta, ¿por qué un oficial de la CIA, que testificó en 1959 ante un subcomité del Congreso de los EE.UU., declaró que la evidencia disponible no justificaba esa conclusión?

     Existen pruebas circunstanciales que indican que el motivo principal por el que Castro trató de probar su filiación marxista no era porque creía en el marxismo, sino porque sabía que sólo el comunismo o el fascismo le permitirían mantener el poder ilimitado que había conseguido de repente. Sin embargo, tal como he explicado más arriba, la historia de Fidel Castro muestra que sus ideas se acercaban más al fascismo que al comunismo. Pero el fascismo, sobre todo después de la derrota de la Alemania nazi, ya no estaba de moda, por eso adoptó el disfraz de comunista.

     Como bien observó el profesor de la Universidad de Berkeley PaulSeabury,

En otra coyuntura de conflictos internacionales, Castro bien podría haber sido simplemente un fascista antinorteamericano. En realidad, la filosofía de activismo revolucionario de Castro se parece más a la de Mussolini que a la de Lenin.

     La decisión de declarar su revolución marxista fue la estratagema que Castro usó para engañar a amigos y enemigos por igual. Como lo que más temía era la pérdida del poder que había obtenido ilegalmente, tomó el único camino que le facilitaría mantener su liderazgo por siempre; el camino del “comunismo”.

     En febrero de 1959, Castro aprobó un decreto llamado la “Ley Fundamental de la Revolu-ción.” El decreto no sólo canceló todos los derechos constitucionales de los ciudadanos, sino que también trasladó el poder legislativo al gabinete, que él controlaba. Esta ley draconiana y antidemocrática fue el equivalente de la Ley de Habilitación en Alemania, que le dio poderes dictatoriales a Adolfo Hitler, o el Patriot Act de los EE.UU, que le otorgó poderes dictatoriales a George W. Bush.

     Inmediatamente después de haber aprobado la ley, Castro asumió el cargo de Primer Ministro y le prohibió al Presidente títere que él mismo había nombrado que asistiera a las reuniones del gabinete . Tan sólo seis meses después de que Castro se apropió del poder en Cuba en 1959, el éxodo de cubanos que huían del país había cobrado impulso. Día tras día, cientos de cubanos (niños pequeños, personas mayores y parejas jóvenes y de mediana edad) hacían largas colas ante los mostradores de las compañías aéreas con vuelos desde La Habana. Su equipaje personal incluía los triciclos de los niños, las mantas, las fotografías de sus seres queridos, sus cubiertos de plata y prácticamente todo lo de valor que poseían,

como joyas y relojes de oro. En dramáticas escenas que recordaban la fuga de los judíos a principios de la Alemania nazi, los agentes de la Seguridad del Estado castrista en el aero-puerto se incautaban de las propiedades de valor de los que escapaban.

     En los primeros meses de 1962 la oposición al régimen de Castro se extendió por todo el país. Las redadas por las tropas del gobierno se hicieron comunes. Aunque Castro se llegó a graduar de la Escuela de Derecho de la Universidad de La Habana, nunca creyó en el im-perio de la ley, sino en el imperio de los hombres. A los pocos meses de tomar el poder, el sistema judicial de Cuba se trastornó radicalmente. Al igual que en la Alemania de Hitler, en Cuba el poder del líder (führergewalt) se convirtió en la ley absoluta del país, y todos los ca-prichos maníacos de Castro se convirtieron de inmediato en códigos y reglamentos de la ley.

     En 1962 Castro creó los “tribunales militares móviles,” una técnica de exterminio que hizo que todos los crímenes de Batista lucieran pálidos en comparación. Camiones cubiertos tipo panel viajaban por todo el campo, llevando a cabo en el terreno juicios sumarios. Estos tri-bunales militares se enviaban a zonas del campo donde alguien había denunciado anónima-mente disturbios o infracciones a la nueva ley. Las infracciones comprendían un amplio espectro, desde ser “enemigos del Estado”, “hablar en contra del régimen”, hasta “negarse a asistir a la escuela” o “negarse a hacer trabajo voluntario para cortar la caña de azúcar”. Los juicios se llevaban a cabo en sólo unos minutos, y la mayoría de los acusados eran ejecutados en el acto.

     En muchos casos, los ataúdes habían sido llevados con anterioridad y los propios “jue-ces” servían como miembros del pelotón de fusilamiento. Los afortunados que no eran fusilados eran condenados a 30 años de trabajos forzados.

     A principios de 1964, Castro ya había creado un gran sistema de detenciones masivas, con 57 cárceles y 18 campos de concentración con un estimado de 100.000 presos políticos en un estado de servidumbre total al tirano. Aunque muchas personas todavía creen que, a diferencia de otros tiranos totalitarios, Castro nunca incurrió en arbitrariedades o vengan-zas personales, la realidad es bien diferente. A pesar de que Castro ha negado que los pre-sos en sus cárceles son torturados o tratados en forma inhumana, muchos de los presos políticos que han logrado escapar han testificado extensamente sobre lo contrario.

     Desafortunadamente, en estos momentos los EE.UU. ha implementado en la prisión militar de Guantánamo, y en otras prisiones secretas en diferentes partes del mundo, téc-nicas de tortura mental y física muy similares a las que se aplican en las prisiones castristas.

     A comienzos de 1980, la represión generalizada en Cuba había alcanzado niveles intolerables. En abril de 1980, producto de la desesperación, un grupo de familias cubanas en busca de libertad secuestró un autobús de la ciudad y, después de estrellarlo contra la tapia de la Embajada del Perú en La Habana, trató de entrar a la embajada a través de la brecha en la pared. Los soldados cubanos que rodeaban el complejo abrieron fuego y mataron a varios de ellos, incluyendo niños pequeños y mujeres. Los que lograron penetrar en los terrenos de la embajada pidieron asilo político. Unas horas más tarde, un furioso Fidel apareció en la televisión e insultó a los cubanos que se habían refugiado en la embajada con epítetos que iban desde “gusanos” hasta “agentes de la CIA.” Castro terminó su discurso gritando: “No los queremos aquí. ¡Todo el que quiere irse, que se vaya!” Al día siguiente, las palabras de Castro fueron reproducidas en letras grandes y gruesas en la primera página de los periódicos. Pero al parecer la mayoría de los cubanos tomó su consejo al pie de la letra. El gigantesco tsunami de cubanos que escaparon de la isla a través del puerto de El

Mariel luego fue llamado “el éxodo del Mariel”.

     Preocupado por el espectáculo de miles de cubanos que trataban de salir legalmente de la isla, Castro dio marcha atrás. Primero, comenzó a llamar “escoria” a los desesperados cubanos que trataban de escapar de la isla, y añadió que eran delincuentes. Poco después, se le ocurrió la diabólica idea de los “actos de repudio”, en los que se acosaba física y psicológicamente a quienes, siguiendo su propia sugerencia, planeaban salir legalmente del país. Una descripción detallada de los “actos de repudio” va más allá del objetivo de este libro, pero es suficiente decir que fueron una nueva puesta en escena de la persecución inicial a los judíos en la Alemania nazi.140

     El comportamiento de sus turbas en los “actos de repudio”, inspiró a Castro para la crea-ción de otra de sus abominaciones fascistas, las infames Brigadas de Acción Rápida; grupos de matones y delincuentes comunes patrocinados por el gobierno, al parecer inspiradas en los squadristi, los matones callejeros fascistas de Mussolini, y las SA nazis. La tarea principal de las Brigadas de Acción Rápida es la brutal represión de los disidentes cubanos.

     Otra abominación de inspiración fascista creada por Fidel Castro en Cuba son los Comités de Defensa de la Revolución (CDR); grupos de informantes en cada cuadra de la ciudad para espiar a sus conciudadanos. Carente de originalidad, Castro obtuvo su inspiración para los CDR de los blockwarts, una institución muy similar creada por Hitler en la Alemania nazi.
     Aunque ha tomado algún tiempo, al parecer más y más gente en Cuba se ha dado cuenta de las semejanzas entre el castrismo y el nazismo. En 1986, el periódico Granma, órgano oficial del gobierno castrista, publicó en su primera página una fotografía de Castro en una reunión del temido Ministerio del Interior (MININT), la policía secreta de Castro similar a la Gestapo nazi. La foto mostraba a Castro con la mano derecha levantada en el típico saludo nazi y, detrás de él, la palabra “ario” en una pancarta en la pared. La foto había sido captada por un fotógrafo astuto que había encuadrado a propósito las cuatro últimas letras de la palabra “revolucionario” que aparecían en la pancarta. Tan sólo unos cuantos ejemplares del periódico llegaron a la calle antes de que las autoridades castristas descubrieran el subterfugio y confiscaran y destruyeran toda la edición. Acto seguido, una severa purga se llevó a cabo en Granma, y varios periodistas y fotógrafos terminaron en las cárceles de Castro.