domingo, 27 de agosto de 2017

EL BOGOTAZO LIMPIO-2DA.PARTE FIDEL CASTRO- PARTE-TEMAS 4-5-6- ERA CASTRO COMUNISTA?

4. ¿Era Castro comunista en 1948?
     Algunos autores como Nathaniel Weyl y Angel Aparicio Laurencio, han tratado de explicar el Bogotazo como una operación llevada a cabo por los comunistas y que desde temprana edad Castro era un comunista activo. Ambos autores se han basado fundamentalmente en el libro de Alberto Niño “Antecedentes y secretos del 9 de abril”. Niño era el Jefe de Seguri-dad de Colombia cuando los disturbios, y su libro muestra un evidente prejuicio anticomu-nista que se manifiesta en la tendencia a verlo todo como resultado de las acciones de los comunistas.
     Por ejemplo, según Niño, “Por estos mismos días llegaron a Bogotá los reconocidos comunistas cubanos Fidel Alejandro Castro y Rafael del Pino.” No obstante, contrariamente a lo que alega Niño, no existe ni un ápice de evidencia que indique que, antes del Bogotazo, Castro o del Pino estuvieran ligados en forma alguna al Partido Comunista cubano o a alguna organización internacional de comunistas. Por el contrario, algunos que lo conocie-ron de cerca afirman que Castro nunca fue comunista y que del Pino era un anticomunista furibundo. Sin embargo, a pesar de ser un anticomunista convencido, Niño muestra una ignorancia supina sobre la ideología y las tácticas de los comunistas. Por ejemplo, como prueba de que Castro y del Pino eran comunistas, Niño provee la información de que, el día previo a los disturbios, los cubanos asistieron a una reunión de la Organización Colombiana del Trabajo, en la que disertaron sobre las técnicas del golpe de estado y la organización de un paro general. Sin embargo, tan sólo un estudio superficial de la literatura comunista muestra que los comunistas siempre se han opuesto a los golpes de estado, por considerar-los una técnica fascista.

     
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 En un esfuerzo por convencer al público de que Castro era comunista, un parte de prensa de la United Press, fechado el 19 de abril de 1948, detalla como, según un empleado del Hotel Claridge, dos detectives colombianos se personaron en el hotel y, después de regis-trar minuciosamente la habitación de los cubanos, hallaron parte de su correspondencia personal, la cual abrieron en su presencia. Según el empleado, la correspondencia evidenció que los cubanos eran miembros del Partido Comunista cubano.

     Según el parte de prensa, los detectives también encontraron, y confiscaron como evidencia, carnets de identificación con fotos, que identificaban a Castro y a del Pino como agentes de primera clase del Tercer frente de la Unión Soviética en América Latina. Otras fuentes mencionaron que en algunas de las cartas de los cubanos los investigadores halla-ron planos del Capitolio colombiano y del edificio donde se celebraba la conferencia.

     Alberto Niño también menciona que, entre las cosas de los cubanos ocupadas el 3 de abril por la policía, se encontraba una carta de una tal “Mirtha” dirigida a Fidel Castro (se trataba de Mirtha Díaz-Balart, la novia de Castro, con la que contrajo matrimonio poco des-pués. Aunque esencialmente se trataba de una carta de amor, la misma contenía una frase reveladora: “Recuerdo que tú me dijiste que ibas a Bogotá para provocar el estallido de una revolución”.

     Otra fuente menciona que, al despedirse en Cuba de su novia, Castro le dijo que viajaba a Colombia para comenzar una revolución. La frase de la carta también parece confirmase por el hecho de que el día antes de que estallaran los disturbios, Castro y del Pino habían asistido a la reunión antes mencionada, donde Castro habló sobre las técnicas de una huelga general y la toma del poder por vía de las armas; lo que se conoce como putsch o golpe de estado.

     Después del Bogotazo, Castro mantuvo su preferencia por la táctica fascista del golpe de estado. En 1957, cuando estaba en las montañas de la Sierra Maestra enfrascado en su lu-cha guerrillera contra el régimen del presidente-dictador Fulgencio Batista, Castro hizo un llamado a una huelga revolucionaria como paso inicial para provocar un alzamiento para derrocar al presidente Batista.

     Pocos hicieron caso a su llamado, y la huelga resultó un fracaso total. El Partido Comunis-ta cubano no prestó su apoyo a la huelga, a la que llamó “otro putsch fracasado de Castro.” Pero lo más significativo es la fecha que Castro escogió para efectuar el alzamiento: el 9 de abril, aniversario del Bogotazo.

5. Los comunistas cubanos y Fidel Castro

     El Partido Comunista cubano había languidecido por largos años en la apatía normal de los partidos comunistas latinoamericanos, sin mostrar interés alguno en tomar el control político en Cuba. En 1958, cuando Castro ya estaba en las montañas de la Sierra Maestra enfrascado en su lucha guerrillera contra las fuerzas de Batista, los comunistas estable-cieron el primer contacto con Castro.

     Aunque en ese momento las fuerzas de Castro no pasaban de unos pocos cientos de hombres y su victoria era incierta, los días de Batista parecían contados y Castro se estaba convirtiendo (con la ayuda de los medios de difusión norteamericanos) en el símbolo de la resistencia armada contra la dictadura de Batista. Bajo esas circunstancias, una alianza con el hombre que lideraba la mayor fuerza armada contra Batista parecía lo más indicado. Sin embargo, si tenemos en cuenta la estricta disciplina pro soviética de los comunistas cuba-nos, no es desacertado concluir que este acercamiento tuvo que haber sido autorizado, y tal vez sugerido, por el Kremlin.

     En realidad esto no era nada anómalo, particularmente en esos momentos de alianzas soviéticas con movimientos nacionalistas y líderes tales como Nasser en Egipto, Sukarno en Indonesia, Nkrumah en Ghana, Sekou Touré en Guinea y el FNL en Argelia. De modo que, cualquiera que haya sido el motivo, es evidente que el Kremlin les dio la luz verde y, desde mediados de 1958, los comunistas cubanos comenzaron a darle un tímido apoyo a Castro.

     Poco se ha escrito sobre el papel real del Partido Socialista Popular (PSP, nombre que adoptó el Partido Comunista Cubano en 1944) durante la lucha contra Batista. Pero era vox populi en Cuba que los ñángaras (apodo despectivo con el que muchos cubanos designaban a los comunistas locales) nunca demostraron mucha amistad por Fidel Castro. Por el contra-rio, la animosidad era mutua, y el primer choque de Castro con los comunistas ocurrió en diciembre de 1944, cuando éste cursaba su último año de bachillerato en el Colegio de Belén en La Habana.

     Lo que motivó la querella inicial, fue que Castro usó Belén como tribuna para atacar una propuesta de ley en el Congreso, popularmente conocida como la Ley Marinello, debido a que su creador era el presidente del Partido Socialista Popular y Senador, Juan Marinello. En su ataque, que se publicó en la prensa nacional, Castro insinuó que el plan había sido concebido acorde a la ideología de la Rusia soviética o la Alemania nazi. Sin embargo, el verdadero motivo del ataque de Castro era que, caso de ser aprobada por el congreso, la ley afectaría negativamente la educación privada en Cuba, incluyendo el Colegio de Belén, lugar donde los jesuitas educaban a los hijos privilegiados de los ricos.

     A pesar de que en esos momentos el joven Fidel Castro era tan sólo un alumno de bachi-llerato, los comunistas se indignaron tanto con su ataque que contraatacaron con un fuerte artículo en la páginas de Hoy, el periódico oficial de los comunistas. El autor del artículo llamó a Castro “pichón de jesuita” y “come gofio”; que en el habla popular cubana significa imbécil.

     Posiblemente ésa haya sido la primera vez que los oficiales de inteligencia norteamerica-nos en la Embajada de los EE.UU. en La Habana oyeron mencionar a Fidel Castro.

     Pocos años después, en 1947, cuando Castro era estudiante en la Universidad de La Habana, se postuló para vicepresidente de la Escuela de Derecho. Como sabía que los co-munistas tenían amplio arraigo entre los estudiantes, inmediatamente comenzó a utilizar la retórica antiimperialista y antinorteamericana propia de los comunistas, y logró atraer cier-tos estudiantes que luego votaron por él. Pero, una vez elegido, comenzó una virulenta cam-paña anticomunista en la Universidad. Los comunistas ripostaron tildándolo de traidor. Des-de esa época temprana, las relaciones entre los comunistas cubanos y Castro se tornaron aún más borrascosas.

     A fines de febrero de 1948, el diario Hoy publicó en primera plana una información sobre la detención de los presuntos asesinos del líder estudiantil Manolo Castro. El artículo conti-nuaba en una página interior, en la que se incluía una foto de los acusados, entre ellos Fidel Castro. No obstante, aparte de las discrepancias personales y la antipatía de los comunistas por Fidel Castro, esa actitud era el resultado de la adherencia ciega de los comunistas cubanos a la versión soviética de comunismo dogmático y doctrinario. Por esa razón, los comunistas soviéticos tienen que haber sido los primeros sorprendidos cuando, en 1961, sin la guía y apoyo del sacrosanto partido comunista cubano, Castro afirmó haber llevado a cabo una revolución comunista en las mismas narices del imperialismo yankee.

     No hay que olvidar que, cuando Castro y sus hombres atacaron el Cuartel Moncada en Santiago de Cuba el 26 de julio de 1953, varios líderes del Partido Socialista Popular se en-contraban en la ciudad para asistir a una reunión semi clandestina. Tan pronto como Batista supo del ataque al cuartel Moncada, culpó a los sospechosos usuales: los comunistas. Éstos se defendieron alegando que no habían tenido participación alguna en el asalto, y que se hallaban en Santiago por pura casualidad, para asistir a la celebración del cumpleaños de Blas Roca, uno de los fundadores del partido comunista cubano y miembro del buró político del Partido Socialista Popular.

     Acto seguido, los comunistas denunciaron y criticaron fuertemente el asalto al Moncada. Uno de los líderes del PSP, Joaquín Ordoqui, se distinguió del resto por sus vituperios en contra de Fidel Castro. Los comunistas tenían sobradas razones para estar indignados con

Castro. A pesar de no haber estado implicados en la acción, el asalto al Moncada les trajo serias repercusiones. Acto seguido, Batista ilegalizó todas las publicaciones de los comu-nistas y, poco después, ilegalizó el PSP.

     Como resultado, el resentimiento de los comunistas cubanos hacia Fidel Castro se acre-centó. Unas semanas después, los comunistas cubanos emitieron una declaración que, debido a que sus publicaciones locales habían sido ilegalizadas, tan sólo fue publicada en el periódico comunista Daily Worker de New York, en la que fuertemente criticaban el ataque al Moncada,

“Nos oponemos a las acciones de Santiago de Cuba y Bayamo. Los métodos putschistas que se usaron son característicos de ciertos grupos burgueses. Este ha sido un intento aventurerista de capturar bases militares. El heroísmo manifestado por los participantes ha sido erróneo e improductivo, basado en ideas burguesas erróneas . . . El país sabe bien quién organizó, dirigió y llevó a cabo las acciones en contra de los cuarteles. La línea política del PSP y los movimientos de masas siempre ha sido y es la misma: luchar contra la tiranía de Batista y desenmascarar a los putschistas y aventureros de la oposición burguesa que actúan en contra de los intereses del pueblo. El PSP considera necesario consolidar las masas en un frente unido en contra del gobierno para hallar una vía democrática que permita salir de esta situación, resucitar la Constitución cubana, garantizar las libertades cívicas, celebrar elecciones generales y formar un gobierno del frente nacional democrático. En su lucha, el PSP basa su apoyo en las masas, y condena el aventurerismo putschista dirigido en contra de las masas y la solución democrática que busca el pueblo.”

     Es altamente revelador que los comunistas cubanos hayan usado repetidamente la palabra putschista (que en el lingo comunista de la postguerra significaba “fascista”) para criticar los métodos revolucionarios de Fidel Castro.

     La animadversión que sentían los comunistas cubanos por Fidel Castro estaba más que justificada. Aunque varios de los amigos de Castro en la Universidad de La Habana eran comunistas, lo cierto es que Castro nunca fue miembro del PSP. Más aún, hay evidencia de que la animosidad era mutua.

     En 1956 Castro se vio mezclado en una polémica debido a un artículo aparecido en la prestigiosa revista Bohemia titulado “El grupo 26 de julio en la cárcel”, en que se le acusaba de comunista. El artículo había sido escrito por Luis Dam, un republicano español en el exi-lio. Según Dam, la policía mexicana tenía pruebas de que Castro era miembro del partido comunista.

     La airada respuesta de Castro, escrita desde la prisión en México donde estaba detenido por preparar la invasión de Cuba desde territorio mexicano, no se hizo esperar. En el si-guiente número de Bohemia Castro publicó un apasionado artículo que tituló “¡Basta ya de mentiras!”. Según Castro,

“Naturalmente, la acusación de que soy comunista es absurda a los ojos de todos los que conocen mi conducta pública en Cuba, sin ningún tipo de nexos con el Partido Comunista. Niego totalmente el informe del Sr. Dam en el que afirma, “Incidentalmente, la Policía Federal de Seguridad afirma que Fidel es miembro del Partido Comunista”. El propio Capitán Gutiérrez Barros me leyó el informe enviado al Presidente de México después de una semana de investigación minuciosa; entre sus observaciones se afirma categóricamente que no tenemos [desde esa época Castro ya usaba el plural retórico para referirse a su persona] nexo ninguno con organizaciones comunistas. Tengo ante mí el [periódico] Excélsior del 26 de julio, página 8, columna 6, párrafo 5, donde se lee: “El Buró

Federal de Seguridad enfatizó que el grupo 26 de julio no tiene nexos comunistas ni recibe ayuda de los comunistas.”

     Castro continuó su ataque contra Dam, acusando al gobierno de Batista de complotar en su contra y también recordando la pasada colaboración de los comunistas con el dictador cubano,

“La intriga es ridícula y sin el menor fundamento porque tan sólo he militado en un partido político, y es el [Partido Ortodoxo] que fundó Eduardo Chibás. Además, ¿qué moral tiene el señor Batista para hablar de comunismo, si fue candidato presidencial del Partido Comunista en las elecciones de 1940, si sus pasquines electorales se cobijaron bajo la hoz y el martillo, si por ahí andan las fotos junto a Blas Roca y Lázaro Peña, si media docena de sus ministros actuales y colaboradores cercanos eran bien conocidos miembros del Partido Comunista.”

     Las palabras de Castro recordando la pasada colaboración de Batista con los comunistas era el peor ataque que tanto el dictador como los comunistas podían recibir. Y mucho más aún su insinuación difamatoria de que los comunistas todavía estaban colaborando con Batista. Theodor Draper, uno de los autores que mejor ha estudiado esa etapa de la historia de Cuba, señaló certeramente que es muy difícil de creer que un comunista se justificara

en una forma tan extraña.

     Por su parte, los comunistas no se quedaron callados, y ripostaron de varias formas, entre ellas insinuando que Castro estaba loco y que era homosexual. Un columnista del periódico Hoy, que firmaba con el pseudónimo “Esmeril”, lo llamó en varios artículos “el casto Fidel”, un apodo injurioso con connotaciones homosexuales inspirado en el título de una película de moda por entonces.

     Por otra parte, sería injusto culpar a los comunistas cubanos por criticar a Castro en la forma en que lo hicieron. A pesar de todas las teorías aportadas que acusan a Castro de haber sido comunista en esa época, en realidad existe una enorme cantidad de evidencia circunstancial y documental que indica que, al menos en esa época, Castro no lo era, y muchos lo confirman. Por ejemplo, Javier Felipe Pazos, que se entrevistó personalmente con Castro cuando éste estaba en las montañas de la Sierra Maestra, expresó su total falta de convencimiento de que Castro era comunista y de que su revolución desde el principio había sido una conspiración comunista.

     No obstante, después que Castro inesperadamente declaró en 1961 que siempre había sido marxista, algunos autores, con intenciones diferentes, han tratado de probar a poste-riori la veracidad de sus palabras. Por ejemplo, Lionel Martin afirma que la dirigencia del núcleo que atacó el Moncada realizaba estudios de marxismo y, sobre esta base, traza un círculo de ideología marxista alrededor de varios líderes del Movimiento 26 de julio quienes,

según él, se relacionaron con los comunistas cubanos. Por su parte, Nathaniel Weyl, afirma que Castro había sido reclutado por agentes del comunismo internacional mucho antes del Bogotazo, y enfatiza las relaciones de Castro con algunos políticos radicales.

     Ahora bien, vamos a aceptar tan sólo por un momento que en la época previa al Bogotazo Fidel Castro era un cripto comunista y un agente secreto del comunismo internacional. Si esto hubiese sido cierto, a su regreso de Colombia, donde había “quemado” su cubierta, ya que toda la prensa oficialista colombiana lo había acusado de comunista, lo más lógico hubiera sido que los comunistas cubanos lo hubiesen recibido como un héroe y Castro se hubiera hecho miembro oficial del PSP. De hecho, si Castro se hubiera declarado comunista públicamente, eso no habría sido motivo para escandalizarse. La historia de Cuba está llena de nombres de figuras políticas, como Julio Antonio Mella, Carlos Baliño y Rubén Martínez Villena, quienes declararon su militancia comunista secreta después de haber logrado cierta preeminencia política.

     Pero, por el contrario, a su regreso a Cuba, Castro y del Pino no se hicieron miembros del PSP, sino del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), dirigido por el líder nacionalista y anticomunista Eduardo Chibás. Según Ramón Conte, ambos Castro y del Pino sirvieron por algún tiempo de informantes para la CIA que, fiel a su trabajo en beneficio de las banqueros

de Wall Street, veía a todos los líderes nacionalistas de América Latina, Chibás entre ellos, como “rosados”, es decir, simpatizantes del comunismo.

     Más aún, lejos de mostrar alguna inclinación comunista, después del Bogotazo Castro continuó expresando sus ideas fascistas. Por ejemplo, el 26 de julio de 1960, en un discurso que pronunció en la conmemoración del fallido ataque al Cuartel Moncada, Castro declaró su dedicación a la “liberación” del resto de América Latina. Lo que no aclaró, fue que la vía por la que pensaba lograr su objetivo consistía esencialmente en el uso indiscriminado de golpes de estado putschistas del más puro estilo fascista, que incluían el asesinato de algunos presidentes elegidos democráticamente por el voto popular.

     En conclusión, si los datos históricos que he mencionado son correctos, y la abundancia de fuentes confiables lo confirma, todo indica que Fidel Castro no era comunista ni antes, ni durante, ni después de los sucesos del Bogotazo. Además, es muy probable que el recluta-miento de Castro por los servicios de inteligencia norteamericanos efectivamente tuvo lugar, así como su papel durante los funestos sucesos del Bogotazo como agente provoca-dor al servicio de los conspiradores del CFR que controlan la CIA.

     En su típico estilo cantinflesco que lo caracteriza, Castro ha tratado muchas veces de probar que durante el Bogotazo, aunque no era miembro del Partido Comunista cubano, en realidad en su mente y corazón ya era un comunista militante convencido. Por ejemplo, en la entrevista que le concediera a Arturo Alape en 1983, Castro hace uso de su extraordinario malabarismo lingüístico, en el que entremezcla mentiras y verdades en un esfuerzo por probar que, aunque en 1948 no era comunista, en realidad sí era comunista,

     En ese momento yo ya había entrado en contacto con la literatura marxista, ya había estudiado la Economía Política, por ejemplo, y tenía conocimiento de las teorías políticas. Me sentía atraído por las ideas fundamentales del marxismo, yo fui adquiriendo una concien-cia socialista a lo largo de mi carrera universitaria, a medida que fui entrando en contacto con la literatura marxista. En aquel tiempo había unos pocos estudiantes comunistas en la Universidad de La Habana y yo tenía relaciones amistosas con ellos, pero yo no era de la juventud comunista, yo no era militante del Partido Comunista. Mis actividades no tenían absolutamente nada que ver con el Partido Comunista de aquella época. Podríamos decir que yo tenía una conciencia antiimperialista. Había tenido ya los primeros contactos con la literatura marxista y me sentía inclinado a las ideas marxistas, pero no tenía ninguna filia-ción, ninguna vinculación con la juventud comunista, salvo relaciones de amistad con distintos jóvenes comunistas, muy trabajadores, muy estoicos, con los cuales yo simpati-zaba y a los que admiraba. Pero ni el Partido Comunista de Cuba ni la juventud comunista tuvieron absolutamente nadaque ver con la organización de este Congreso en Bogotá.

     Pero los hechos, que son mucho más creíbles que sus palabras, desmienten categórica-mente que en algún momento Castro haya sido atraído por la ideología marxista.

6. El mito del comunismo de Fidel Castro

     Fidel Castro es un caso único en la historia de la humanidad: un líder político al que sus enemigos acusan de lo mismo que él se jacta de ser: comunista. A nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido acusar a Stalin de comunista, a Mussolini de fascista o a Hitler de nazi. Sin embargo, a pesar de que no existe ni un ápice de evidencia que pruebe que Fidel Castro ha sido comunista, los anticastristas del exilio, salvo raras excepciones, han estado acusan-do a Fidel Castro de serlo por más de medio siglo, y aun lo siguen haciendo. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

     Por otra parte, esta actitud tal vez explique la verdadera causa de los continuos fracasos de los anticomunistas cubanos en su lucha contra Castro. Si hubiesen leído a Sun Tzu, habrían comprendido por qué el teórico más antiguo de la inteligencia y el espionaje afirmó que sólo quien conoce a su enemigo y se conoce a sí mismo ganará todas las batallas. Desa-fortunadamente, los cubanos anticastristas han demostrado una y otra vez que ni conocen a su enemigo ni se conocen a ellos mismos. Es difícil tratar de hallar una explicación a esta conducta tan irracional de la mayoría de los anticastristas cubanos en el exilio, pero consi-dero que son dos los motivos que justifican esta anomalía. Uno es el hecho de que, desde el principio, el exilio original anticastrista estuvo controlado casi en su totalidad por la CIA, y a los conspiradores del CFR, que siempre han controlado la Agencia, el mito del comunismo castrista les convenía para sus planes. Es por eso que la CIA inculcó el mito del castro comunismo en la mente de los cubanos anticastristas del exilio originario, y éstos, para congraciarse con sus “amigos” de la CIA, lo aceptaron sin chistar.

     Otra razón, es que la mayoría de los cubanos del exilio inicial eran católicos militantes, y promover el mito del castro comunismo les ayudaba a ocultar la dura verdad de que, lejos de ser el producto de las asambleas del Partido Socialista Popular [comunista], Fidel Castro es un fascista de pura cepa producto de las aulas jesuitas del Colegio de Belén.

     En su enfrentamiento contra el hombre que les había quitado de las manos el control político y económico del país, los oligarcas cubanos, la mayor parte de ellos ya en el exilio en la Florida, desesperadamente trataron de hallar una posición ideológica que justificara su oposición a Castro, sin admitir que tal vez la razón principal era tan sólo porque les había robado sus propiedades y los había forzado a abandonar el país.

     No obstante, lo que no podían ignorar era que Fidel Castro, el hijo de un rico terrateniente que había amasado su fortuna al servicio de los intereses de la United Fruit Company, era uno de ellos. Prueba de esto es que, tal como acostumbraban los miembros de la oligarquía cubana, Angel Castro envió a su hijo a estudiar a La Habana con los jesuitas en el exclusivo

Colegio de Belén. Y cuando Fidel Castro se casó con la hija de un alto miembro de la oligar-quía, también siguiendo la tradición viajó a los Estados Unidos a pasar su luna de miel, y a gastar los mil dólares que el Presidente Batista, buen amigo del padre de Castro, les había enviado como regalo de bodas.

     De modo que los anticastristas del exilio se vieron atrapados en el dilema de que, si atacaban a Fidel Castro por lo que realmente era, se iban a hallar en la difícil situación de tener que atacarse ellos mismos. Por eso abrazaron el mito del comunismo castrista.

     En noviembre del 2002, la revista cultural mexicana Letras Libres dedicó un número al tema “Futuros de Cuba”, en el que apareció un interesante artículo de Antonio Elorza, titulado “Fidel Castro, el poder y su máscara.” En su oportuno y necesario artículo, Elorza centró su análisis en la doblez, la mentira y la simulación en la conducta de Fidel Castro, a quien calificó no sólo de “excelente embaucador”, sino de haber sido quizás “el mejor dema-gogo del siglo XX”. Sin embargo, a pesar de que existen innumerables pruebas, como las que aporta Elorza, de que Castro es un mentiroso contumaz, la mayoría dela gente (y no me refiero tan sólo a sus admiradores, sino también a sus críticos) aún se empeña en creer a pie juntillas las afirmaciones del tirano.

     Desafortunadamente, esa imagen prevaleciente de Castro, que Elorza se esfuerza en esclarecer, se basa en lo que éste dice. Pero si nos fijamos en lo que hace, descubrimos a un individuo muy diferente. Tomemos, por ejemplo, el tantas veces repetido mito del marxismo y el comunismo de Castro. En un esfuerzo por descifrar ideológicamente a Castro, Theodor Draper, uno de los más agudos analistas del fenómeno castrista, concluyó,

Desde el punto de vista histórico el castrismo es, pues, un líder en busca de un movimiento, un movimiento en busca del poder y un poder en busca de una ideología. Desde sus oríge-nes hasta ahora ha tenido el mismo líder y el mismo camino del poder, pero ha cambiado su ideología.

     No obstante, considero que, contrariamente a lo que afirma Draper, Fidel Castro nunca ha cambiado su ideología. Fidel Castro siempre fue, es, y será, profundamente castrista, es decir, un gánster psicópata asesino al estilo de Al Capone o Lucky Luciano. El hecho explica el por qué a lo largo de su larga carrera político-gansteril, Castro ha cambiado ideologías con la misma facilidad que una serpiente cambia la piel, por la sencilla razón de que carece de ideología política. Pero la piedra angular de la ideología personal de Fidel Castro consiste en asesinar a todo aquel que se le oponga o constituya un obstáculo para llevar a cabo sus planes secretos; algo que tal vez aprendió de sus preceptores jesuitas.

     Luis Ortega, un periodista cubano que lo conoció de cerca, también llegó a la conclusión de que Castro es simplemente un vulgar pandillero cuya única ideología es la violencia. Según Ortega,

En la rebusca de los orígenes del castrismo se ha cometido el error de simplificar excesiva-mente las cosas encuadrando a Castro dentro de una actividad simplemente gansteril, lo cual no es enteramente cierto, porque se ignora deliberadamente que la etapa del ganste-rismo corresponde al momento final de los grupos de acción. Antes de caer en el gansteris-mo estos grupos habían sido otra cosa. Y en esa otra cosa, en ese ambiente de violencia delirante, de justicia expeditiva, es donde hay que ir a buscar las raíces más hondas del cas-trismo. La conducta posterior de Castro resulta perfectamente explicable si se refiere al centro de donde emana. La gran aportación de Castro a las luchas políticas de Cuba consis-te, precisamente, en haber trasplantado la dinámica de las pandillas a las zonas rurales, lo cual en 1956 parecía irrealizable. Las desacreditadas pandillas del año 1946 llegan a jerar-quizarse en el proceso que va del 56 al 59 con el nombre, más sugestivo, de guerrillas. El carácter delirante es el mismo. El método es similar. Los códigos que se aplican son los mismos. Laterminología se ajusta a la de los grupos de acción. La ausencia de una doctrina sigue predominando en la guerrilla.