domingo, 27 de agosto de 2017

EL BOGOTAZO-2DA.PARTE-FIDEL CASTRO TEMA 1-2-3



SEGUNDA PARTE: FIDEL CASTRO

Una característica común de todos los oficiales de inteligencia es que poseen una mente abierta. Para ellos nada es imposible por el sólo hecho de ser improbable. Thomas Powers, The Man Who Kept the Secrets.

Cuando eliminamos lo imposible, lo que quede, por improbable que parezca, tiene que ser la verdad. (Sherlock Holmes, The Sign of the Four).

     Al mediodía del 9 de abril de 1948, el abogado y popular líder político Jorge Eliécer Gaitán, quien muchos vaticinaban que sería el próximo presidente de Colombia, fue asesina-do cuando salía del edificio en que se hallaba su oficina. Fidel Castro y otros tres estudian-tes de la Universidad de La Habana, Rafael del Pino, Enrique Ovares y Alfredo Guevara (sin parentesco con Che Guevara), se encontraban en Bogotá en esos momentos. Habían arri-bado unos pocos días antes de la inauguración de la Novena Conferencia Panamericana que había de celebrarse en esa ciudad. El motivo alegado para justificar la presencia de los cubanos en el país era su participación en un congreso estudiantil antiimperialista que había sido planeado para que coincidiera con la Conferencia.

     Tan sólo unos días antes, Castro y del Pino había contactado a Gaitán con el pretexto de invitarlo a hablar en la sesión inaugural del congreso estudiantil, y Gaitán había aceptado reunirse con ellos ese día para hablar sobre el asunto. Pero, poco menos de dos horas antes de la reunión, alguien le hizo varios disparos, y pereció unas horas más tarde.

     Cuando Gaitán fue asesinado, Castro y del Pino se hallaban muy cerca del lugar donde ocurrieron los hechos.

     El asesinato de Gaitán desató una frenética orgía de muerte, destrucción y saqueo que destruyó la mayor parte del centro de la populosa ciudad de Bogotá y que virtualmente cortó las comunicaciones con el resto del país por varios días. Los disturbios causaron la muerte de más de mil personas. 150 edificios importantes fueron totalmente quemados o parcialmente destruidos.

     Los disturbios marcaron el comienzo de un período sangriento en la historia de Colombia que se conoce como “la Violencia”, que ha costado la vida a más de 200,000 personas y ha continuado casi hasta el presente. La Violencia fue la causa principal de una emigración masiva de colombianos del campo a las ciudades. También creó las condiciones necesarias para el surgimiento de grupos guerrilleros que aun subsisten.


http://www.newswithviews.com/Gonzalez/Images/Servando_Gonzalez_com_hdr.gif

     Algunos de los libros que se han escrito sobre la CIA, mencionan brevemente los sucesos de Bogotazo como el primer fracaso de la CIA. Según estos autores, la recién creada CIA no alertó al gobierno norteamericano sobre la posibilidad de que tal incidente ocurriera. Sin embargo, lo que ninguno de los libros que se han escrito sobre la CIA menciona es que el Bogotazo fue en realidad la primera operación exitosa de guerra psicológica (psiop) en gran escala llevada a cabo por la recién creada Agencia Central de Inteligencia siguiendo órde-nes de sus verdaderos amos: un grupo de banqueros de Wall Street, magnates petroleros, y ejecutivos de corporaciones transnacionales aglutinados en el Consejo de Relaciones Exteriores.

     En esta operación la CIA probó nuevas técnicas de guerra encubierta, propaganda y técnicas de control mental que luego usó en operaciones similares que van desde el asesinato del presidente John F. Kennedy hasta la psiop del 11 de septiembre del 2001.

     Más aún, el Bogotazo fue la operación en la que los conspiradores del CFR usaron por primera vez a su nuevo agente que habían reclutado poco antes: un joven estudiante de la Universidad de La Habana llamado Fidel Castro.

     Hace algunos años, una psiquiatra de Washington D.C. cuyos pacientes incluían miem-bros y ex miembros de la CIA, aprendió tanto de éstos que decidió crear el típico perfil de la personalidad del espía. Según ella, los espías encajan perfectamente en la descripción clásica de los individuos con personalidad antisocial, también conocidos como psicópatas.

Los psicópatas son gente incapaz de profesar lealtad a individuos o grupos. Son inmensa-mente narcisistas y egoístas. También son insensibles, manipulativos y desprecian a las otras personas. Son incapaces de sentir culpa, remordimiento o arrepentimiento por sus acciones y no aprenden como resultado de la experiencia o el castigo. La mayoría de los psicópatas son impulsivos, muestran muy poca tolerancia por sus frustraciones, y tienden a culpar a otros por sus errores. Aunque superficialmente encantadores, en realidad son desconfiados, mentirosos y poco sinceros.

     La mayoría de los psicópatas son incapaces de sentir amor o amistad de ningún tipo, y nunca sienten ansiedad o conflictos interiores, pues, por lo general, son gente de acción, no de sentimientos. Son dramáticos, exhibicionistas, e impostores. Es común que cometan actos delictivos.

    Como veremos más abajo, esta descripción de un psicópata se ajusta perfectamente a la personalidad de Fidel Castro. Los localizadores de talentos de la CIA en la embajada nortea-mericana en La Habana ya conocían de las actividades de Fidel Castro y decidieron reclu-tarlo y enviarlo a Bogotá como agente provocador en una misión importante. Al pare-cer, el ya impresionante historial de Fidel Castro como gánster, asesino y psicópata total-mente carente de ética, moral y principios, los convenció de que era la persona indicada para llevar a cabo esa misión delicada e importante. No cabe duda de que no se equivocaron.

1. El gánster Fidel Castro

     El 8 de diciembre de 1946, cuando todavía era estudiante de la Universidad de La Haba-na, Fidel Castro fue detenido y acusado de atentar contra la vida de Leonel Gómez, su opo-nente a la candidatura en las próximas elecciones para la presidencia de la Federación Uni-versitaria de la Escuela de Derecho. Pero el juez decidió que no había suficiente evidencia. Por tanto, decidió suspender la acusación y ordenó poner a Castro en libertad.

     A mediados de 1947, Fidel Castro se sumó a un grupo de cubanos y dominicanos que se entrenaban militarmente en un pequeño islote cerca de la costa norte de la provincia de Oriente. El objetivo era derrocar a Rafael L. Trujillo, el presidente–dictador de la República Dominicana. La expedición terminó en un fracaso total cuando los participantes fueron apresados por la Marina de Guerra de Cuba. Castro pudo escapar sin ser detenido y, pocos meses después, participó en un atentado fallido contra la vida de Rolando Masferrer, uno de los líderes de la fracasada expedición.

     Pocos meses después, el 22 de febrero de 1948, Manolo Castro, ex presidente de la Fede-ración Estudiantil Universitaria, fue asesinado cuando salía de un cine en el centro de La Habana, en un tiroteo al estilo de los gánsteres de Chicago. Dos días después, Castro fue detenido y acusado del asesinato. Pero, al igual que en el caso anterior, luego fue puesto en libertad cuando el juez alegó que no había evidencia suficiente de que había cometido el crimen.

     No obstante, las actividades criminales del joven Fidel Castro fueron difundidas en la prensa, eran del conocimiento público, y los oficiales de inteligencia de la CIA en la embaja-da norteamericana tomaron nota de ello. Un mensaje confidencial fechado el 26 de Abril de 1948, enviado al departamento de Estado y formado por el Consejero de la Embajada, prue-ba que las actividades de Castro eran conocidas,

Él [Castro] es un líder estudiantil de la Escuela de Derecho de la Universidad de La Habana que llamó la atención de la Embajada en relación con el tiroteo y el asesinato de Manolo Castro (sin parentesco con Fidel), ex presidente de la Federación Estudiantil Universitaria. Se cree que Fidel Castro es miembro de la Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR), una banda de “estudiantes” matones y asesinos que se sospecha fueron los asesinos de Manolo Castro como la culminación de una larga rencilla entre la policía y los estudiantes.

     Un documento confidencial para dejar constancia, escrito por J.L. Topping, Jefe de Esta-ción de la CIA en la Embajada de los EE.UU. en La Habana, indica que el interés de la CIA por las actividades criminales de Castro no había sido una cosa pasajera. Según este docu-mento, desclasificado en el 2002.

El 20 de diciembre de 1957, Manuel Márquez Sterling y Domínguez, hijo menor del Dr. Carlos Márquez Sterling, declaró que, según su conocimiento personal, sabía que Fidel Castro había tenido una participación activa en la conspiración para asesinar a Manolo Castro, cuando Fidel era estudiante de la Universidad de La Habana.

Manuel explicó que, aunque Fidel no estaba en su misma clase, era compañero de su her-mano mayor. Manuel no explicó cómo obtuvo la información, pero agregó que Fidel Castro había actuado como vigilante o apuntador [watcher or finger-man] de los asesinos. Fidel se había disfrazado de vendedor de billetes de lotería, y se había situado al frente del cine, desde donde mantenía vigilancia en espera de que Manolo saliera del cine.

     Tal parece que los agentes de la CIA en la embajada norteamericana no fueron los únicos que compartieron la sospecha de que Fidel Castro había sido el asesino de Manolo Castro. Se rumora que Ernest Hemingway, quien era amigo personal de Manolo Castro, tomó como modelo a Fidel Castro para crear el personaje principal de su cuento corto The Shot (El dis-paro). Pero Hemingway no fue el único escritor motivado por las actividades gansteriles de Fidel Castro. El escritor venezolano Rómulo Gallegos, a la sazón exiliado en Cuba, expresó que se había inspirado en Fidel Castro para la creación del personaje ficticio Justo Rigores, “El Caudillo”, uno de los gánsteres principales de su novela La brizna de paja en el viento.

     Mucha gente sabía que, cuando era estudiante en la Universidad de La Habana, Castro siempre portaba una pistola calibre .45. Tan pronto como comenzó a asistir a la escuela de derecho en la Universidad de La Habana, Castro creó su propia pandilla al estilo de las SA nazis, a la que llamó “los Manicatos.” Después se unió a una de las pandillas que pululaban en la Universidad, el Movimiento Social Revolucionario (MSR) y, luego de una disputa con Rolando Masferrer, el líder del MSR, Castro se pasó a la facción rival, la Unión Insurrec-cional Revolucionaria (UIR). Las dos organizaciones combinaban la política con el más puro gansterismo. Luis Conte Agüero, en esa época uno de los mejores amigos de Castro, afirmó que Fidel Castro tenía “la mentalidad de un gánster.” Los miembros de la UIR se peleaban a tiros con la policía, con otros estudiantes, y con casi todo el mundo, sobre cuestiones que tenían más un carácter puramente personal que político. Fidel Castro encontró en la UIR su hábitat natural.

     Fue en la UIR en 1945 cuando Castro comenzó su verdadera carrera como gánster profesional. Los asesinos de la UIR tenían la costumbre de dejar junto a sus víctimas una nota que decía, “La justicia tarda, pero llega.”, y Castro hizo suya la frase. Ernst Halperin, uno de los estudiosos que ha analizado la vida de Castro, notó la alta frecuencia en la que la

palabra “justicia” aparece en sus discursos. Es posible, especuló Halperin, que esta fijación de Castro con la palabra “justicia” pudiese haber surgido mientras preparaba las notas macabras.

     Lo más sorprendente de la pasión de Castro por el gansterismo es que esta no comenzó en la Universidad de La Habana cuando se unió a los grupos gansteriles, sino varios años antes, en su adolescencia, cuando todavía era alumno de escuela secundaria. Tan pronto como Fidel comenzó a asistir al Colegio de Belén en La Habana, organizó una banda con cuatro o cinco de sus compinches y la utilizaba para acosar a sus compañeros de clase. Los padres jesuitas estaban aterrorizados. Nunca antes habían tenido un alumno como Fidel Castro.

     Un día uno de sus maestros lo expulsó de la clase por pelearse con otro compañero. Fidel amenazó al maestro, gritándole: “Voy a traer mi pistola y te voy a matar”, y salió corriendo del aula. Nadie lo creyó, pero unos minutos más tarde regresó empuñado una pistola .45.

     Otro día comenzó una pelea a puñetazos con Ramón Mestre, un compañero de clase. Sin embargo, Mestre ganó la pelea, y el enfurecido Fidel regresó con la pistola .45. Sólo la inter-vención del padre Larracea, uno de los maestros, quien convenció a Fidel de que le diera la pistola, salvó la vida de Mestre. Pero ahora viene lo más increíble. Cuando el padre Larracea lo convenció de la impropio de su comportamiento, Fidel, en un acto de arrepentí-miento, fue a su habitación y regresó con otra pistola .45 que le entregó al asombrado padre Larracea.

2. Los conspiradores del CFR reclutan a Fidel Castro

     Muchos han tratado de hallar una explicación racional al hecho de que, a pesar de su incesantemente proclamado odio antinorteamericano, en realidad Fidel Castro nunca ha sido molestado por los EE.UU. Tan sólo unos pocos, entre los que se encuentra este autor, llegaron a la conclusión de que la única explicación a esta anomalía era que en realidad Fidel Castro trabajaba en secreto para aquellos a quienes decía odiar. En mi caso, logré hallar abundante evidencia circunstancial que lo confirmaba.17 Sin embargo, no fue hasta 1995 cuando alguien aportó la primera evidencia directa de que Fidel Castro había sido reclutado por los servicios de inteligencia norteamericanos.

     En un libro que él mismo publicó en 1995, Ramón B. Conte, un cubano que colaboraba con la CIA en actividades menores donde la fuerza bruta podría ser necesaria, menciona en cierto detalle cómo el reclutamiento de Castro se llevó a cabo a comienzos del 1948 durante una reunión secreta que tuvo lugar en la residencia de Mario Lazo. Lazo era un abogado cubano educado en los Estados Unidos, que representaba los intereses demuchos negocios de norteamericanos en Cuba.

     Conte y otro operativo de la CIA estaban en un auto estacionado en la calle frente a la casa de Lazo. Según Conte, ambos estaban armados y listos para intervenir en caso de que Castro, conocido por su exaltado temperamento y pasión por las armas de fuego, rechazara la oferta que le iban a hacer y se tornara violento.

     Según afirma Conte, Castro llegó a la reunión acompañado de su amigo Rafael del Pino Siero, un colaborador de la CIA que había sido miembro del ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial. Entre los que asistieron a la reunión se hallaban el propio Lazo, los oficiales de la CIA Richard Salvatierra e Isabel Siero Pérez, el ex embajador de los E.U.

en Cuba Willard Beaulac, así como otros dos norteamericanos que Conte tan sólo identifica como el Coronel Roberts y un oficial de la CIA sólo conocido como Mr. Davies.

     Varios años después de que Conte publicó su libro, tuve la oportunidad de entrevistarlo por teléfono desde su casa en Miami. En la entrevista, Conte añadió a la lista de personas que asistió a la reunión un nombre importante que no había mencionado en su libro: William D. Pawley. Cuando se llevó a cabo la reunión, Pawley, un hombre de negocios millonario y amigo cercano tanto del presidente Eisenhower como de Allen Dulles, era el embajador norteamericano en Brasil. Desde los tiempos de la Oficina de Servicios Especiales (OSS) durante la Segunda Guerra Mundial, Pawley había estado estrechamente ligado a los servicios de inteligencia norteamericanos. Uno de sus asociados, el Coronel J.C. King, llegó a ser Jefe de la División del Hemisferio Occidental de la CIA. Mas aún, Pawley era uno de los organizadores de la Novena Conferencia Panamericana de Cancilleres que iba a tener lugar en abril en Bogotá.

     Según Conte, una semana después de la reunión inicial, Castro y del Pino se reunieron de nuevo con el oficial de la CIA Richard Salvatierra, a quien se le había asignado la tarea de ser el controlador del recién reclutado nuevo agente Fidel Castro, el cual había adoptado el pseudónimo “Alejandro”. En esta segunda reunión, Salvatierra informó a Castro sobre su primera misión al servicio de la CIA (en realidad, al servicio de los conspiradores de Wall Street que controlan la CIA). Es probable que Salvatierra no le haya informado a Castro en detalle sobre la totalidad del plan, porque posiblemente el propio Salvatierra lo ignoraba. La misión de Castro consistía en viajar a Bogotá, Colombia y, fiel a su papel de agente provo-cador, participar en el asesinato de Gaitán, que sería el pretexto para desatar los disturbios que luego se conocieron como el Bogotazo.

     Una parte importante de esta misión era plantar pistas falsas que luego serían usadas para inculpar a los comunistas colombianos por los sucesos. El Secretario de Estado norte-americano George Marshall (CFR) usó los disturbios para atizar el miedo al comunismo y para convencer a los delegados que asistían a la Novena Conferencia de que la amenaza del comunismo era real y peligrosa.

3. La Unión Soviética y América Latina

     No obstante, a pesar de todos los esfuerzos de los conspiradores del CFR por involucrar a la Unión Soviéticas en los hechos del Bogotazo, la actitud del Kremlin en relación a América Latina en las décadas previa y posterior al Bogotazo muestra un cuadro totalmente diferente. La estrategia soviética en relación con América Latina en los años de la postgue-rra podría calificarse de comedida y cautelosa. La causa de este cambio de conducta había sido dictada tanto por la debilidad de sus partidos comunistas títeres en América Latina como por la carencia de un proletariado industrial, condición necesaria (según el dogma marxista) para el surgimiento de movimientos revolucionarios.

     Por lo tanto, es poco probable que Stalin hubiese tratado de iniciar un experimento comu-nista en América Latina en esos momentos. Todo indicaba que, por el momento, los soviéticos preferían mantener buenas relaciones con los Estados Unidos que incitar revolú-ciones comunistas en México, Argentina, Cuba, Chile o, en especial, Colombia.

     En esos días la Unión de Repúblicas Socialistas Soviética (URSS) había acabado de salir de una devastadora guerra que la había dejado altamente debilitada económicamente. Por consiguiente, el reconocimiento por parte de los Estados Unidos de la Unión Soviética como una potencia en política internacional, el acceso a la alta tecnología y los equipos indus-triales norteamericanos, así como la ayuda económica como resultado de la alianza victoriosa, eran mucho más importantes para los soviéticos que un éxito comunista relativa-mente menor en un área geográfica donde tradicionalmente los EE.UU. habían centrado su interés y cimentado su influencia.

     Prueba de lo anterior es que en los años 1930, cuando una situación revolucionaria muy volátil se produjo en México, el gobierno soviético no le dio apoyo alguno a los comunistas locales en su lucha por tomar el poder político en el país. A tono con esta política, durante todos esos años las actividades de la partidos comunistas latinoamericanos eran reporta-das sin mucho interés en la prensa soviética. Los norteamericanos habían llegado a aceptar a regañadientes el diminuto Partido Comunista de los EE.UU., pero un estado comunista en las américas, razonaban los dirigentes soviéticos, habría provocado una violenta reacción norteamericana que los soviéticos no necesitaban en esos momentos.

     Por supuesto, los líderes soviéticos estaban al tanto de la creciente ola de sentimiento antinorteamericano entre miembros de la intelectualidad latinoamericana, así como los crónicos problemas económicos y sociales que sufría el continente. No obstante, a pesar de los primeros indicios del comienzo de la Guerra Fría y los rápidos cambios en la estructura de poder en América Latina, al parecer la prudencia les había aconsejado continuar con su política cautelosa aún después del exitoso fin de la Segunda Guerra Mundial.

     Pero esto no era nada nuevo, sino la continuación de una política establecida desde hacía mucho tiempo. Por ejemplo, el 7 de noviembre de 1933, coincidiendo con el aniversario de la revolución bolchevique en Rusia, los comunistas cubanos trataron de implementar una revolución propia y establecieron un “Soviet” de obreros y campesinos en la provincia de Oriente, al este de Cuba. Los campesinos se apropiaron de las tierras en las que trabajaban, y un régimen mini comunista, apoyado por una milicia de “guardiasrojos”, tomó el control.

     Para sorpresa de los revolucionarios, los soviéticos expresaron su descontento, y no dieron ningún tipo de aliento o ayuda material a los sublevados. Como resultado, el experimento “comunista” cubano duró tan sólo unos pocos meses y terminó en un rotundo fracaso.

     Paradójicamente, fue el Presidente cubano Fulgencio Batista, el mismo que años después se convirtió en dictador y luego fue derrocado tras una rebelión popular en la participaron varias organizaciones además del Movimiento 26 de Julio al que Castro pertenecía, quien en su primer período como presidente legalizó el Partido Comunista cubano. Primero, Batista autorizó a los comunistas a que publicaron su diario, Noticias de Hoy, que comenzó su publicación en mayo de 1938. Luego, en septiembre, Batista legalizó el Partido Comunista por primera vez en la historia de Cuba.

     En los años subsiguientes, los comunistas avanzaron en Cuba como nunca antes lo habían logrado hacer. En las elecciones de 1940, diez miembros del Partido Comunista fueron elegidos a la Cámara de Representantes, y un comunista fue elegido alcalde de la ciudad de Santiago de Cuba, la segunda en importancia en el país.

     Durante la Segunda Guerra Mundial, la colaboración entre los comunistas y Batista se tornó aún más estrecha y, en 1943, el Presidente, en pago por el apoyo que recibía, nombró a algunos comunistas miembros de su gabinete. Aún más importante, Batista permitió que los comunistas se infiltraran en el movimiento laboral y hasta llegaran a controlar la Confe-deración de Trabajadores de Cuba, el sindicato obrero más importante del país, así como que ocuparan ciertos cargos en el Ministerio del Trabajo.

     De modo que, mucho antes de 1959, el año en que Fidel Castro tomó el poder en Cuba, ya existía en el país un núcleo comunista cohesivo y eficiente. Pero todo indica que, a pesar de sus crecientes victorias políticas, los comunistas cubanos se sentían satisfechos con sus magros avances y nunca demostraron entusiasmo alguno por tomar el poder político en Cuba por medio de elecciones democráticas, y mucho menos en forma revolucionaria, por medio de la violencia armada. Y esta política de moderación era vista con agrado por sus amos en el Kremlin.

     El derrocamiento del presidente de Guatemala Jacobo Arbenz en 1954, tras una burda operación de la CIA para proteger los intereses de la United Fruit, tan sólo suscitó una débil protesta diplomática de la Unión Soviética. Esta prudencia en política internacional pareció comenzar a desaparecer en 1957, cuando los éxitos soviéticos en materia de tecnología espacial conmovieron al mundo y el Primer Ministro Nikita S. Krushchov lanzó su agresiva campaña de “diplomacia Sputnik” a escala global.

     Pero, a pesar de todos esto éxitos, es evidente que los soviéticos no consideraban que el clima político en América Latina estaba maduro para una revolución y, por lo tanto, no la veían como uno de sus objetivos políticos inmediatos. Por el contrario, el Kremlin se dedicó a expandir la presencia Soviética en el área, proyectando una imagen internacional respeta-ble y mostrando a la Unión Soviética como un país con una base industrial desarrollada, cuya avanzada tecnología había logrado enormes triunfos en el campo espacial; un país ansioso de compartir esos logros con otros países a través de relaciones económicas y culturales tradicionales. Esa nueva política, que Krushchov denominó de “coexistencia pacífica”, tenía como objetivo “mostrarle al mundo la superioridad del comunismo sobre el capitalismo.”

     Según Krushchov, la lucha entre el comunismo y el capitalismo debía continuar, pero tan sólo en el plano económico, político y social, no en el militar. Nikita Krushchov, que había experimentado directamente la lucha contra los nazis y la muerte de 20 millones de sovié-ticos en la Segunda Guerra Mundial, sabía que en una guerra nuclear no habría vencidos ni

vencedores, sino la aniquilación de gran parte de la vida en el planeta.

     Esto preocupó altamente al complejo militar-industrial norteamericano. La doctrina de coexistencia pacífica de Krushchov era una amenaza directa al florecimiento de sus lucra-tivos negocios. El complejo militar industrial norteamericano, que los banqueros de Wall Street controlan, se nutre de guerras, revoluciones, conflictos de baja intensidad y terroris-mo, pues esos son los elementos que les permiten mantener al pueblo aterrorizado y así garantizar que el Congreso apruebe grandes sumas de dinero para invertir en la carrera armamentista. Y Krushchov, sin proponérselo, con su doctrina de la coexistencia pacífica les quería estropear su negocio.

     No en balde estaban tan preocupados. Un análisis de la política soviética hacia América Latina en ese período muestra varias tendencias interesantes. En primer lugar, aunque los soviéticos siempre habían estado listos para aprovecharse de cualquier acontecimiento político en el área, ésta no tenía prioridad alguna en la política exterior soviética. En segundo lugar, a pesar de todos sus esfuerzos en avanzar en América Latina en el campo diplomático y comercial, hasta 1960 estos esfuerzos no habían tenido mucho éxito.

    Finalmente, ni siquiera pareció entusiasmarlos el inesperado cambio político en Cuba en 1959, que tal vez les permitiría extender su esfera de influencia en el continente. Al parecer,

los líderes soviéticos no estaban convencidos de que les convenía asumir responsabilidades (ya fuesen económicas o políticas) que les habían caído inesperadamente en el regazo como resultado de la extraña e inexplicable revolución castrista.

     Antes de 1959, los objetivos de la política exterior soviética habían sido dos: por una parte, el objetivo del Kremlin a corto plazo era aumentar el número de países que recono-cían diplomáticamente a la Unión Soviética. Por otra parte, y en cierto modo en conflicto con el anterior, el objetivo a largo plazo continuaba siendo el mismo: lograr, en nombre de la ideología marxista, influencia y control sobre los países de América Latina.

     En las cuatro décadas anteriores, los soviéticos habían tenido algún éxito en lograr reconocimiento diplomático. En los años ´20 México y Uruguay fueron los primeros países latinoamericanos que establecieron relaciones diplomáticas con la Unión Soviética. Colom-bia lo hizo en 1935, pero, poco después, México y Uruguay rompieron relaciones, de modo que, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Colombia era el único país de América Latina que mantenía al menos relaciones diplomáticas limitadas con la URSS. Sin embargo, la alianza de la Unión Soviética con los Estados Unidos e Inglaterra en la lucha contra la Ale-mania nazi persuadió a varios países latinoamericanos de que extendieran su recono-cimiento diplomático a la URSS; Cuba en 1942; Nicaragua, Chile y Costa Rica en 1944; Bolivia, Brasil, República Dominicana, Ecuador, Guatemala y Venezuela en 1945; y Argen-tina en 1946.

     Pero el comienzo de la Guerra Fría, que el Bogotazo sirvió como pretexto para implemen-tar, marcó el inicio de una tendencia contraria. Basándose en la acusación de que los sovié-ticos se inmiscuían en los asuntos internos de los países con los que mantenían relaciones diplomáticas (probablemente cierta en alguna medida, pero aplicable también a otras poten-cias), 34 varios países latinoamericanos rompieron relaciones diplomáticas con la URSS.  A comienzos del 1948, la Unión Soviética tan sólo tenía embajadas en Argentina, Bolivia y Mé-xico, así como una delegación comercial en Uruguay y un consulado general en Colombia.