viernes, 22 de enero de 2016

LIBROS-PADRE LEONARDO CASTELLANI-"EL EVANGELIO DE JESUCRISTO 2ºY3ºP.(6)

EL EVANGELIO DE JESUCRISTO
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DOMINGO VIGESIMOSEGUNDO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

[Mt 22, 15-21] MI 22, 15-21



            La obediencia es una gran virtud cristiana. Cristo murió por obediencia, dice San Pablo, “hecho obediente hasta la muerte; y muerte de cruz”. La desobediencia es hija de la soberbia, y como ella, es la raíz de la perdición; porque en definitiva, todo pecado es una desobediencia.

            Pero la obediencia no es el Mandato Máximo y Mejor del Cristianis­mo, sino la Caridad. La obediencia es una virtud moral, pertenece al gru­po de la Religión, que es la primera de las virtudes morales: no es una virtud teologal. Digo esto, porque hay una tendencia en nuestros días a falsear la virtud de la obediencia, como si fuera la primera de todas y el resumen de todas. “Usted no tiene más que obedecer y está salvo. La obe­diencia trae consigo todas las otras virtudes. El que obedece está siempre seguro. “El que a vosotros oye, a Mí me oye”, dijo Cristo[4]   En caso contrario, Cristo hubiese dicho: “El que a vosotros obedece, a Mí obedece”; lo cual –siendo verdad en un sentido– induciría sin embargo una conclusión desmesurada, a saber: que la Iglesia tiene potestad total en este mundo, incluso potestad directa en las cosas temporales, cosa que la Iglesia siempre ha negado; pues es evidente que a Cristo de­bemos obediencia en todo, incluso en el dominio temporal, político o civil: es Rey de Reyes y Señor de los Señores.

           

 La interpretación viciosa de ese texto autorizaría a los Jerarcas Eclesiásticos a elegir o deponer Reyes, hacer leyes civiles, y gobernar las naciones; error teológico denominado cesaropapismo o teocratismo.. El que obe­dece no puede equivocarse porque hace la voluntad de Dios. Hay que matar el juicio propio. La obediencia es pura fe y pura caridad. El Papa es Cristo en la tierra”, etcétera. Todo eso es menester entenderlo bien.

            Algunos representantes de Dios parecen a veces pretender sustituirse a Dios. “Lo que yo digo es para usted la voz de Dios, no se puede seguir nunca el propio juicio. La obediencia lo dispensa a usted de todo.” Eso ya no se puede entender bien, es engafo. Sería un grave y donoso error teológico equiparar la obediencia con las virtudes teologales. La obediencia, como todas las virtudes morales, tiene sus límites. No se puede amar demasiado a Dios, no se puede esperar ni creer demasiado; pero sí obedecer demasiado a un hombre.

            Los límites de la obediencia son la caridad y la prudencia. No se pue­de obedecer contra la caridad: en donde se ve pecado, aun el más míni­mo, hay que detenerse, porque “el que despreciare uno de los preceptos estos mínimos, mínimo será llamado en el Reino de los Cielos”. Y no se puede obedecer una cosa absurda; porque “si un ciego guía a otro ciego, los dos se van al hoyo”[5].

            Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Esto dijeron los Apóstoles ante el Sinedrio, que los conminaba a cesar su predicación. Pedro, Santiago y Juan resistieron a las autoridades religiosas con esta palabra. ¿Adónde iríamos a parar? Conozco un cristiano que escribió esta palabra a una autoridad religiosa, y recibió esta respuesta: “¡Eso lo han dicho todos los herejes!”. ¿Qué me importa a mí? Eso prueba que está en la Sagrada Escritura; y que los herejes lo hayan malusado, no lo borra de la Escritura. En uno de esos “volantes anónimos” que hay ahora, se lee: “El Evangelio ensena que la primera virtud del cristiano es obedecer a la jerarquía.” Pueden leer todo el Evangelio y no encontrarán esa “enseñanza” de este teólogo improvisado. Al contrario, Jesucristo anda todo el tiempo aparentemente levantado contra las autoridades eclesiásticas, quiero decir, religiosas. Aparentemente, he dicho.

            Un ironista inglés ha dicho con gracia: “Los que conocen el punto exacto en el cual hay que desobedecer, ésos son pocos y les va mal; pero son grandes bienhechores de la humanidad.” El punto exacto es cuando los mandatos de los hombres interfieren con los mandatos divinos, cuando la autoridad humana se desconecta de la autoridad de Dios, de la cual dimana. En ese caso hay que “acatar y no obedecer”, como dice Al­fonso el Sabio en Las Partidas: es decir, reconocer la autoridad, hacerle una gran reverencia; pero no hacer lo que está mal mandado; lo cual se­ría incluso hacerle un menguado favor. Si esto que digo no fuese verdad, no habría habido mártires.

            En este evangelio tan conocido y decantado se propone a Cristo la cuestión de la obediencia a las autoridades civiles, y por extensión a to­da autoridad en general. “Dad al César lo que es del César –pero dad a Dios lo que es de Dios–”. ¿Qué podemos decir acerca de este efato que no haya sido dicho mil y una vez? ¿Y también, que no haya sido mu­chas veces interpretado mal, como una moneda ya gastada por el uso? Los democristianos, por ejemplo, creen que hay que darse por entero al César; es decir, a la política. Se meten a salvar a las naciones, por medio de la política, antes de salvarse a sí mismos.

            Cristo se hizo mostrar una moneda nueva, no la tomó en sus manos, y desconoció a Octavio Augusto.

            “–¿Quién es éste? –preguntó.

            –El César de Roma.

            –Pues entonces, dad al César lo que es del César...”, es decir, las monedas; no le deis el alma.

            Los judíos se daban cuerpo y alma a la política; y consideraban eso como una cosa religiosa. Por eso le preguntaron si era licito pagar tribu­to al César. Mas Cristo rehusó “definirse” en política, como ellos pre­tendían que hiciese, para embromarlo. Si Cristo hubiese dicho: “Y bien, el Emperador de Roma es nuestro soberano legítimo”, lo hubiesen ta­chado de traidor a su nación y a la Ley, que decía que Israel era de Dios si hubiese negado, lo habrían acusado de “sedicioso” y de “nacionalista” como de hecho lo acusaron calumniosamente al final, ante el Tribunal de Pilato. “Este se niega a pagar el tributo al César”...

            Jesucristo dijo que había que pagar el tributo al César –de hecho, Él lo pagó una vez de un modo curioso– y obedecerle en lo que era autori­dad; de hecho, los judíos, al no tener moneda propia, reconocían no te­ner soberanía. Octavio Augusto César era un individuo hipócrita, soberbio, y lujurioso, que por increíble buena suerte hablase apoderado del Imperio fundado por el héroe su tío; al cual los judíos llamaban “tirano”: Jesucristo no se dio por entendido. Después de él, sus discípulos Pedro y Pablo mandaron la obediencia a los príncipes seculares legítimos, incluso si no son cristianos, “incluso si son díscolos”, dijo San Pablo; y dio la razón: “porque toda autoridad viene de Dios”. San Pablo añade luego otra razón que indica los límites de esa obediencia; y por qué ella se puede extender a veces incluso a los “tiranos”: “porque ya veis que él tiene la Espada”. La doctrina católica acerca de la tiranía –que es el peor mal que puede caer sobre una nación– estatuye que es lícito y aun obligatorio –para el que puede– levantarse contra ella y deponerla; pero con tres condiciones, la primera de las cuales es que ello sea factible, que no sea un amago temerario e insensato, el cual sólo sirve para traer males mayores; como fue por ejemplo la famosa “Conspiración de la Pólvora”, contra Jacobo I de Inglaterra.

            Acerca del Imperio Romano, Jesucristo guardó una singular prescin­dencia: no dijo una sola palabra de tacha, ni una sola palabra de entu­siasmo. Yerra el Dante Alighieri en su libro De Monarchia al aducir que Cristo aprobó el Imperio Romano, porque quiso nacer en él, empadro­narse en Belén, y ser por tanto súbdito del César. Cristo aceptó o sopor­tó el Imperio, como se acepta el clima, el paisaje o la geología de una comarca: como una cosa inevitable. Esa mezcla de bienes y males que era la creación política de Julio César –que había de degenerar después bajo un Nerón o un Calígula en monstruosa tiranía–, no le arrancó nin­gún entusiasmo “patriótico”. La prescindencia de Cristo no es negativa sino positiva y voluntariosa: no es mera apatía, falta de visión o indife­rencia hacia la moral política, de “un joven campesino galileo incapaz de ver más allá de su rincón, más allá de los pequeños problemas de la moral individual”, como blasfemó Renán. No. Cristo estaba en medio de los torbellinos políticos de su nación y su época, había leído los Pro­fetas; y no era indiferente, muy al contrario, al sino desastroso de Jeru­salén, el cual predijo y lloró.

            Cristo prescindió inconmovible de la política, porque tenía que pres­cindir: no habla nada que hacer en política para los palestinos. La idea de los Zelotes de alzar mano armada contra el enorme Imperio era neta­mente insana: de hecho los llevó al desastre. Más tarde será otra cosa: en la formación de los grandes reinos cristianos de Europa entraron y tomaron parte hombres religiosos, discípulos fieles de Cristo. Era ya otra cosa. El “entrar en política” puede ser un deber religioso en algunos casos para un cristiano, que tenga vocación política. En ese caso, no se da al César lo que es de Dios; sino simplemente a Dios, a través de la Pa­tria. “Ningún hombre religioso se entromete en negocios seculares”, di­jo San Pablo. Pero en el caso de Hildebrando, o el cardenal Cisneros, o si me apuran, monseñor Seipel el austríaco, ésos ya no eran negocios se­culares. Para ellos, ésos eran asuntos religiosos. Lo mismo el apoyo ac­tivo prestado por muchos nobles sacerdotes argentinos al alzamiento del general Lonardi.

            Todo esto es claro en teoría, pero es enredado y espinoso en la práctica; y más hoy día. Las naciones occidentales, perdida la religiosidad, se van convirtiendo de más en más en las Fieras de la Escritura. El Esta­do moderno se vuelve de más en más tirano. El Estado es una consecuen­cia del pecado original, no es una creación directa de Dios, es la “creación más grande de la razón práctica” del hombre, enseña Santo Tomás. En el Paraíso Terrenal, si Adán no hubiera caído, hubiese habido gobierno, por cierto; pero no gobierno estatal, sino familiar y paterno. Eso no se puede obtener ya con perfección. Entre los extremos del gobierno tirá­nico y el gobierno paterno, oscilan todos los regímenes políticos huma­nos, después del Pecado.

            En los grandes siglos cristianos se tendió a realizar el ideal del go­bierno paterno: San Luis rey de Francia, San Fernando de España, San Eduardo el Confesor. Había un monarca que venía al trono con la na­turalidad de la fruta en los árboles, que intentaba hacerse respetar y amar de todos, y que daba cuenta de sus acciones solamente a Dios, y había una cantidad de fuerzas políticas y sociales que tendían a mantenerlo dentro de la rectitud; de las cuales la religión era la principal. Eso se llamó la Monarquía Cristiana: duró diez siglos, hizo la Europa; y cayó. El ideal tendía a una familia: ideal inasequible en su totalidad, porque siempre habrá díscolos, la masa siempre será oscura, y el Estado siempre tendrá que usar de la fuerza; pero por lo menos había un conato conti­nuo por sujetar la fuerza a la razón y la razón al amor; y por hacer lle­gar la nación a algo como una familia. Por eso justamente hay más su­blevaciones en los países católicos que en los otros; y son más difíciles de gobernar: el ideal atávico de la nación como una familia trabaja te­rriblemente a los franceses, a los italianos, a los hispanos. “Los países protestantes son más fáciles de conducir; pero si son conducidos mal, no tienen remedio”, dijo el líder irlandés Parnell[6]   Puede ser fácil presa del amor engañoso de un demagogo; pero es muy difícil Que cai­ga en la trampa de quienes, por arte de ideologías, procuran convencerlo de que eje orden político debe construirse alrededor de ideas, a veces muy honorables; pero que no son en sí mismas el bien supremo de los argentinos...” (Ernesto Pueyrredón, en Elogio Fúnebre del Genera/ Lonardi, 13 de abril de 1956)..

            Los hombres hoy día prefieren tener encima a tiranuelos irrespon­sables, agitados y pasajeros, que los opriman en nombre de “la libertad”. Las condiciones han cambiado, los hombres ya no pueden fiarse tanto unos de otros como para poner a la cabeza del bien público a una fami­lia permanente e inamovible, con poderes absolutos. Por tanto se ha vuelto más fácil el advenimiento de la Fiera, que es el otro extremo del eje político, el polo opuesto al Padre. Los grandes imperios paganos que precedieron a Cristo: Asiria, Persia, Grecia Macedónica y Roma, fueron pintados por el profeta Daniel en figura de cuatro fieras; y con mucha razón.

            En la actual economía del mundo, el rechazo de Cristo lleva necesaria­mente al otro extremo de la ordenación política; es decir, al Estado pa­gano duro e implacable. De la cuarta fiera, el Imperio Romano, que Da­niel describe como una mezcla de las otras tres y la más poderosa y te­mible de todas, profetizó el Vidente que surgirá después de muchos si­glos y diversos avatares, la Bestia del Mar o sea el Anticristo: un poder pequeño que se hará grande, un poder muerto que resucitará, un poder inicuo que a causa de la apostasía del mundo llegará a enseñorearse de todo el mundo; afortunadamente, por muy poco tiempo.

            Entretanto tenemos que ir viviendo y tendiendo al gobierno paternal en lo político y a la obediencia noble y caballeresca; aunque sean ideales hoy día casi inasequibles, por lo menos en este pobre país sin esqueleto; quiero decir, sin “estructuración política”; sin “Instituciones”.

            El doctor Carlos Ibarguren conoció cuando muchacho en Salta a un viejo guerrero de la Independencia, al cual ha retratado en La historia que he vivido[7]. Era un catamarqueño que ingresó casi adolescente toda­vía en los ejércitos de Mayo, hizo todas las campañas de Chile y del Pe­rú, y murió centenario. Cuando regresó al país después de Ayacucho, cosido a cicatrices, pidió ver al “tirano” Rosas para pedirle su retiro y un pasaporte para Montevideo.



–¿Por qué se va de la nación? –le preguntó Rosas.

–Porque francamente no me gusta la manera de su gobierno; y además, yo no sabría usar mi sable contra el general Lavalle, que me lo regaló.

–Entonces debe irse con Lavalle y usarlo contra mí –le dijo el go­bernador de Buenos Aires, ceñudo.

–Yo no sabría usar mi sable contra Su Excelencia, porque creo que es la autoridad legítima.

–Vuelva mañana por su pase.

Volvió con bastante aprensión y halló que Rosas le dio su pase y 500 pesos fuertes, se cuadró ante él, lo abrazó y le dijo:

–No forzaré la voluntad de un soldado de la Independencia.



            El sargento retirado volvió pronto de Montevideo, nadie le exigió su reintegro al ejército; y subió a Salta, donde se dedicó a fabricar botas y aperos de montar, en lo que era habilidoso. Esta es obediencia cristiana y caballeresca, señoril. Esto es virtud: y el servilismo por un lado y la rebelión por el otro, son vicios.





DOMINGO VIGESIMOTERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

[Mt 9, 18-26] Mc 5, 21-43



            El evangelio de hoy (vigesimotercero después de Pentecostés, Mateo IX, 18) narra dos milagros enchufados, el de la Hemo­rroísa y el de la Hija de Jairos, que son interesantes para refle­xionar –entre otras cosas– sobre la física del milagro; porque están orna­dos de varias circunstancias sorprendentes. Mateo cuenta el hecho en un resumen seco y Lucas con varios pormenores nuevos; pero Marcos, el meturgemán de San Pedro, hace un relato movido y vívido de testigo presencial, donde creería uno oír la misma voz de Pedro, que fue de él no solamente espectador, sino en cierto modo actor. En efecto, Pedro pone las dos palabras mágicas de Cristo en arameo “Talitha koum (i)” (“Niña, despierta, te digo”), llama a Juan “hermano de Jácome”; segura­mente fue quien respondió a Jesús: “¿Cómo preguntas quién te ha toca­do si la turba te está atropellando y pechando?”; y fue introducido con los dos hermanos Zebedeo y los dos padres al dormitorio de la finadita a presenciar el milagro: “cinco medio-hombres”, dice San Agustín; porque el dolor y el temor los tenían allí en suspenso y como alelados.

            Un milagro depende de la voluntad del taumaturgo y de la fe del que lo recibe; y aparentemente está sometido a ciertas leyes que descono­cemos: son conocidas las circunstancias en que se producen los milagros de Lourdes. Naturalmente, Dios no tiene leyes; pero evidentemente tam­bién si quiere hacer un hecho propio suyo, que lo señale a Él, no necesi­ta descompaginar la creación con una especie de alcaldada o acto de vio­lencia, sino manejar las naturas de las cosas que Él ha hecho, y que Él únicamente conoce hasta el fino fondo. Dios está dentro de las cosas y de sus leyes y no fuera de ellas. Aquí está el error de los que niegan el mi­lagro, como Le Dantec, alegando que Dios no puede destruir las leyes naturales: puesto que no necesita destruirlas. Aquí también está el error de los que, viendo una cierta uniformidad en el modo en que ocurren los milagros, sostienen que no son milagros, sino efectos de leyes naturales que todavía desconocemos; como Beresford y los modernistas en general.

            J. D. Beresford, arquitecto y gran escritor inglés, ha encarnado la doctrina modernista de la “fe-que-cura” (“the healing faith”) en su novela The Hampdenshire Wonder y en otros libros. Trata de desarmar el me­canismo del milagro, atribuyéndolo a la voluntad humana exaltada e in­flamada por la fe y el amor; aunque la “Fe” de que habla no es la fe so­brenatural sino una especie de confianza ciega y frenética; y el “Amor” no es el amor de Dios sino el amor humano. Dice con razón que debe haber un lazo genético entre el espíritu y la materia, la cual del espíritu procede; y por tanto, todo lo que hace falta es que el espíritu, en un mo­mento de exaltación pasional –y aquí es donde yerra– recupere por un momento ese lazo e influjo escondido; pero sabemos que ese influjo es­condido no está en manos del hombre, sino sólo del Creador, y a lo más, del ángel. La teoría es muy bonita, y la novela está bien hecha; pe­ro con todo lo que sabe, Beresford no ha podido jamás resucitar un muerto, ni siquiera curar un dolor de muelas. Eso sí, ha ganado fama y dinero con sus novelas agradablemente religiosas en los medios protes­tantes. Esta misma teoría la enseña una secta protestante, muy poderosa en Norteamérica, que se llama la Cristian Science.

            Cristo exigía la fe a sus milagrados; y a veces el milagro dependía del grado o existencia de esa fe; pero no exigía fe a los muertos que resucitó. La fe, pues, es causa (concausa) del milagro; pero no es causa física de él –como yerra Beresford– sino causa moral: en el sentido de que Cristo se interesaba en sus milagros sólo en cuanto eran medios de llevar a los hombres a la conversión interior, y a creer en Él y en sus tremendas pa­labras. De ahí viene la curiosa circunstancia –en este milagro tan acusada– ­de la prohibición de contarlos, que impartía a sus favorecidos. “Echó a todos fuera, menos a los padres... y les mandó enérgicamente que no dijeran nada...”[8]. ¿Para qué, si como nota Mateo, en seguida lo supieron todos? Pues simplemente para no fomentar en el pueblo la angurria de milagros: que no pusiesen el milagro delante de la predicación; y no con­virtiesen al Mesías en un Supercurandero, así como querían convertirlo los fariseos en un Superdictador o un Superpolítico nacionalista.

            Lo primero que le interesa a Cristo es la predicación del Evangelio: hasta el milagro viene después de eso. Aquí en Buenos Aires me parece ver –y ojalá me equivoque– un fenómeno monstruoso: el único lazo re­ligioso que une a los fieles con la jerarquía y da a la jerarquía su razón de ser, que es la predicación, no existe; o digamos, más moderadamente, como si no existiera.

            “Id y enseñad a todas las gentes.” En las parroquias no se enseña na­da, ni en las “cátedras” de las Catedrales. ¿Qué es una gran parroquia de Buenos Aires? Ciertamente no es una parroquia medioeval, un núcleo de gente unida por la fe, que se conoce, conoce al Pastor y es conocida por él: “mis ovejas me conocen y yo las conozco”, dice Cristo. Hablando breve y mal, una parroquia de Buenos Aires es un gran edificio donde concurren masas desconocidas a comprar “sacramentos” que para mu­chos, que no tienen fe sobrenatural sino simple superstición –justamen­te por falta de enseñanza–, no son sacramentos, sino ceremonias mágicas. Hay excepciones. Hablo en general.

            El único lazo unitivo que quedaría para formar mal que bien una verdadera comunidad religiosa sería la predicación del Evangelio; y no se predica el Evangelio. Yo he recorrido las principales parroquias de Bue­nos Aires, he oído a los principales “oradores” y sé que no se predica el Evangelio, no se enseña la fe.

            Si San Pedro y San Pablo volviesen al mundo, esto es lo que dirían. Pero dejen no más, ya volverán Enoch y Elías.

            A todo esto, por meterme a criticón, no he contado el milagro de la rusita Jairós, tan repicado por los tres Evangelistas Sinópticos.

            Jesús estaba “cerca del mar”, es decir, en la playa de Cafarnaúm. Vi­no un archisinagogo, se echó a sus pies y lloró; y cuando un fariseo llo­ra, ya no es fariseo. Y le “suplicaba grandemente” que fuese a su casa y pusiese sus manos sobre la cabeza de su hija única para que viva, “por­que está en las últimas”. Jesús se puso en camino sin decir palabra; mas si el eclesiástico hubiese tenido la fe del Centurión Romano y hubiese dicho: “Rabbí, no es necesario que te molestes haciendo este camino: tú puedes curarla desde aquí con una sólo palabra” se hubiese ahorrado un gran disgusto y susto.

            Más fe tuvo la Hemorroisa. Jesús caminaba como llevado en andas por una turbamulta. De repente se detuvo y preguntó: “¿Quién me ha tocado?”. Los Discípulos –Pedro sin duda– le dijeron que esa pregunta era chusca: muchísima gente lo tocaba. “No, porque yo he sentido salir virtud de mí”, y miró alrededor. Entonces una mujer se adelantó, se postró delante, y “confesó”, dice Pedro-Marcos: contó todo.

            Sumía de hemorragias doce años hacía. Había gastado toda su fortuna en médicos, la habían hecho sufrir mucho y la habían dejado peor San Lucas, que fue médico, omite este detalle, pero Marcos lo particulariza casi con ferocidad: “Había visto muchos médicos, la habían atormentado, y dejado peor que antes.” También, los médicos de aquel tiempo no se andaban en chiquitas. Los libros judíos (el Talmud de aquel tiempo, nos dejan conocer algunas recetas; para curar el flujo de sangre, por ejemplo: sentarse en una encrucijada teniendo en la mano un vaso de vi­no nuevo; el médico venía por detrás en puntillas y le daba un gran gri­to para asustar al flujo de sangre; si el vino no se derramaba, el flujo se debía sanar; el médico ya estaba pagado, de modo que si no se sanaba, la culpa era de la enferma. Otro remedio era buscar granos de avena en la bosta de un mulo blanco; comiendo uno, el flujo debía cesar por dos días; comiendo dos por tres días; y comiendo uno durante tres días, de­bía cesar para siempre. Otro remedio y éste decisivo: azotarse los muslos con ortigas a la media noche un día sí y otro no durante un mes de Kis­lew –que corresponde a nuestro noviembre-diciembre– y la enfermedad debía desaparecer; pero no desapareció. Otros remedios que seguían, hacían desaparecer las ganas de sanarse. La medicina era ejercida por los Escribas, y consistía en un poco de empirismo y mucha superstición. En la Mishna (Talmud existe esta sentencia: “El mejor de los médicos merece el infierno.”

            “Hija, tu fe te ha curado, vete en paz y sé sana de tu plaga.” La tradi­ción retiene que la mujer favorecida se llamaba “Ber-niké” o Verónica, y fue la misma que en la Vía Dolorosa enjugó con un lienzo el rostro de su Salvador caído –y allí había también flujo de sangre– el cual quedó estampado en él. Ésta había pensado entre sí: “si llego solamente a tocar la orla de su vestido, seré salva”. El pudor la cohibía de exponer su en­fermedad delante de todos; y sentía altamente del Rabbí de Nazareth.

            Estaba aún hablando con ella, cuando llegó mensaje al dignatario si­nagogal de que su hija había muerto. Jesús interrumpió: “No temas, cree solamente.” Cuando llegó estaban preparando el entierro y estaban allí las Lloronas y los Ululantes, según esa costumbre oriental que se conserva todavía en lugares de Suditalia y yo he visto en el Andalucía: llorar, gemir y hacer largos y sollozantes monólogos elegiacos; costumbre que tiene una raíz psicológica y aun higiénica, pues el dolor interno se templa y se encauza por medio de su manifestación externa, así como todas las emociones por medio de su expresión cuerdamente graduada; como atestigua la famosa teoría de “la purificación por la tragedia”, de Aristóteles. Esta ceremonia de los llantos teatrales, ridícula para nosotros los “civilizados”, tiene por fin hacer salir la pena para fuera y que no se vaya para adentro y dañe[9].

            Cristo paró el tumulto gritando: “¿Por qué lloráis y alborotáis? No esta muerta la niña, duerme.” Para Cristo la muerte es un sueño (“Lázaro duerme”), y eso ha de ser para el cristiano... Se burlaron de Él.

            Hizo salir a todos y tomando de la mano a la niña, la “despertó”.

            Se despierta al que duerme, no se despierta al que está muerto. Pero ésa es la locura del amor, que no quiere creer que haya cadáveres. “No está muerta la niña: duerme.” Había allí siete hombres, es decir: cinco medio hombres, uno que ya no era hombre, y uno que era más que hombre... –estas son florituras de San Agustín–. La niña comenzó a ca­minar y los presentes “quedaron estupendamente estupefactos”. Mandó que le diesen de comer, y ordenó “vehementemente” que no lo contaran a nadie.

            Tenía doce años. La leyenda ha querido también seguir los pasos de la niña resucitada. Se casó poco después y de sus hijos naturalmente uno fue obispo, otro fue sacerdote y otro centurión romano; todos mártires. Eso ya no lo sabemos cierto; pero es muy probable que de su estada en el más allá sólo conservó el recuerdo borroso de un sueño, lo mismo que Lázaro; porque de otro modo, no sería fácil seguir viviendo.

            ¿Por qué hizo salir a todos antes de obrar el portento? Primero, por­que se habían reído de Él y no merecían verlo. Segundo y principal, por la razón antes dicha, de que Cristo no quería hacer espectáculos sino crear fe. Hoy día hay gente que piensa que hay que hacer espectáculos clamorosos y multitudinosos para crear la fe. Ojalá que les vaya bien con su sistema, pero me parece que eso más que fe es política. Bueno, ojalá que les vaya bien con su política. Pero hasta ahora no lo hemos visto. La fe es interior, la fe no ama los alborotos, la fe no hace aspa­vientos, la fe se nutre en el silencio: ella es callada y operosa, es sosegada, es modesta, es fecunda, es más amiga de las obras que de las palabras, es fuerte, es aguantadora, es discreta. Es pudorosa. Los hombres profunda­mente religiosos no ostentan su religiosidad, como los Don Juan Tenorio de la religión, porque todo amor profundo es ruboroso; lo cual no im­pide que reconozcan a Cristo ante los hombres cuando es necesario.





DOMINGO SEXTO DE EPIFANÍA[10]

[Mt 13, 31-35] Mt 13, 24-43



            Las parábolas del Grano y de la Levadura se refieren a la Iglesia y pertenecen a una serie de doce parábolas que llenan el capítulo XIII de San Mateo y son llamadas el Sermón del Lago, predica­do probablemente cosa de seis meses a un año después del Sermón del Monte; aunque es más que probable que Cristo haya repetido estas pa­rábolas en diferentes ocasiones; sueltas, como las traen Marcos y Lucas. Pero estas parábolas tienen un tema común: semejanzas del Reino de Dios, o sea, características de la Iglesia que se estaba formando; y se cie­rran con una observación sobre el hablar en parábolas, que ya hemos visto. “Y así les hablaba a ellos en parábolas y sin parábolas no les decía nada; y muchos no entendían. Para que se cumpla lo que dijo el Profeta [David]: -”Desataré mi boca en semejanzas - Revelaré lo que es arcano desde el Origen””.

            David no habla del Mesías sino de sí mismo en el Psalmo LXXII pero David es una figura del Cristo. En realidad habla como poeta y lo que dice se aplica a todos los –verdaderos– poetas; y por ende eminente­mente a Cristo.

            El hablar por semejanzas era típico de la literatura –o mejor dicho de la poesía– hebrea ¿amo de todo el Oriente. Hoy conocemos mejor este genero; conocemos totalmente las leyes del llamado estilo oral –uno de los estadios de la evolución de la expresión humana– gracias a la preciosa obrita técnica del investigador Marcel Jousse. No era el caso de los exé­getas antiguos ni de los del Renacimiento. En otro lugar he indicado que éstos yerran a veces en la interpretación, cayendo en dos extremos viciosos, a causa de su ignorancia del género; pues aprisionados por los esquemas de la retórica grecolatina, los unos miran a las parábolas como si fuesen alegorías o emblemas y los otros como si fuesen novelitas mal hechas. En realidad las parábolas pertenecen al género símbolo, la más antigua y natural de las maneras de expresión poética de la humanidad; lo que llamo Giambattista Vico “la lingua degli erói”.

            Así pues los Santos Padres antiguos descomponen las parábolas en todos sus elementos constitutivos hasta los menores detalles, como en un análisis químico, y quieren dar un significado concreto a cada uno de ellos; el cual en ocasiones no puede ser sino arbitrario y aun estrafalario, cayendo así en el “alegorismo” que S. S. Pío XII desrrecomienda en su Encíclica Divino Afflante Spiritu. Proceden como un maestro de heráldi­ca: “Gules significa la paz, sinople significa la astucia, la orla de oro sig­nifica parentesco con la casa real, el león rampante en campo de gules significa casa noble que crece, los dos calderos significa comarca de oli­vares...”; y así sucesivamente hasta dar a todo el escudo de armas un sig­nificado concreto... y convencional.

            Así, por ejemplo, esta sencillísima parábola de la Levadura, que tiene cuatro líneas, hace decir a la exégesis antigua: “El Fermento es Cristo, la harina es la Humanidad, las tres medidas de harina significan la fe, la es­peranza y la caridad, la mujer significa la Sabiduría”; y después se ponen a discutir muy formales por qué Cristo dijo: “tres satos de harina”, que es un 'hedió (que son 59 kilos) cantidad desmesurada para una horneada, y aun para tres horneadas y tres mujeres. Pero resulta ahora que la “sa­biduría” no es femenino, sino masculino en arameo: no es mujer, es va­rón. Otra discusión.

            La “mujer” significa simplemente que en Palestina quienes horneaban eran las mujeres. El rasgo desmesurado es una cosa general en las pará­bolas de Cristo, y ya hemos explicado el porqué. La parábola ha de to­marse en su conjunto como un símbolo; en este caso, de la sociedad re­ligiosa que Cristo estaba en tren de fundar. Los rasgos particulares tie­nen por objeto diseñar simplemente y traer a la memoria vívidamente una cosa conocida de todos, para significar con ella una cosa invisible; en este caso, misteriosa y futura: la Iglesia. Un pintor actual que pinta un cuadro simbólico de la Paz, por ejemplo, pone allí una cosa concreta que en su conjunto significa la paz; pero cada uno de los rasgos separados de tal cosa concreta, no es necesario tenga un significado especial.

            Los exegetas del Renacimiento vieron que el alegorismo no marchaba; y que las parábolas debían tener un significado literal único, pretendido por Cristo, y sobre el cual no podía caber discusión. Eso fue un progreso, porque es efectivamente así. Pero sin embargo, intrigados de los porme­nores a veces raros, introdujeron que en las parábolas había “rasgos or­namentales”; es decir, adornos en el fondo inútiles. Maldonado, expli­cando la parábola del Convite Regio y topando con la frase del Rey: “Los pollos ya están muertos, los becerros están adobados”, dice que eso es un “rasgo ornamental superfluo”, lo cual viene a querer decir, si bien se mira, que Maldonado la hubiese hecho mejor de haber sido el autor él. Pero un buen artista elimina todo lo superfluo: en una obra maestra no sobra una sola palabra. Esa frase trivial del Rey pertenece al conjunto del símbolo, como parte de él, pero parte no separable; y el Rey la dice para significar que el Convite ha de llevarse a cabo; y eso, pronto. Pre­gunten a un hacendado si se puede aplazar una “yerra de convite”.

            Así pues estas dos brevísimas parábolas señalan a la sociedad religiosa que Cristo estaba en tren de fundar; y salen de antemano al encuentro de los protestantes, que pretenden que Cristo nunca pensó en fundar una sociedad visible; y de los racionalistas de la escuela esjatológica (Weiss, Júelicher, Loisy) que pretenden Cristo creyó que la Parusía (o fin de es­te mundo) estaba inmediatamente próximo. Las dos parábolas en efecto suponen no una próxima catástrofe y reconstrucción instantánea del mun­do, sino un lapso de tiempo y un crecimiento lento, aunque sorprendente –y si se quiere, maravilloso– de una sociedad visible, como un árbol que da sombra y en cuyas ramas cantan los pájaros.

            “Mirad el grano de mostaza que es la menor de todas las semillas [”el alpiste es más chico y el nabo peor todavía”, le hubiese argüido un agri­cultor criollo] y sin embargo cuando crece se convierte en un árbol *ondoso [”en un arbusto de la altura de un hombre en España; y en el Oriente un poco mayor”] más grande que el otro monte [”que el otro monte chico”] en donde vienen las aves del cielo a hacer sus nidos” (“donde vienen a posarse”, dice el texto griego).

            Maldonado, olvidado un momento de su repudio al alegorismo, no puede contenerse de decir que “”las aves del cielo” son los príncipes cris­tianos” (cumplimiento a Felipe II; que si hubiese conocido a los príncipes de ahora no le hubiese pasado por la testa) o si hubiese conocido más de cerca a Felipe II. ¡Aves del cielo, sí! Pajarones de la tierra...

            Cristo, como ven, desmesura sus medidas, juega un poco con la botá­nica, y no pretende sentar plaza de naturalista riguroso. Su pensamiento es que aquel grupito de hombres que lo rodeaba, insignificante hasta lo invisible en un rincón del enorme Imperio, se iba a agigantar paulatina­mente hasta cubrir con su sombra al mundo. “Porque el Reino de los cielos es semejante a un agricultor que tomó una semilla y la echó en la tierra, y se fue. Y pasaron los días y pasaron las noches, y vino el invier­no y vino la lluvia y la semilla brotó. Y pasaron las estaciones y pasaron los años y el granito se hizo yema, y brote, y brizna y tallo y ramas y hojas, hasta que se volvió el árbol más grande, y dio flores y frutos; y a su sombra descansaron los viandantes, y en sus ramas cantaron los pá­jaros...”. Esta es una variante de esta misma parábola, que está en otro lugar: Mateo, IV, 26.

            El crecimiento de la Iglesia en el mundo es un milagro: “Un milagro moral”, dice el Concilio Vaticano. La divinidad de la Iglesia puede ser probada por la misma existencia de la Iglesia –con tal que ella se vea con ojos morales– no obstante que los lógicos dicen que ninguna cosa puede probarse por sí misma sin cometer circulo vicioso o petición de principio, que son sofismas. Dejando a los teólogos la discusión de cómo prueba, hasta dónde prueba y para quiénes prueba –véase Kirkegor– lo cierto es que esa semilla que un hombre sembró en las riberas del Lago y en un espacio de tierra equivalente a la provincia de Jujuy, produjo en el mun­do efectos que ninguna otra semilla ha podido producir, y se volvió li­teralmente “el mayor de todos los árboles”, a semejanza de aquel guija­rro que arrojado desde la cumbre “sin mano” dio en la estatua de pies de barro y la derribó; y se convirtió en una montaña que cubrió toda la tierra[11].

            El profeta Daniel se refiere al mismo milagro moral; y lo compara a un rodado que se desprende de una cima y se viene abajo arrastrando otros a su paso, de modo que al llegar al llano, aquello se ha convertido en un alud enorme.

            Ya unos 30 años después de la muerte de Cristo, San Pablo podía decir que “el nombre cristiano era conocido en toda la tierra”, es decir, en todo el Imperio. Y hoy día el Evangelio ha sido prácticamente predi­cado en todo el mundo.

            El historiador Gibbons, pesado discípulo de Voltaire, pretende que el crecimiento repentino del Cristianismo se debe a causas naturales; y enumera allí siete causas [12]; y yo le podría enumerar otras siete, y aun setenta veces siete. El novelista James Jones, ameno discípulo de Gibbons, pretende que el Cristianismo ha muerto y está a punto de nacer una nueva religión; y puede que tenga razón por desgracia, en esto último. Dice en su novela best-seller, From here to eternity, que así como el Cristianismo se desgajó del judaísmo; así luego del Cristianismo se des­gajó el mahometanismo, que también creció maravillosamente; y después se desgajó el protestantismo; y de éste se desgajaron innumerables nuevas religiones, de una de las cuales se desgajará la Otra, la que él prenuncia y cuyas bases las constituyen las 900 páginas de su novela...

            Mas ninguna de las otras religiones tuvo el nacimiento, crecimiento y vigencia de la Iglesia Católica; ninguna nació de una semilla pequeñísima –de la nada prácticamente hablando– y se hizo árbol; todas ellas se des­gajaron efectivamente, como ramas de un árbol que se quiebran; y se empezaron a marchitar en seguida. No hay comparación posible, a no ser para un miope. No es lo mismo ir a imponer la humildad, la casti­dad y la caridad al monstruoso Imperio Romano en nombre de un Ajusticiado, oh James Jones, que apoderarse de los bienes de los monas­terios y después romper con Roma para no devolverlos, ya que ése es el ejemplo que te gusta: Enrique VIII. La única pequeña diferencia que hay entre la propagación del Evangelio de Cristo y la propagación de tus diversas herejías, es que las herejías se propagaron con crímenes: ya es algo. El Evangelio ha sido la revolución más grande que ha habido en todos los siglos; y la única revolución que triunfó sin derramar más sangre que la suya.

            Pero no fue una revolución violenta: su acción no fue física sino química, igual que la del fermento.

            La acción física es la política y la fuerza de las armas; la acción quí­mica es la persuasión y la transformación lenta. Siempre que la Iglesia ña cambiado la acción química por la acción física, o se ha apoyado de­masiado en la acción física –que siempre existe en parte, incluso en las combinaciones químicas– le ha ido mal y le ha costado muy caro. San Pablo hizo mucho más por el Cristianismo que el Emperador Constan­tino; Santa Teresa hizo mucho más que Felipe II; y la Inquisición Es­pañola realizó la unidad religiosa en España –la cual es un gran bien de orden político– pero le dejó en herencia la más espantosa de las guerras civiles[13].

            Hay que aprender esto. Si no aprendemos, es porque no queremos. Pero la tentación constante del hombre –y la ley del fariseo– es sustituir la acción física a la química porque es más fácil: obligar en vez de per­suadir. A esto le llamó Bergson “el decaigo de la mística en política” No hay duda que a veces hay que obligar, incluso en religión; pero en el fino fondo de la religión está, y no puede menos de estar, la persuasión.



            Semejante es el Reino de los Cielos a un fermento...

            Semejante es el Reino de los Cielos a una semillita...

            Semejante es el Reino de los Cielos a un árbol...



            Cosas tranquilas y vivientes.





DOMINGO VIGESIMOCUARTO Y ÚLTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

[Mt 24, 15-35] Mc 13, 24-32



            La Santa Iglesia cierra y abre el año litúrgico con el llamado “Discurso Esjatológico”; o sea la predicción de la Segunda Ve­nida y el fin de este mundo; lo que se llama técnicamente la “Parusía”. Este discurso profético es el último que hizo Nuestro Señor antes de su Pasión; y está con algunas variantes en los tres Sinópticos: más extensamente en San Mateo XXIV, de cuyo final está tomado el evangelio de hoy. Este capítulo es llamado por los exegetas el “Apokalypsis sucinto”; porque es como un resumen o bosquejo del libro profético que más tarde escribirá San Juan; y que es el último de la Sagrada Biblia.

            La Segunda Venida, el Retorno, la Parusía, el Fin de este Siglo, el Jui­cio Final o como quieran llamarle, es un dogma de fe, y está en la Escri­tura y está en el Credo, un dogma bastante olvidado hoy día; pero bien puede ser que cuanto más olvidado esté, más cerca ande. Hay muchísimos doctores católicos modernos que, las señales que dio Cristo –y a las cua­les recomendó estuviéramos atentos– las ven cumpliéndose todas. Desde Donoso Cortés en 1854 hasta Joseph Pieper en 1954, muchísimos escrito­res y doctores católicos de los más grandes, comprendiendo al Papa San Pío X, al cardenal Billot, al Venerable Holzhauser, Jacques Maritain, Hilaire Belloc, Roberto Hugo Benson, y otros, han creído ver en el di­bujo del mundo actual las trazas que la profecía nos ha dejado del An­ticristo... Papini en su Storia di Cristo, capítulo 86, ha escrito: “Jesús no nos anuncia el “Día” pero nos dice qué cosas serán cumplidas antes de aquel día... Son dos cosas: que el Evangelio del Reino será predicado an­tes a todos los pueblos y que los gentiles no pisarán más Jerusalén. Estas dos condiciones se han cumplido en nuestro tiempo, y quizás el Gran Día se viene. Si las palabras de la Segunda Profecía de Jesús (la del fin del mundo) son verdaderas, como se ha verificado que lo fueron las de la Primera (la del fin de Jerusalén) la Parusía no puede estar lejos... Pero los hombres de hoy no recuerdan la promesa de Cristo; y viven como si el mundo hubiese de durar siempre...”.

            Cristo juntó la Primera con la Segunda Profecía –y esto es una graví­sima dificultad de este paso del Evangelio– o mejor dicho, hizo de la Primera el typoo emblema de la Segunda. Los Apóstoles le preguntaron todo junto; y El respondió todo junto. “Dinos cuándo serán todas esas cosas y qué señales habrá de tu Venida y la consumación del siglo...”.  “Todas estas cosas” eran para ellos la destrucción de Jerusalén –a la cual había aludido Cristo mirando al Templo– y el fin del mundo; pues creían erróneamente que el Templo habría de durar hasta el fin del mundo. Hubiese sido muy cómodo para nosotros que Cristo respondiera: “Estáis equivocados; primero sucederá la destrucción de Jerusalén y después de un largo intersticio el fin del mundo; ahora voy a daros las señales del fin de Jerusalén y después las del fin del mundo.” Pero Cristo no lo hizo así; comenzó un largo discurso en que dio conjuntamente los signos precursores de los dos grandes Sucesos, de los cuales el uno es figura del otro; y terminó su discurso con estas dificultosísimas palabras:



            “Palabra de honor os digo que no pasará esta generación

            Sin que todas estas cosas se cumplan...

            Pero de aquel día y de aquella hora nadie sabe.

            Ni siquiera los Ángeles del Cielo. Sino solamente el Padre.”



            La impiedad contemporánea –siguiendo a la llamada escuela esjatoló­gica, fundada por Johann Weis en 1900– saca de estas palabras una obje­ción contra Cristo, negando en virtud de ellas que Cristo fuese Dios y ni siquiera un Profeta medianejo: porque “se equivocó”: creía que el fin del mundo estaba próximo, en el espacio de su generación, “a unos 40 años de distancia”. Según Johann Weis y sus discípulos, el fondo y mé­dula de toda la prédica de Cristo fue esa idea de que el mundo estaba cercano a la Catástrofe Final, predicha por el Profeta Daniel; después de la cual vendría una especie de restauración divina, llamada el Reino de Dios; y que Cristo fue un interesante visionario judío; pero tan Dios, tan Mesías, y tan Profeta como yo y usted.

            El único argumento que tienen para barrer con todo el resto del Evangelio –donde con toda evidencia Cristo supone el intersticio entre su muerte y el fin del mundo, tanto en la fundación de su Iglesia, como en varias parábolas– son esas palabras; “no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla”, las cuales se cumplieron efectivamente con la destrucción de Jerusalén.

            –Pero no vino el fin del mundo.

            –Del fin del mundo, añadió Cristo que no sabemos ni sabremos ja­más el día ni la hora.

            –Pero ¿por qué no separó Cristo los dos sucesos, si es que conocía el futuro, como Dios y como Profeta?

            –Por alguna razón que Él tuvo, y que es muy buena aunque ni usted ni yo la sepamos. Y justamente quizá por esa misma razón de que fue profeta: puesto que así es el estilo profético.

            –¿Cuál? ¿Hacer confusión?

            –No; ver en un suceso próximo, llamado typo, otro suceso más re­moto y arcano llamado antitypo; y así Cristo vio por transparencia en la ruina de Jerusalén el fin del “siglo”; y si no reveló más de lo que aquí está, es porque no se puede revelar, o no nos conviene.

            La otra dificultad grave que hay en este discurso es que por un lado se nos dice que no sabremos jamás “el día ni la hora” del Gran Derrumbe, el cual será repentino “como el relámpago”; y por otro lado se pone Cristo muy solícito a dar señales y signos para marcarlo, cargando a los suyos de que anden ojos abiertos y sepan conocer los “signos de los tiempos”, como conocen que viene el verano cuando reverdece la higuera. ¿En qué quedamos? Si no se puede saber ¿para qué dar señales?

            No podremos conocer nunca con exactitud la fecha de la Parusía, pe­ro podremos conocer su inminencia y su proximidad. Y así los primeros cristianos, residentes en Jerusalén hacia el año 70, conocieron que se ve­rificaban las señales de Cristo, y siguiendo su palabra: “Entonces, los que estén en Judea huyan a los montes; y eso sin detenerse un momento” se refugiaron en la aldea montañosa de Pella y salvaron, de la horripilante masacre que hicieron de Sión las tropas de Vespasiano y Tito, el núcleo de la primera Iglesia.

            Los tres signos troncales que dio Cristo de la inminencia de su Se­gundo Advento parecen haberse cumplido: la predicación del Evangelio en todo el mundo, Jerusalén no hollada más por los Gentiles, y un pe­ríodo de “guerras y rumores de guerras”, que no ha de ser precisamente la Gran Tribulación; pero será su preludio y el “comienzo de los dolores”. El Evangelio ha sido traducido ya a todas las lenguas del mundo y los misioneros cristianos han penetrado y recorrido todos los continentes. Jerusalén que desde su ruina el año 70 ha estado bajo el poder de los ro­manos, persas, árabes, egipcios y turcos... desde 1918 y por obra del ge­neral inglés Allenby ha vuelto a manos de los judíos; y un “Reino de Israel” que se reconstruye, existe tranquilamente ante nuestros ojos; y finalmente nunca jamás ha visto el mundo, desde que empezó hasta hoy, una cosa semejante a ésta que el Papa Benedicto XV llamó en 1919 “la guerra establecida como institución permanente de toda la humani­dad”. Las dos guerras “mundiales”, incomparables por su extensión y fe­rocidad, y los estados de “preguerra” y “posguerra” y “guerra fría” y “rearme” y la gran perra, que ellas han creado, son un fenómeno espec­tacularmente nuevo en el mundo, que responde enteramente a las palabras de la profecía del Maestro: “Veréis guerras y rumores de guerra, sediciones y revoluciones, intranquilidad política, bandos que se levantan unos contra otros, y naciones contra naciones... Todavía no es el fin, pero eso es el principio de los dolores.” ¿Y cuál es el fin? El fin será el monstruoso reinado universal del Gran Perverso y la persecución despiadada a todo el que crea de veras en Dios; en la cual persecución a la vez interna y ex­terna parecerá naufragar la Iglesia de Dios en forma definitiva[14].

            Otras muchas señales menores, que parecen cumplirse ya, se podrían mencionar; pero no tengo lugar y además es un poco peligroso para mí. Baste decir que aparentemente la herramienta del Anticristo, como notó Donoso Cortés, ya está creada. Hace un siglo justo, el gran poeta francés Baudelaire, escribía en su diario Mon Coeur mis a Nu acerca del go­bierno dictatorial de Napoleón III –que fue una tiranía templada por la corrupción–, que “la gloria de Napoleón III habrá sido probar que un Cualquiera puede, apoderándose del Telégrafo y de la Imprenta, tiranizar a una gran Nación”; cosa que los argentinos sabemos ahora sin necesidad de acudir a Baudelaire.

            Pues bien, desde entonces acá, los medios técnicos de tiranizar a una gran nación, y aun a todo el mundo, por medio del temor y la mentira, han crecido al décuplo o al céntuplo. El Anticristo no tiene actualmente más trabajo que el de nacer; si es que no ha nacido ya, como apuntó San Pío X en su primera encíclica. El mundo está ablandado y caldeado para recibirlo por la predicación de los “falsos profetas”, contra los cuales tan insistente nos precave Cristo; y que son otra de las señales: seudoprofetas a bandadas.

            El odio –y no el amor– reina en el mundo. Eso también está predicho en un versículo que no es nada claro en la Vulgata, pero se entiende bien en el texto griego. “Y porque sobreabundará la iniquidad, se resfriará la caridad en muchos”, dice la traducción de San Jerónimo; que yo creo que no es de San Jerónimo sino de Pomponio o de Brixiano; pues creo cierta la noticia actual de que San Jerónimo no tradujo, sino solamente corrigió la Vulgata. El versículo traducido así resulta una perogrullada, por no decir una pavada: el segundo miembro de la frase es un anticlímax, en vez de ser un clímax como pedía la lógica. Para explicarme rápido, diré que es como si yo dijera: “Como había una temperatura de 45 gra­dos, no había muchos que dijesen que hacía frío...” (no había nadie). O bien otro ejemplo: “El que asesina a su madre, no se puede decir que tenga una virtud perfecta...” (ninguna virtud tiene). Y así, si el mundo está inundado de injusticia, estúpido es decir que a causa de eso “se en­friará la caridad”. No habrá caridad desde hace mucho, ni fría ni caliente. La caridad es más que la justicia.

            Pero el texto griego dice otra cosa, que es inteligente y lógica. Se puede traducir así: “Habrá tantas injusticias que se hará casi imposible la convivencia”; y eso es instructivo y luminoso, porque efectivamente el efecto más terrible de la injusticia es envenenar la convivencia. A la pa­labra griega Copee le dieron poco a poco los cristianos el significado de caridad en el sentido tan especial del Cristianismo; pero originalmente agápee significa “concordia, apego, amistad”; y por cierto amistad en su grado más ínfimo, que es ese mínimum necesario para poder vivir mal que bien unos al lado de otros; conllevarse como dicen en España; o sea la convivencia.

            Que la convivencia entre los humanos se está destruyendo hoy más y más y a toda prisa ¿quién no lo ve? Y que la causa de esa malevolencia que invade de más en más al género humano sea la injusticia ¿quién lo duda? Las injusticias amontonadas y no reparadas, que dejan su efecto venenoso en el ánimo del que las sufre... y también del que las hace. “Que hablará muy mal de ustedes - Aquel que los ha ofendido”, dice Martín Fierro; y “la injusticia no reparada es una cosa inmortal”, dice el hijo de Martín Fierro.

            No he escrito todo esto para desconsolar a la gente, sino porque creo que es verdad; y Cristo nos mandó no nos desconsoláramos por eso, al contrario: “Cuando veáis que todo esto sucede, levantad las cabezas y alegráos, porque vuestra salvación está cerca.” ¿Para qué ha sido creado este mundo, y para qué ha caminado y ha tropezado y ha pasado por tantas peloteras y despelotas sino para llegar un día? Estos impíos de hoy día que dicen que el mundo no se acabará nunca, o bien durará todavía 18 mil millones de anos, se parecen a esos viajeros que se empiezan a en­tristecer cuando el tren está por llegar. Y puede que ellos tengan sus mo­tivos para entristecerse; pero el cristiano no los tiene. Este mundo debe ser salvado; no solamente las almas individuales sino también los cuerpos, y la naturaleza, y los astros (todo debe ser limpiado definitivamente de los efectos del Pecado); que no son otros que el Dolor y la Muerte. Y para llegar a eso, bien vale la pena pasar por una gran Angostura.

            Yo no sé cuándo será el fin del mundo; pero esos incrédulos que lo niegan o postergan arbitrariamente saben mucho menos que yo. ¿Verán los jóvenes de hoy la Argentina del año 2000? No lo sabemos. ¿Verán los chicos escueleros a la Argentina con 100 millones de habitantes, de los cuales 90 millones en Buenos Aires? No lo sabemos. ¿Verá el bebé que ha nacido hoy –y varios han nacido seguro– el mundo convertido en un vergel y un paraíso por obra de la Ciencia Moderna? Ciertamente que no. Si lo ven convertido en un vergel, será después de destruido por la Ciencia Moderna, y refaccionado por el poder del Creador, y la Se­gunda Venida del Verbo Encarnado; ahora no ya a padecer y morir, si­no a juzgar y a resucitar.

            Lo que puede que vean y no es improbable, es a Cristo viniendo so­bre las nubes del cielo para “fulminar a la Bestia con un aliento de su bo­ca”, y ordenar la resurrección de todos nosotros los viejos tíos o abuelos, si es que no lo vemos también nosotros, porque nadie sabe nada, y los sucesos de hoy día parecen correr ya, como dijo el italiano, 'precititevo­lissimevolmente”.




[1]El adulterio era castigado gravemente por la ley romana; en dos períodos del derecho romano, con la pena capital, lo mismo que en la ley de Moisés.

[2]Yo no sé dónde está el Reino de Andorra. Que cada uno quite Andorra y ponga lo que quiera. Yo sé bien en quién pienso cuando digo “Andorra”.

[3]Discusión, p. 129.

[4]Este texto: “El que a vosotros oye, a Mí me oye; el que a vosotros desprecia, a Mí despreciar está aquí muy mal traído; y de hecho lo hemos oído varias voces interpretar viciosamente. En su contexto y en la intención de Cristo, no se refiere a la obediencia, sino a la fe: lo dijo Cristo cuando mandó a los Setenta Discípulos a predicar, no se lo dijo a San Pedro cuando constituyó la Iglesia como sociedad visible. Vease Lucas, X, 16: “El que a vosotros desprecia, a Mí desprecia; y el que a Mí desprecia, desprecia Al que me en­vió.” Es paralelo del texto de Juan, V, 24: “El que oye mi Palabra y la cree, tiene la vida eternas


[5]–¿Se puede obedecer un mandato absurdo? Materialmente se puede a veces, he­lás, pero ningún voto religioso obliga per se a tal cosa, “status enim religiosas est status rationalis, non irrationalis” (cf.: A. Ballerini, Op. Theol. Mor., val. fo, Nº 130).

[6]“Este pueblo es extraordinariamente sensible al amor del que lo rige. Sin amor no admite ser conducido. Resiste a la violencia, pero no puede resistir al amor. La indiferencia lo resiente y lo enfada; la violencia lo enoja y lo levanta. Sólo el amor lo atrae y tranquiliza. Si se le han dado pruebas de amor, es paciente para esperar, presto para agra­decer, celoso para defender, rápido para perdonar, tardo en desengañarse. No tiene tran­quilidad ni paz sin confianza en el gobierno, pero su confianza no reposa tanto en la comprensión de sus actos, como en la intuición de que ellos están inspirados en el amor.


[7]La anécdota del sargento salteño no está tomada del libro La Historia que he vi­vido, todavía no publicado al escribirse esta homilía; sino de un relato oral de don Car­los Ibarguren al autor (19 de junio de 1957). Maleas. [Ver nota 68; n. del E.].

[8]El texto griego dice: “pareéngeilen, diestéilato” (“les gritó, les bramó que no lo contaran”).

[9]El docto presbítero doctor Enrique M. Villaamil, de Gualeguay, Entre Ríos, me comunica –junto con arras observaciones justas– que en algunos rincones de Corrientes se conserva aún la costumbre de las lloronas en los velatorios.

[10]Cuando no ha “cabidos después de Epifanía, por sobrevenir el tiempo cuaresmal se reza esta misa en lugar de la domínica vigesimocuarta después de Pentecostés.

[11]Daniel.

[12]Decline and Fall of De Roman Empire.

[13]Al conectar el catolicismo barroco español con la última guerra carlista me atrevo demasiado, como me argayó un gran religioso español residente en Roma, que des­pués me felicitó.

[14]De esta “Gran Tribulación hemos hecho un cuadro imaginario en nuestra no­vela Su Majestad Dulcinea.