jueves, 29 de octubre de 2015

¿Y qué fue de los obispos españoles?


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¿Y qué fue de los obispos españoles?

No hay motivos para sentirse entusiasmados con el resultado del Sínodo de la Familia que acaba de celebrarse en Roma, pero sí un tanto aliviados, y moderadamente esperanzados.
Por supuesto, es público y notorio que el texto aprobado contiene varias «bombas de relojería», por utilizar la precisa expresión acuñada por el tristísimamente célebre dinamitero Schillebeeckx para referirse a los pasajes ambiguos en los textos del Concilio Vaticano II, que permitirían luego invocar aquel espectro que llamaron «Espíritu del Concilio», y que tantos daños causó a la Iglesia. Dichas bombas se encuentran esta vez sobre todo en los puntos 84 a 86 de la relación final.


Pero, insisto, aun así, hay motivos para sentirse un tanto aliviados: Puesto que el texto que los redactores designados por el Papa pretendían que se aprobara era mucho peor. Y las expectativas previas al sínodo, eran mucho peores aún.
Y hay motivos para sentirse moderadamente esperanzados: En primer lugar, porque el truco de las «bombas de relojería» ya es muy viejo, y no sorprende a nadie. De manera que, si quieren, los obispos y los teólogos fieles podrán trabajar para desactivarlas. Y en segundo lugar, y esto es lo más importante de todo lo vivido en las semanas anteriores, porque, si el sínodo ha mostrado algo, es que hay muchos pastores que creen realmente en el Evangelio y en la doctrina cristiana que recibieron, y están dispuestos a pelear por ella.
Son muchos, y son valientes. Fue valiente el discurso de apertura del cardenal Erdö, que significó el primer revés para los que planeaban un sínodo revolucionario. Fueron valientes los trece cardenales que enviaron una carta de protesta al Papa por los métodos empleados en la preparación y conducción del sínodo. Y los obispos polacos que intentaron hacer públicas las declaraciones de los padres sinodales, y que insistieron en la doctrina de la «familiaris consortio». Y los obispos africanos, liderados por el cardenal Sarah, que han sido los catalizadores de toda la resistencia católica al intento de cambiarnos la religión. etc., etc.
En definitiva: Si este sínodo no ha desembocado finalmente en una traición abierta y triunfal a la doctrina de Cristo sobre el matrimonio, sino en un mero «paso intermedio», que todavía podría ser reversible, ha sido por los obispos fieles, que han hecho lo que han podido. Y contra una organización máximamente adversa, que ha intentado todo lo intentable para llevar las cosas a donde pretendían.
Los católicos debemos estar profundamente agradecidos al cardenal Sarah, al cardenal Pell, a Erdö, a Gadecki, a Arinze, y a otros muchos pastores que han sabido comportarse como tales.
Y, hablando de pastores fieles, no sé por qué me viene de repente a la memoria que también España envió algunos obispos al sínodo de la familia… ¡Vaya! Lo había olvidado por completo, pero, es cierto, dicen que también había algunos obispos españoles.
Sin embargo, tampoco hay que creer todo lo que se dice. ¿Hubo realmente obispos españoles en el sínodo? Cualquiera sabe.
Desde luego, entre los firmantes de la carta de protesta no estaban. Tampoco ha trascendido que intentaran comunicar al exterior las declaraciones y debates que tenían lugar en la asamblea. Ni se solidarizaron públicamente con los planteamientos de Sarah y los obispos africanos. Ni hablaron públicamente de la vigencia de la «familiaris consortio» como hicieron los polacos. Ni consta que intervinieran para poner en su sitio a padres sinodales como aquel, de cuyo nombre no quiero acordarme, que pretendía corregir a Cristo con Moisés. Ni esto, ni lo otro, ni lo de más allá. Nada. Nothing. Nichts.
De manera que la pregunta está justificada: ¿Hubo realmente obispos españoles en el sínodo? ¿O se perdieron quizás en los Pirineos, o en los Alpes, y llegaron tarde a Roma? ¿Fueron tal vez incluso abducidos por una nave extraterrestre que los mantuvo fuera de combate durante semanas?
Un tanto abducidas y siderales sí que suenan las declaraciones de Osoro y Blázquez, una vez reaparecidos, sanos y salvos ―¡gracias al Cielo!―, en sus diócesis. Pero ya sabemos que no conviene abandonarse a hermenéuticas de la conspiración, aunque sea una conspiración extraterrestre. De manera que no le demos más vueltas al asunto, y dejemos descansar a nuestros leones, de vuelta por fin en casa, y con la satisfacción del deber cumplido.
Francisco José Soler Gil