domingo, 25 de octubre de 2015

ORÍGENES HISTÓRICOS DE LA EXÉGESIS MODERNISTA *


ORÍGENES HISTÓRICOS DE
LA EXÉGESIS MODERNISTA
*



La "estrella polar"

Es célebre el aforismo (del griego apo [separación] y horizo [limito, defino]: sentencia o precepto expresado con pocas palabras que resume toda una doctrina) de aquella cumbre de la genialidad que fue San Agustín: "yo, en verdad, no creería en el Evangelio si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia Católica" (Ep. contra Manicheos, 5, 6; P.L. 42, 176). El P. Agostino Trapé, agustino, gran investigador del fundador de su Orden, ofrece un precioso comentario del célebre aforismo en el cap. XIII de su óptima biografía San Agostino, l'Uomo, il Pastore, il Mistico (Ed. Esperienze: Fossano, 1976): "encontré la estrella Polar con que orientarme". La "estrella polar" es la autoridad divina de los Libros Sagrados y la autoridad que infaliblemente los conserva y garantiza: "un largo y lento proceso de reflexión convenció a San Agustín de que esta autoridad es la de la Iglesia Católica [Confesiones, l. 6, c. 5] (...) Fue al escribir contra los Maniqueos cuando acuñó el célebre aforismo susomentado. La profunda verdad que contiene la intuyó en Milán, mientras iba buscando la estrella polar que le orientara en su camino".


"Aunque con el corazón lleno de inquietudes penosísimas -escribe San Agustín-, permanecía, sin embargo, sólidamente arraigada en él la fe en la Iglesia Católica" (Confesiones, l. 7, c. 5). Sólo leyendo las epístolas de San Pablo halló "el inefable misterio de Cristo", "conoció la humildad que confiesa su propia insuficiencia e implora la gracia", y se le mostró finalmente el rostro de la verdadera "filosofía". Era la "filosofía" de San Pablo. La "filosofía" de Dios creador..., de Cristo "poder y sabiduría de Dios", la filosofía de la Cruz y de la humildad cristiana. "¿Cuál es el motivo de que no queráis ser cristianos -reprocha a los neoplatónicos- sino éste: que Cristo vino con humildad y vosotros sois soberbios (...) La senda de la humildad viene de Cristo" (A. Trapé, op. cit., págs. 134 y ss.).

El otro celebérrimo aforismo, Roma locuta est, causa finita est [Roma habló, la disputa terminó], lo pronunció San Agustín en Cartago, cuando el Papa Inocencio I condenó la doctrina pelagiana (27 de enero del 417): "sobre esta cuestión se envió a la Sede Apostólica el juicio de dos concilios [concilios provinciales de Milevi y Cartago, año 416]. Llegó la respuesta de la Sede Apostólica. La disputa terminó. ¡Plegue al Cielo que acabe también el error!" (ibi, pág. 218).

Uno de los grandes poetas, Dante, al enseñar de nuevo la misma doctrina, describe con imágenes eficaces la suerte de quien se rebela contra la autoridad divina de la Sagrada Escritura y de la Iglesia, custodio e intérprete de aquélla, y se extravía por eso tras las "fábulas" de su propio pensamiento: "sed, cristianos, más cuidadosos en vuestras acciones; no seáis como pluma a todo viento y no creáis que toda agua os lava. Tenéis el Nuevo y el Antiguo Testamento y el Pastor de la Iglesia que os guía; que eso os basta para vuestra salvación. Si los malos deseos [vuestras pasiones] os gritan otra cosa [os empujan a otra cosa], sed hombres y no ovejas locas, para que el judío que está entre vosotros no se ría. No hagáis como el cordero, que deja la leche de su madre [la Iglesia] y, bobalicón y antojadizo [disoluto e indisciplinado], lucha él contra su propio bien [brinca y se refocila a su antojo]" (Paraíso, canto V, vv. 73-84). Espectáculo éste tan frecuente hoy, en estos años de barahúnda postconciliar.

La deriva de Loisy
Condenado por San Pío X (8 de septiembre de 1907), el modernismo retornó victorioso con el Concilio, partiendo del campo bíblico una vez más. Fuente directa para la historia del modernismo son los tres volúmenes autobiográficos de Alfred Loisy, su corifeo: Mémoires pour servir à l’histoire religieuse de notre temps (I, 1857-1900; II, 1900-1908; III, 1908-1927; París, 1930-1931). Marie-Joseph Lagrange, o.p., nos servirá de guía: M. Loisy et le modernisme. A propos des Mémoires (Du Cerf, París 1932).

Loisy y Lagrange, exégetas ambos, fueron contemporáneos y se encontraron, pero tomaron dos direcciones diametralmente opuestas. El P. Lagrange, dominico (1855-1938), en el largo decurso de su fecunda y laboriosa actividad de investigador, tuvo puesta la mira en la "estrella polar" que había usado San Agustín para orientarse: la autoridad divina de la Sagrada Escritura y la autoridad infalible de la Iglesia, y se dejó guiar con humildad por las directrices del Magisterio. Loisy (1857-1940) desanda, en cambio, lo andado por el gran Agustín.

En el seminario mayor de Châlons, Loisy había aprendido el "misterio de Cristo", el ardor y la humildad del apóstol Pablo, el Magisterio infalible de la Iglesia, "Madre de los Santos", que nos guía y nos asiste desde la cuna hasta el encuentro con el Juez Supremo, y por la cual había sido consagrado "ministro" suyo, sacerdos in aeternum (29 de junio de 1879). No obstante, confiesa cándidamente en sus Mémoires (I, 154), apenas siete años después, ya en 1886, comenzó "a sentirse completamente contrario a la Iglesia". ¿Qué había pasado en tan breve lapso de tiempo? Había sucedido que su actividad intelectual había desarrollado y arraigado en él una mentalidad racionalista. Es el peligro que corren todos aquellos cuya vida intelectual no está disciplinada por una vida espiritual ferviente: la mente, gozando de su actividad, se forja ilusiones de autosuficiencia, y se ciega a cualquier otra luz que no sea la de la razón; este orgullo intelectual, de impronta satánica, es el alma del racionalismo.

Y, sin embargo, dos años después de su ordenación, Loisy había logrado por mediación de Mons. Duchesne establecerse en París como alumno y, muy pronto, profesor del Institut Catholique, docente de la asignatura de hebreo, a la que se agregó la de exégesis, inicialmente del Viejo Testamento, y más tarde también del Nuevo, su materia preferida. Loisy comenzó a escribir en algunas publicaciones contra la inspiración divina y la inerrancia de los Libros Sagrados (¡es el mismo primer paso que dieron en 1960, por la senda del neomodernismo, los jesuitas del Instituto Bíblico Pontificio!). Descartando la luz de la fe para dar el primado a sola la razón, a la "alta crítica", aplicó a la Sagrada Escritura las teorías más extremistas del racionalismo protestante. Para los Evangelios, recurrió a la obra más discutida entonces de David Friedrich Strauss, Das Leben Jesus, Kritisch bearbeit [Vida de Jesús reelaborada críticamente], y con Strauss (1808-1874) eliminó todo lo sobrenatural de los Evangelios, atribuyéndolo a la elaboración "mitológica" de la "comunidad primitiva", retrasando con tal objeto al siglo segundo la composición de los Evangelios.

El equívoco entre el mundo creado por Dios y el "mundo" enemigo de Dios es evidente. Cualquier buen cristiano estaría en disposición de disiparlo, pero Von Balthasar, «el hombre más culto de nuestro tiempo», como era elogiado por De Lubac, parece haberse enredado en él, junto con Don Giussani. Pero la confusión es tan banal que resulta espontáneo preguntarse si Von Balthasar y los cultivadores de la nueva teología no pretenden más bien enredar a los demás.

Roma locuta est
El 18 de noviembre de 1893, León XIII expuso con claridad meridiana, en la Providentissimus Deus, la doctrina católica sobre la Sagrada Escritura, definiendo particularmente la naturaleza de la inspiración divina y su efecto directo: la inerrancia absoluta, de hecho y de derecho, de la Sagrada Escritura. Se sancionaba así la enseñanza perenne del Magisterio infalible, desde el consenso unánime de los Padres hasta los Concilios ecuménicos, Tridentino y Vaticano I (1870) sobre todo. Escribe el P. Lagrange (op. cit., pág. 122): "al leer este luminoso documento me embargó una gran alegría". Y para la inerrancia absoluta, el P. Lagrange se remite a la encíclica (Revue Biblique, 1896, pág. 500), "bastante formal y explícita sobre este punto", "la autoridad más alta posible"; en efecto, la encíclica se hace eco del consenso unánime de los Padres y, por ende, de la Tradición divino-apostólica: "los Padres son unánimes... La encíclica no es más que el eco de su doctrina constante, confirmada, como tan bien dice León XIII, por una conducta siempre idéntica a sí propia; es decir, por la preocupación dominante de demostrar la inmunidad de todo error de la Sagrada Escritura" (Spadafora, Leone XIII e gli studi biblici, Rovigo 1976, p. 83).

Loisy pareció someterse a la Providentissimus al declarar: "experimento un gran consuelo al protestar ante el Vicario de Cristo, con sencillez de ánimo, mi sumisión completa a la doctrina promulgada por él en la encíclica sobre la Sagrada Escritura" (cit. por Lagrange, op. cit., pág. 88). Pero no era más que un subterfugio para continuar desde dentro la demolición del catolicismo. En sus Mémoires (I, pág. 314) escribirá Loisy: "me permitía insinuar al Papa, directa y lealmente [sic], que su encíclica era muy buena para la dirección de teólogos y predicadores; pero que los historiadores y los críticos debían dejarse guiar por otros principios", haciendo así pasar sus fórmulas de sumisión por una audaz lección al Sumo Pontífice (ibi, pág. 89).

En realidad, Loisy confiesa con cruda claridad en las mismas Mémoires el método fraudulento usado para introducir su veneno en el "cuerpo místico" de Jesús. "Tengo conciencia -escribe (II, pág. 455)- de haber empleado las mayores astucias para hacer penetrar un poco de verdad en el catolicismo... En efecto, me he abstenido siempre de demostrar ex profeso la falta de verdad del catolicismo". Y en II, pág. 397, "logomaquias metafísicas aparte, yo no creo en la divinidad de Jesús... y considero la encarnación personal de Dios como un mito filosófico [igual que Strauss]. Cristo tiene menos parte en mi religión que en la de los protestantes liberales, porque no doy tanta importancia como ellos a esta revelación de Dios-Padre con que ellos [Harnack] honran a Jesús. Si soy algo en religión, soy panteo-positivo-humanitario, más que cristiano".

En consecuencia, la Iglesia, según Don Giussani, no trae nada nuevo al hombre, sino que se limita a volver a despertar algo que ya está en el hombre, aunque adormecido. ¿Debemos creer tal vez que en el hombre ya está adormecida la Divina Revelación, con la noción de la Santísima Trinidad, de la Encarnación del Verbo, de la vida sobrenatural, etc.? ¿O debemos más bien pensar que para Don Giussani estas verdades sobrenaturales, que el hombre no puede conocer sólo con la luz de la razón ni por medio de ninguna "experiencia", jamás han sido reveladas por Dios?

Lagrange observa (op. cit., pág. 142): "todo eso se envolvía en su expresión de apego a la Iglesia, sincero a su modo, porque la Iglesia aún era a sus ojos la mejor ‘chance’ [oportunidad] para la humanidad de elevarse a cierta altura moral o mantenerse en ella. Satisfacía así su instinto ‘positivo’ ".

Loisy desdeñó la fúlgida luz encendida por la Providentissimus contra las tinieblas que "la alta crítica" continuaba condensando y difundiendo contra "la autoridad divina" de los Libros Sagrados, de los Evangelios en particular; el racionalismo alemán había perdido "la estrella polar" de su camino, y fiaba en sola la razón tras renegar de la autoridad divina de la Iglesia, único custodio e intérprete de la Sagrada Escritura por mandato divino. Y, mientras Lagrange exultaba Roma locuta est, causa finita est, Loisy, inmerso por entero en las tinieblas del racionalismo alemán, perseveró en el error.

Procedimientos de modernistas
En 1902, en respuesta al libro de Harnack Das wesen des Christentum [La esencia del Cristianismo, 1900], Loisy publicó el librito L’Évangile et l’Église [El Evangelio y la Iglesia]: "mi impresión fue inmediata, neta, decisiva -escribe Lagrange-. Esta vez el velo se había desgarrado. No sólo Loisy no era ya creyente y se apartaba de la Iglesia, sino que lanzaba contra el dogma y contra la Iglesia un ataque tanto más peligroso cuanto que se presentaba como una apología" (op. cit., pág. 123).

Loisy habla así de ello en sus Mémoires (II, pág. 168): "históricamente hablando, yo no admitía que Cristo hubiera fundado la Iglesia y los Sacramentos; profesaba la creencia de que los dogmas surgieron gradualmente y que por eso no son inmutables; lo mismo admitía para la autoridad eclesiástica, de la cual hacía un ministerio de educación humana... No me limitaba, pues, a criticar a Harnack, sino que insinuaba, con discreción pero efectivamente, una reforma esencial de la exégesis católica, de la teología oficial, del gobierno eclesiástico en general... Una parte de mi libro podía gustar a todos los católicos; la otra parte, a pesar de las preocupaciones de mi lenguaje y aunque se presentaba disimulada en la primera, podía suscitar oposiciones". "En vez de ‘parte’ habría debido escribir ‘aspecto’ -comenta Lagrange (págs. 107 y ss.)-, porque todo anda meclado en el pequeño libro rojo [El Evangelio y la Iglesia]. Todo en él es refutación de Harnack y todo destrucción de la Iglesia tal cual es (...) El procedimiento no era leal".

Lo que contribuía a la permanencia del equívoco sobre la posición de Loisy, era el silencio sobre la divinidad de Cristo. Los buenos podían pensar que, al escribir él sobre la Iglesia, la divinidad de Jesús era un artículo de fe del que había hecho abstracción para no tratarlo a la ligera, ya que le reservaba otro tratado. Algunos, empero, vieron claro y objetaron a Loisy que su Jesús era inferior a Sócrates. Y, efectivamente, escribirá Loisy en la segunda edición del "librito rojo": "según la lógica de la razón, si la idea del reino es inconsistente, cae el Evangelio como revelación divina. Jesús es tan sólo un hombre pío que no ha sabido liberarse de su piedad, de sus dueños".

San Pío X no se dejó engañar: después del elenco de los principales errores en el decreto Lamentabili (4 de julio de 1907), vino la solemne condena del modernismo con la encíclica Pascendi del 8 de septiembre de 1907. La mayor parte de las frases condenadas se habían tomado de las obras de Loisy y del otro corifeo del modernismo, el inglés George Tyrrell, nacido en Dublín el 2 de febrero de 1861; abandonó la religión anglicana para convertirse al catolicismo, entró en la Compañía de Jesús (1879) y fue ordenado sacerdote en 1891. Tyrrell quiso explicar "simbólicamente" la teología y el dogma, y también él acabó repudiando "la autoridad divina" de la Iglesia. En el 1906 salió de la Compañía de Jesús. Excomulgado el 22 de octubre de 1907, murió el 10 de julio de 1909. Se fulminó excomunión contra Loisy el 7 de mayo de 1908; murió en París el 1 de junio de 1940 sin dar muestras de arrepentimiento.

La orden de volver a la "polar"
Hacia el fin de su glorioso y largo pontificado, León XIII instituyó la Pontificia Comisión Bíblica, con lo que completó la obra, realmente fundamental para el estudio de la Sagrada Escritura, iniciada con la encíclica Providentissimus del 1893, expresión solemne del Magisterio infalible de la Iglesia (véase al respecto la voz redactada por Francesco Spadafora para el Diccionario Bíblico dirigido por él, Ed. Studium, Roma 1963, 3ª edición).

Con la Carta Apostólica Vigilantiae (octubre de 1902), León XIII confiaba a la Pontificia Comisión Bíblica precisamente el cometido de hacer volver a la exégesis católica a su "estrella polar", contra la perversa fascinación de un falso "arte crítico": bien que sin desatender "los nuevos descubrimientos de la investigación moderna", los miembros de dicha Comisión "deberán encargarse de que no se afirme entre los católicos ese modo de pensar y actuar, absolutamente reprobable, que lleva a sobrevalorar, por desdicha, las tesis de los heterodoxos, como si la genuina inteligencia de la Escritura hubiera de buscarse ante todo partiendo de un sistema de conocimientos externos. En efecto, ningún católico puede albergar dudas sobre lo que otras veces hemos recordado con más amplitud: Dios no confió las Escrituras al juicio privado de los investigadores, sino que las consignó al Magisterio de la Iglesia para su interpretación: ‘en materia de fe y costumbres, que forman parte del edificio de la doctrina cristiana, debe considerarse como verdadero sentido de la Sagrada Escritura el que ha creído y cree la Santa Madre Iglesia, a la cual compete juzgar del sentido y de la interpretación auténtica de las Sagradas Escrituras y que, en consecuencia, a nadie le es lícito interpretar la Sagrada Escritura contra este sentido y contra el consenso unánime de los Padres’. La naturaleza de los libros divinos es tal, que para iluminar la religiosa oscuridad que los envuelve no sirven las leyes hermenéuticas sin más, sino que es necesaria, por el contrario, aquella guía y maestra que Dios mismo dio; o sea: la Iglesia. Por ende, el sentido exacto de las Escrituras no podrá en modo alguno hallarse fuera de la Iglesia; ni podrá ser presentado por los que han rehusado su magisterio y autoridad (...) No tenemos nada en contra de que nuestros investigadores profundicen estos estudios, incluso recurriendo, con moderación, a la obra de algún autor no católico; procuren, con todo, no absorber también a causa de dicha familiaridad un modo arbitrario de juzgar. Muchas veces cae en esto el método crítico más refinado, y Nos hemos denunciado más de una vez los peligros de esta temeridad de juicio (...) Ciertamente (es menester decirlo al punto), tocante a los textos [bíblicos] que han tenido ya una interpretación auténtica y garantizada por los autores sagrados o por la Iglesia, conviene hacer comprender que, según las leyes de una sana hermenéutica, sólo dicha interpretación puede darse por válida. De no pocos textos, empero, no hay hasta ahora una explicación segura y definida de la Iglesia, y sobre éstos cada investigador puede seguir y sostener las tesis que estén probadas. Se sabe, no obstante, que en estos asuntos es menester conservar, como norma general, la analogía de la fe y la doctrina católica. En este campo, además, es necesario estar muy atentos para que (...) no se impugnen las mismas verdades reveladas o las tradiciones divinas".

La deriva

La ayuda más valiosa en su obra a favor de la exégesis católica, para ratificar la sustancial historicidad de los primeros capítulos del Génesis, la autenticidad e historicidad de los santos Evangelios, la autenticidad del libro entero del profeta Isaías (caps. 1-66), etc., la tuvo San Pío X en la Pontificia Comisión Bíblica, flanqueada desde 1909 por el Pontificio Instituto Bíblico, confiado a la Compañía de Jesús.

Todos los documentos del Magisterio eclesiástico concernientes a la Sagrada Escritura son un eco fiel de la Providentissimus: la encíclica Spiritus Paraclitus (15 de septiembre de 1929); la Divino Afflante Spiritu (20 de septiembre de 1943); o la Humani Generis (12 de agosto de 1950).

Pío XII la define, con razón, como la Carta Magna de los estudios bíblicos; repite textualmente sus palabras sobre la inspiración divina de los libros sagrados y su consiguiente inerrancia absoluta de hecho y de derecho, y concluye: "ésta, pues, es la doctrina que nuestro predecesor León XIII expuso con tanta gravedad, y que también Nos con nuestra Autoridad proponemos e inculcamos para que sea escrupulosamente mantenida por todos".

Bien se habría podido decir con San Agustín: "llegó la respuesta de la Sede Apostólica. La disputa terminó". Pero agrega: "¡plegue al Cielo que acabe también el error!"; y, en nuestro caso, el error no ha terminado, por desgracia. A partir de 1937 se trabó una lucha sorda contra la Pontificia Comisión Bíblica y la Providentissimus Deus de León XIII por obra de los propios jesuitas del Pontificio Instituto Bíblico. Mons. Francesco Spadafora ilustró sus etapas relevantes también desde las páginas de este periódico (El triunfo del modernismo sobre la exégesis católica, sì sì no no, nn. 32 a 55).

Con el Concilio Vaticano II y Pablo VI, el neomodernismo ha triunfado aparentemente en el campo bíblico, con el consiguiente daño para todos los demás campos: teológico (dogmático y moral) y litúrgico. Hoy la exégesis-ya-no-católica, perdida su "estrella polar", va a la deriva. ¿Hasta cuándo?

Paulinus
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