miércoles, 26 de noviembre de 2014

LAS BATALLITAS DE BEGOGLIO EN LA ONU (1)


LAS BATALLITAS DE BEGOGLIO EN LA ONU (1)
San_Benito_(El_Greco)
Bergoglio ha ido a la ONU a contar sus batallitas a los hombres que quieren escuchar algo para dormirse pronto. Es de esta manera, cómo hay que calibrar este discurso. Un discurso de un viejo con ideas viejas, que ya en la ONU nadie sigue, a nadie le interesa, porque ellos se mueven por la idea masónica del poder, no por la idea comunista del hombre.
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Bergoglio no se apoya ni en el Magisterio de la Iglesia, ni en el Evangelio ni en la Tradición católica, sino sólo en su mente, que es el de un hombre desquiciado.
Bergoglio hace referencia al «espíritu de sus Padres fundadores», da un «mensaje de aliento para volver a la firme convicción de los Padres fundadores de la Unión Europea, los cuales deseaban un futuro basado en la capacidad de trabajar juntos para superar las divisiones, favoreciendo la paz y la comunión entre todos los pueblos del Continente» (ver texto). El Patrono de Europa es San Benito, olvidado por este demonio. San Benito es el pasado de la cristiandad que ya no cuenta para la Europa masónica. San Benito deseaba que la verdad del Evangelio fuera obedecido por los hombres. Para eso puso su regla monástica, para que los hombres la copiaran, la imitaran en sus vidas humanas.
«Es necesario recordar una vez más aquel principio peculiar de la doctrina cristiana: los bienes de este mundo están originariamente destinados a todos. El derecho a la propiedad privada es válido y necesario, pero no anula el valor de tal principio. En efecto, sobre ella grava una hipoteca social, es decir, posee como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes» (Juan Pablo II – Sollicitudo rei sociales).
Esto es lo que enseña un auténtico Papa sobre la economía.
El hombre tiene derecho a la propiedad privada, pero este derecho no es absoluto, porque los bienes de este mundo son del Creador. No son de los hombres.
Muchos luchan por lo bienes comunes como algo propio al hombre. Y es una mentira. No hay que buscar los bienes comunes: hay que usar los bienes creados en la Voluntad de Dios. Y sólo de esa manera, el bien común llega a todos los hombres.
Siempre el problema del bien común es porque los hombres se apegan a los bienes que no son suyos, que son de Dios.
Por eso, nace el capitalismo y el marxismo: un capitalismo sin normas éticas ni morales; y un marxismo sin la verdad del Evangelio, que lucha sólo por los bienes comunes como si fuera propios del hombre y que otros se han apoderado.
Unos se acaparan las riquezas de este mundo, que no les pertenece: es el culto al dinero;
Otros luchan por las riquezas que otros se acaparan, y que tampoco les pertenece: es el culto al hombre.
Pero ninguno se desprende de los bienes creados para usarlos convenientemente, según la ley de Dios: ninguno de ellos da culto a Dios, quitando el pecado y los apegos a la vida.
Y, por eso, los dos sistemas producen muchos males en la sociedad.
Así habla un marxista, como Bergoglio: «cada ser humano está unido a un contexto social, en el cual sus derechos y deberes están conectados a los de los demás y al bien común de la sociedad misma» (ver texto).
El hombre está unido a una sociedad, a una forma de vida social. En consecuencia, tiene derechos y deberes con los demás.
En este planteamiento marxista, en esta ideología, es el hombre el centro del problema, de la vida, de las obras, de las ideas humanas.
Y su error es éste: ningún hombre está unido a otro por su contexto social. Esto es sólo una frase bella, pero vacía de contenido, vacía de verdad.
Dios no crea al alma para que viva unida a los hombres. Dios crea al alma para que se una a Él. Y sin está unión, si el alma no busca en su vida la unión con Dios, entonces cuando se une a los hombres, de cualquier manera que se obre esta unión, es siempre falsedad, un error, una división en su vida.
Ningún hombre se une a un contexto social: el hombre vive en una familia, en una sociedad, en un grupo social. Vive, pero puede unirse o no a ese ambiente social.
Hay que estar en el mundo, pero no ser del mundo: hay que vivir en el mundo, pero no unido al mundo, no unido a un contexto social. Quien lo haga, peca contra Dios y contra los hombres. No se peca cuando se da a los hombres, en la sociedad, en la familia, en el grupo social, la Voluntad de Dios.
Por eso, Bergoglio lucha por su ideología marxista, pero no lucha por la verdad del Evangelio, no lucha por Cristo, sólo lucha por sus pobres, por el hombre, por el “evangelio” que hace feliz a los hombres, que da alegría a los cuerpos humanos, a sus vidas. Bergoglio propone el camino ancho, en la vida humana, que lleva al infierno al alma. Bergoglio va buscando la cultura del hombre, de los derechos del hombre, pero no busca la Voluntad de Dios en la sociedad humana. No pone la ley Eterna en el contexto social, en la familia, sino su idea marxista:
«Considero por esto que es vital profundizar hoy en una cultura de los derechos humanos que pueda unir sabiamente la dimensión individual, o mejor, personal, con la del bien común, con ese «todos nosotros» formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. En efecto, si el derecho de cada uno no está armónicamente ordenado al bien más grande, termina por concebirse sin limitaciones y, consecuentemente, se transforma en fuente de conflictos y de violencias».
El hombre busca una unión entre lo individual y lo comunitario; pero lo busca al margen del Evangelio, al margen de la doctrina social de la Iglesia. Bergoglio impulsa que el derecho de cada uno se ordene al bien de todos. Y esto es una barbaridad: «si el derecho de cada uno no está armónicamente ordenado al bien más grande».
El fin del hombre es ordenarse a Dios. Y sólo a Dios. Pero el fin del hombre no es unirse a los bienes de Dios, a los bienes de la Creación, aunque sea el más grande bien para toda la humanidad. Cristo no murió por el bien más grande del hombre, del mundo, de la creación. Cristo murió por el bien de la Voluntad de Dios sobre el mundo, sobre el hombre y sobre la creación.
Bergoglio ya no recuerda que, al ser el fin del hombre la unión con Dios, entonces el hombre tiene que usar los bienes creados convenientemente, sin el pecado, sin los apegos, para llegar a ese fin. Esto es lo que anula Bergoglio en todo su discurso.
Para Bergoglio sólo hay un pecado: el social, el de la mente del hombre: como los hombres no piensan bien las cosas para poner sus derechos individuales en servicio a los demás, en armonía con los derechos de los demás, entonces vienen los conflictos, las violencias. Esto es lo que llaman la conciencia de la humanidad, que los falsos profetas, como Luz de María, predican constantemente. Es la conciencia “crística”, que es buscar esta armonía que dice aquí este demonio encarnado.
Y, entonces Bergoglio comienza a contar sus batallitas:
«Una de las enfermedades que veo más extendidas hoy en Europa es la soledad, propia de quien no tiene lazo alguno. Se ve particularmente en los ancianos, a menudo abandonados a su destino, como también en los jóvenes sin puntos de referencia y de oportunidades para el futuro; se ve igualmente en los numerosos pobres que pueblan nuestras ciudades y en los ojos perdidos de los inmigrantes que han venido aquí en busca de un futuro mejor».
Bergoglio comienza a llorar por sus ancianos, que están tan solos, tan abandonados…; derrama lágrimas por los jóvenes que no tienen trabajo, que han perdida el punto de referencia, pero no las ganas de pasárselo bien en la vida; este punto lo calla Bergoglio…Y hay que conseguir que todo el mundo tenga dinero para que la vida sea felicidad para todos…; clama por sus malditos pobres, que tienen los estómagos vacíos de comida, y sus almas negras para el infierno…; y es un político más que quiere resolver los problemas de la inmigración…El futuro del hombre: el Paraíso en la tierra, el nuevo orden mundial…
¡Qué llorón es este hombre por la vida de los hombres! Y no sabe decir, como todos los Paaas han proclamado:
«la Iglesia no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal de que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo». ((Juan Pablo II- Centesimus annus, n. 43)
Bergoglio: ¿a qué vas a la ONU? ¿A proponer tu sistema comunista?
¿Para qué dices? «Al dirigirme hoy a ustedes desde mi vocación de Pastor». Esto es una gran mentira, porque no hablas como Pastor de las ovejas, no hablas como Vicario de Cristo, no eres la Voz de la Verdad en un mundo sin Verdad, sino que hablas como un lobo que destrozas la vida espiritual de las ovejas con tu inútil verborrea humana, hablas como un loco, que ha perdido el juicio, porque no luchas por la gloria de Dios en este mundo, sino por la gloria de los hombres.
Es necesario escuchar las palabras de un Papa con una cabeza bien puesta:
«La Iglesia no tiene modelos para proponer. Los modelos reales y verdaderamente eficaces pueden nacer solamente de las diversas situaciones históricas, gracias al esfuerzo de todos los responsables que afronten los problemas concretos en todos sus aspectos sociales, económicos, políticos y culturales que se relacionan entre sí. Para este objetivo la Iglesia ofrece, como orientación ideal e indispensable, la propia doctrina social, la cual —como queda dicho— reconoce la positividad del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica que éstos han de estar orientados hacia el bien común. Esta doctrina reconoce también la legitimidad de los esfuerzos de los trabajadores por conseguir el pleno respeto de su dignidad y espacios más amplios de participación en la vida de la empresa, de manera que, aun trabajando juntamente con otros y bajo la dirección de otros, puedan considerar en cierto sentido que «trabajan en algo propio», al ejercitar su inteligencia y libertad». (Juan Pablo II- Centesimus annus, n. 43)
La Iglesia no propone modelos, no llora por los hombres, sino que se dedica a salvar almas, a poner un camino de salvación y de santificación a todo el mundo. Pero Bergoglio no está por esta labor.
Una vez que ha llorado por su maldita humanidad, viene la lucha de clases:
«Esta soledad se ha agudizado por la crisis económica, cuyos efectos perduran todavía con consecuencias dramáticas desde el punto de vista social. Se puede constatar que, en el curso de los últimos años, junto al proceso de ampliación de la Unión Europea, ha ido creciendo la desconfianza de los ciudadanos respecto a instituciones consideradas distantes, dedicadas a establecer reglas que se sienten lejanas de la sensibilidad de cada pueblo, e incluso dañinas».
Hay grupos sociales que establecen reglas que van en contra de los pobres, de los ancianos, de los inmigrantes. Es clara su teología de la liberación: siempre en contra de las reglas por vivir sólo en la opción de los pobres, en el culto a la vida de los hombres.
Y hay que recordar a Bergoglio lo que dijo Juan Pablo II:
«¿Se puede decir quizá, que después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que traten de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del progreso económico y civil?» (Juan Pablo II- Centesimus annus, n. 42)
Y el Papa respondía:
«Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre»» (Ib.)
Juan Pablo II dijo sí al capitalismo, pero era contrario a un capitalismo sin reglas; pero Bergoglio es contrario a todo aquel que ponga reglas y que no beneficie a sus pobres.: es un no al capitalismo y un sí al marxismo.
Y Juan Pablo II enseña: «La solución marxista ha fracasado» (Ib.); pero Bergoglio no sigue el Magisterio de la Iglesia, la doctrina social de los Papas, sino su ideología marxista:
«los grandes ideales que han inspirado Europa parecen haber perdido fuerza de atracción, en favor de los tecnicismos burocráticos de sus instituciones. A eso se asocian algunos estilos de vida un tanto egoístas, caracterizados por una opulencia insostenible y a menudo indiferente respecto al mundo circunstante, y sobre todo a los más pobres. Se constata amargamente el predominio de las cuestiones técnicas y económicas en el centro del debate político, en detrimento de una orientación antropológica auténtica. El ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo para ser utilizado, de modo que – lamentablemente lo percibimos a menudo –, cuando la vida ya no sirve a dicho mecanismo se la descarta sin tantos reparos, como en el caso de los enfermos terminales, de los ancianos abandonados y sin atenciones, o de los niños asesinados antes de nacer».
Es siempre su lenguaje: el descarte, la cultura del descarte. Palabras tan maravillosas como huecas. Es su lucha de clases. A Bergoglio no le interesa decir que el capitalismo es malo porque tiene malas reglas y, por tanto, tiene que cambiar sus reglas. Esto no lo puede decir; y tampoco lo sabe decir.
Bergoglio contraataca a esos estilos de vida, opulentos, egoístas, porque no aman a los pobres. Éste es el punto de su comunismo.
Hay que atacar al capitalista porque no ama a Dios en su economía. Y, entonces, se le hace un bien al capitalismo, se le da luz sobre su equivocación.
Pero Bergoglio contrapone al sistema capitalista su sistema marxista, que también ya ha fracasado.
El dinero no es malo porque se niega a los pobres. El dinero es malo porque no se usa en la Voluntad de Dios, se usa en el pecado, en el apego a la vida, en el orgullo de la razón humana.
La ciencia y la técnica es mala por lo mismo: no porque no se ponga en servicio de los ancianos, niños, etc., se hace buena, sino porque el hombre la usa en contra de la Voluntad de Dios. Esta es la maldad de la ciencia humana, de su técnica: el pecado del hombre en el uso de la ciencia. Es el hombre el que peca; es el hombre el que lleva al pecado cuando usa la ciencia para su pecado, en su provecho.
En el discurso de Bergoglio, Dios, la Voluntad de Dios, el pecado de los hombres, sus apegos a la vida, no aparecen nunca. Sólo aparece su opción por los pobres, su ideología marxista. Y ahí se queda, dando vueltas y vueltas, siempre a lo mismo: su mismo cuento, su misma fábula, su misma batallita. Y esa batallita ya es vieja, es la del marxismo de los años 60. Hoy el nuevo marxista no va por ese camino, sino por el dominio de los pueblos.
Bergoglio es un viejo que sólo cuenta sus batallas. Y ya cansa a todo el mundo. Ya apesta Bergoglio cuando habla:
«Ustedes, en su vocación de parlamentarios, están llamados también a una gran misión, aunque pueda parecer inútil: Preocuparse de la fragilidad de los pueblos y de las personas. Cuidar la fragilidad quiere decir fuerza y ternura, lucha y fecundidad, en medio de un modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la «cultura del descarte». Cuidar de la fragilidad de las personas y de los pueblos significa proteger la memoria y la esperanza; significa hacerse cargo del presente en su situación más marginal y angustiante, y ser capaz de dotarlo de dignidad».
Este es el tufillo comunista de este hombre.
Los pueblos no son frágiles, ni tampoco las personas. No hay que besar a los hombres, no hay que darles un abrazo, un cariño, una oportunidad en la vida. Hay que marcarles el camino de la santidad, de la Voluntad de Dios. Hay que enseñar a los hombres a formar su conciencia moral, no hablar de conciencia de la humanidad, de la preocupación por la vida de los hombres.
Bergoglio sólo está en su falsa misericordia: todos somos buenos. Hay que ayudarnos unos a otros, hay que respetarnos, hay que ser felices haciendo el bien, para no producir la cultura del descarte. Palabras tan bonitas y tan cursis. Tan del demonio. No es el bien humano lo que impide el pecado entre los hombres. No son las obras de los hombres lo que salvan de la ruina a las sociedades. Es el obrar lo divino en lo humano lo que da valor a la sociedad, a las familias, al mundo entero. Obrar lo divino, que sólo se puede hacer de la mano de Dios, en el Camino, que es Cristo mismo.
Pero Bergoglio da vueltas a su ideología: es que este mundo vive en el «modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la “cultura del descarte”». Es siempre lo mismo: opción por los pobres, lucha de clases, fuera la propiedad privada, viva el bien común…
Y hace gala de su acto de fe, su memoria fundante: hay que« proteger la memoria…hacerse cargo del presente….ser capaz de dotarlo de dignidad». Esta es su herejía, que ya expuso en su “lumen fidei”, un escrito para quemar, para olvidar, eje de su pensamiento maquiavélico.
Después de llorar por la humanidad, ahora viene su ídolo:
«deseo afirmar la centralidad de la persona humana, que de otro modo estaría en manos de las modas y poderes del momento»: el hombre, el centro del Universo, de la historia, de los problemas.
«El hombre es el rey del universo»: esto ya lo predicó en su nueva iglesia. Es su idea eje; es su culto, es su adoración: ser hombre, vivir como hombre, obrar como hombre, pensar como hombre, mirar al hombre. Pone su imagen:
«Uno de los más célebres frescos de Rafael que se encuentra en el Vaticano representa la Escuela de Atenas. En el centro están Platón y Aristóteles. El primero con el dedo apunta hacia lo alto, hacia el mundo de las ideas, podríamos decir hacia el cielo; el segundo tiende la mano hacia delante, hacia el observador, hacia la tierra, la realidad concreta». El mundo de las ideas platónicas y el mundo de las obras humanas.
Para Bergoglio, Dios es sólo una idea transcendente, pero no una realidad: «el cielo indica la apertura a lo trascendente, a Dios… Una Europa que no es capaz de abrirse a la dimensión trascendente de la vida…». Es sólo el lenguaje de Bergoglio: el cielo como apertura a lo trascendente; los pueblos como capacidad de abrirse a lo transcendente. Es un lenguaje florido, ero vacío de la verdad. Porque el cielo es el mismo Dios y el hombre vive siempre para Dios, para el cielo, para lo transcendente, para lo que no es de este mundo. Si el hombre no vive para Dios, entonces los pueblos no viven para Dios, sino sólo para sus ideas de lo transcendente, de lo divino, de lo espiritual, de lo sagrado.
Si los pueblos no viven cumpliendo los mandamientos de Dios, los pueblos buscan sólo el lenguaje de lo transcendente, que es de muchas maneras, porque los camino del demonio, que son todos espirituales, ofrecen a los hombres muchas maneras de vivir en lo “transcendente”. Esta es la falsa espiritualidad de este hombre, su falso misticismo, que agrada a muchos. ¡Qué bonita predicación la de este hombre, dicen muchos! ¡Qué vacía predicación la que tiene este hombre todos los días! ¡Cómo engaña a muchos!
Bergoglio pone la Creación en el hombre, no pone la Creación para ser administrada por el hombre. El hombre no administra; el hombre es dueño de la Creación. Esta es su herejía principal, al negar el dogma del pecado original y a Dios como Creador. La creación, para Bergoglio, es un asunto de la evolución, no de Dios.
Es el hombre el que crea; es la materia la que evoluciona, son las fuerzas cósmicas las que siempre permanecen, las que son poderosas para llevar lo creado hacia su fin, que es un objetivo humano.
El centro: la persona humana. Comienza su idea masónica. Él está hablando a masones.
Lo principal, para Bergoglio, lo que ha hecho el hombre, no el cristianismo. Aquí se carga la Tradición católica:
«En este sentido, considero fundamental no sólo el patrimonio que el cristianismo ha dejado en el pasado para la formación cultural del continente, sino, sobre todo, la contribución que pretende dar hoy y en el futuro para su crecimiento. Dicha contribución no constituye un peligro para la laicidad de los Estados y para la independencia de las instituciones de la Unión, sino que es un enriquecimiento. Nos lo indican los ideales que la han formado desde el principio, como son: la paz, la subsidiariedad, la solidaridad recíproca y un humanismo centrado sobre el respeto de la dignidad de la persona».
El patrimonio cristiano del pasado es eso: pasado. Ahora, ha evolucionado a una cosa mejor: las ideas de paz, de solidaridad, de tolerancia, de dignidad humana. Esto es lo máximo para este loco. El lenguaje humano, la conquista de los hombres con sus pensamientos, su ley de la gradualidad, que «no constituye un peligro para la laicidad de los Estados». Todo el desastre que vemos en los gobiernos de todo el mundo, por poner leyes en contra de la Voluntad de Dios, de la ley Eterna, eso no es nada, eso no es un peligro. Esto es una locura de este hombre. Todas esas leyes inicuas son «un enriquecimiento». Y además dice que lo que vemos son «los ideales que la han formado desde el principio». San Benito: anulado. Sus leyes, sus reglas, que por eso es el patrono de Europa, anulado por el bello lenguaje de este hombre.
Los Estados son sagrados en su laicidad y, por eso, «quisiera renovar la disponibilidad de la Santa Sede y de la Iglesia Católica, a través de la Comisión de las Conferencias Episcopales Europeas (COMECE), para mantener un diálogo provechoso, abierto y trasparente con las instituciones de la Unión Europea».
Y nos preguntamos: ¿qué saldrá del dialogo entre los comunistas y los masones? Los comunistas: la Santa Sede, que ya no es Santa; la Iglesia católica, que ya no es católica: es decir, la nueva falsa iglesia que se levanta en el Vaticano. Y esta bazofia de gente habla con los demonios encarnados de la ONU: tiene que salir un nuevo orden mundial y una nueva iglesia ecuménica para todos.